jueves, 7 de agosto de 2014

PRIMEROS PLANOS (VI)

En 2005, el camaleónico director taiwanés Ang Lee nos sobrecogió con la impresionante historia de amor y desencuentro de una pareja inesperada, la compuesta por dos hombres hechos a la dura vida del campo y poco inclinados a sutilezas sentimentales. Los protagonistas de Brokeback Mountain se juntan y separan a lo largo de los años, experimentan la presión de un medio hostil que hace inviable su relación, se arrepienten y buscan vías alternativas para ajustarse a lo que se espera de ellos, pero se sienten atraídos el uno hacia el otro de forma irresistible. Esta pasión a la vez prohibida e imparable encuentra su más ajustada expresión en una secuencia imposible de olvidar. Se ha impuesto la normalidad, los dos protagonistas se han casado y llevan unas vidas convencionales, y uno visita al otro en su casa. La chispa que se creía extinguida resurge en un instante y lo que parecía el reencuentro de dos antiguos colegas deriva hacia una escena de amor que es espiada desde lo alto de la escalera por la esposa de uno de ellos. La cámara de Ang Lee se deleita en los rostros de los actores, nos coloca a escasa distancia de sus gestos y de su emoción. La banda sonora, mezcla de las respiraciones agitadas y de los intensos acordes de guitarra de la música de Gustavo Santolalla, recoge la turbación de los personajes. A mí me parece que este cineasta posee un don especial a la hora de plasmar en imágenes la pasión amorosa. En mi modesta opinión, no se ha rodado otro beso como este en el cine de los últimos tiempos.



Ran, versión cinematográfica del shakespeariano Rey Lear realizada por el director japonés Akira Kurosawa en 1985, es una película descomunal en todos los sentidos: en la grandeza de sus exteriores, en la aparatosidad de sus escenas de batalla, en su grandilocuencia formal y en la intensidad de las pasiones que animan a los personajes, que no son otras que las de la tragedia que le sirve de base. Y sin embargo, y ahí está lo milagroso, es también una obra delicada y atenta a los detalles, que nos habla de la intimidad del individuo enfrentado a un destino avasallador. Traigo aquí una escena que me fascinó en su momento y que es una perfecta ilustración de lo que acabo de explicar. Se trata del asedio al castillo del protagonista, el cabeza del clan de los Ichimonji, interpretado por el actor Tatsuya Nakadai. De forma similar al Lear de Shakespeare, traicionado por sus propias hijas, este hombre es víctima al final de su vida de la ambición de sus hijos, que se disputan el control del reino. En planos alternos, Kurosawa nos muestra el impresionante despliegue de las tropas enemigas que atacan el castillo y el rostro del jefe del clan, hierático, abstraído, en apariencia ajeno al horror que le rodea y atento sólo al dolor que le causa la ingratitud filial. Movimiento y agitación en los planos generales del exterior, estatismo y sentimiento contenido en los primeros planos del protagonista. Es difícil encontrar a alguien con un espíritu menos épico que el mío, y sin embargo, reconozco mi absoluta debilidad por esta escena de batalla que me parece de insuperable belleza, probablemente porque más que de enfrentamientos por el poder me habla de otras batallas interiores.



Traigo en esta ocasión el primer plano más breve de los que han pasado por esta sección, pero también uno de los más intensos. Está enmarcado en una secuencia que me entusiasma: aquella en que el caballero cruzado encarnado por Max von Sidow se encuentra con la Muerte en El séptimo sello de Ingmar Bergman. Enigmática, despojada, poética, sugerente: esta historia de las evoluciones de un grupo de personajes por una Edad Media estilizada y cruel es una de las películas más conocidas de su autor y la que sin duda prefiero. Y esta secuencia es probablemente la que más fama ha alcanzado. En ella, el cruzado que al regresar a su patria se la ha encontrado diezmada por la peste, se ve abordado por la Muerte, que le reclama su vida, y de la que consigue un aplazamiento retándola a una partida de ajedrez. Esta anécdota de cuento tradicional está rodada con una impecable fotografía en blanco y negro y contiene un impactante primer plano del actor que encarna a la Muerte mientras se acerca hacia su víctima. El plano es eficaz sobre todo por su ausencia de truculencia y de fáciles efectismos. La secuencia entera es, de hecho, un prodigio de sobriedad. La banda sonora la componen el ruido del mar y unas mínimas notas musicales, no hay gestos excesivos ni frases altisonantes. La Muerte es apenas un rostro blanco que se abre en medio de una austera vestimenta negra. Bergman la sitúa frente a un cielo de densos nubarrones, y le bastan el movimiento de su capa hasta cubrir el objetivo y un hábil fundido en negro para sugerirnos el abismo que se abre ante cualquier humano en el momento de la desaparición final.



En 1948, el director italiano Vittorio de Sica consiguió una hazaña que sólo está reservada a los grandes: crear una obra de trascendencia universal a partir de una anécdota mínima. La historia de un trabajador al que le roban el vehículo que necesita para desarrollar su tarea, rodada en blanco y negro y con actores naturales, da como resultado esa maravilla titulada Ladrón de bicicletas. En ella De Sica salta por encima de la sencillez de la trama para hablar de temas tan trascendentes como la injusticia, la dignidad del ser humano, la vinculación entre padres e hijos. Entre todos los elementos inolvidables de esta película están los rostros de sus dos protagonistas, el padre y el hijo que recorren la ciudad en un largo periplo para recuperar la bicicleta desaparecida. Traigo aquí una secuencia especialmente emocionante, aquella en que el personaje central decide resarcirse del robo que ha sufrido cometiendo él mismo un acto equivalente. El fallo del plan y la reacción airada de un grupo de ciudadanos son narrados en planos generales, alternando con otro hilo argumental, mucho más importante: los sentimientos de vergüenza y desconsuelo de los dos personajes centrales, que nos llegan por medio de los primeros planos de ambos. Pocos rostros me han conmovido más en una pantalla que el de este padre humillado delante de su hijo y el de este crío que llora ante la desgracia de su progenitor. Llámenme blanda y sentimental: a estas alturas y con todas las veces que he visto esta escena, me resulta imposible reprimir las lágrimas frente a semejante alarde de emoción pura, rodado con elegancia y sin estridencias.


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