sábado, 4 de octubre de 2014

LETRA PEQUEÑA

Supongo que mi temprano amor por los libros se debe en buena parte a su abrumadora presencia en la casa donde transcurrió mi infancia. Muchos de los ejemplares que atestaban armarios y estanterías tenían el atractivo añadido de ser muy antiguos; para mí, todo lo procedente de otros tiempos era ya sólo por ello digno de mi atención. Lo antiguo siempre ha poseído a mis ojos una capacidad de sugerencia inigualable; por eso me cuesta tanto entender esa actitud adolescente tan al uso de despreciar lo que no está a la última.

Hoy me estoy acordando especialmente de los maravillosos libros de cuentos de la editorial Molino que leí hasta la extenuación y que se conservan aún en la casa de mis padres. Eran volúmenes de tapa dura, con cubiertas primorosamente decoradas e ilustraciones interiores en blanco y negro, estilizadas y elegantes, muy art decó. Según creo recordar, se habían publicado a comienzos de los años cuarenta, y cuando yo era niña sus páginas habían adquirido ya ese carácter quebradizo que obligaba a pasarlas con temor y delicadeza, ya que un simple doblez derivaba inevitablemente en rotura. Sumergida en su tacto y su olor, recorriendo aquellas líneas que habían recorrido antes tantos otros ojos infantiles, conocí el destino funesto de las mujeres de Barbazul, seguí conteniendo el aliento las evoluciones del marqués de Carabás y su inteligente gato, me estremecí cuando la bruja encerraba a Hansel y Grethel en una jaula para hacerlos engordar igual que a pavos. Con frecuencia miro con cierta envidia a los chavales de hoy en día y me alegro por ellos de que tengan oportunidades de las que yo carecí, pero este terreno es una excepción. Yo no leía cuentos bienintencionados que demostraban que el color de la piel carece de importancia, que es bueno reciclar y que nuestro amiguito puede tener dos papás o dos mamás sin por eso ser raro o diferente. Todo esto son enseñanzas, quién lo duda, que es necesario transmitir, pero yo las aprendí sin por ello renunciar a esos terribles cuentos antiguos plagados de madrastras perversas, niños en trance de ser precipitados dentro de un horno, bosques habitados por presencias amenazadoras y estancias cerradas con llave que escondían espantosos secretos. Benditos sean.

Lo anterior viene a cuento de una noticia que escuché en la radio hace un par de días. Se trataba de una de esas noticias curiosas que suponen una distensión en la terrible espiral matutina de revueltas populares, cifras del paro y epidemias en expansión, y cuyo enunciado se puede presentir por el tono repentinamente jovial que adopta la voz del locutor. Iba referida, si no recuerdo mal, a una empresa de telefonía que había realizado el experimento de ofrecer a sus clientes una tarifa plana de Internet con estupendas condiciones, empañadas tan sólo por una cláusula escrita en letra pequeña al pie del contrato: a cambio de las prestaciones recibidas, el usuario se comprometía a entregar a su primogénito para la eternidad. Se puede anticipar sin demasiado problema cuál fue el resultado del experimento: un aluvión de clientes ávidos de disfrutar de las ventajas de semejante tarifa y que ―suponemos― no habían leído la letra pequeña del contrato.

La noticia en cuestión ha saltado a los medios en parte por lo que tiene de chistosa y en parte también porque supone un toque de atención frente a la extendida costumbre de firmar documentos que no se han leído por completo. A mí, sin embargo, me retrotrajo de inmediato a mis años de infancia, y me vi con la nariz metida en aquellos libros tan viejos que me contaban historias tremendas de parejas que abandonaban a sus hijos en el bosque a merced de las alimañas o de padres que conseguían satisfacer un deseo renunciando a cambio a la mayor de sus hijas. Esta curiosa modernización del mundo mágico de mis primeras lecturas no me ha resultado del todo desagradable y me fascina la idea de un ciberadicto entregando a su primogénito a las fuerzas oscuras a cambio de una conexión sin límites en la red. Eso sí: en lo sucesivo, cuando firme un contrato, me preocuparé de comprobar si en la letra pequeña me estoy comprometiendo a entregar, como el personaje de Shakespeare, una libra de carne cercana al corazón, o si simple y llanamente estoy vendiendo mi alma al diablo.

2 comentarios:

  1. Qué maravilla encontrarse con historias desde la infancia. Y lo cuentas tan bien! A mi me gusta releer libros de los momentos en que descubrí la literatura. Y no me importa que no sean buenos. Eran una ventana. Y aún me proporcionan un i menso placer.
    Lo que me ha sorprendido es lo que cuentas sobre la letra pequeña de los móviles. Nuuunca la leo. Me vas a obligar a hacerlo. De todas formas, si te quieren quitar una libra de carne recuérdales que "sin una gota de sangre". Hay que defenderse de los malvados. L

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A mí me ocurre lo mismo con los libros que de niña y adolescente fueron importantes para mí. No es una cuestión de calidad: llegaron en el momento preciso y por ello ocupan un lugar especial en mi aprecio. En cuanto a lo de la libra de carne... Seguiré tu consejo. Hay mucho Shylock por ahí suelto.

      Eliminar