jueves, 14 de agosto de 2014

EN EL BOSQUE

El fotógrafo español Antoni Arissa realizó en 1929 una sugerente serie de fotografías que responde al título de En el bosque. Se suele inscribir esta primera etapa de su actividad en el movimiento denominado “pictorialismo”, que aspiraba a conseguir para la fotografía una categoría parangonable a la de otras artes como la pintura. Los fotógrafos pictorialistas no querían limitarse a reproducir la realidad por medios mecánicos; por ello preparaban cuidadosamente las escenas que iban a captar con su cámara y acudían a la ayuda de filtros e iluminaciones artificiosas para crear imágenes alejadas de lo cotidiano.

El primero de estos recursos queda patente en el caso de la fotografía de Arissa titulada En el bosque 2. Los modelos funcionan como actores a los que el fotógrafo ha aleccionado cuidadosamente sobre la actitud que deben adoptar: el desconsuelo de la niña, la curiosidad del desconocido que se dirige a ella. Se crea así esta imagen que parece extraída del mundo de los cuentos de hadas, que nos remite a las historias de niños perdidos en el bosque, ámbito mágico donde se producen inquietantes encuentros. La indeterminación del personaje cubierto por las ramas añade un elemento de peligro. No sabemos quién es este ser que interpela a la niña que llora, aunque sus intenciones se nos antojan poco tranquilizadoras. La masa vegetal que nos oculta su cuerpo le da cierta apariencia monstruosa; su mano agarrando el bracito de su pequeña compañera tiene un componente amenazador. La primera vez que vi esta fotografía, me vino de inmediato a la cabeza la historia de Frankenstein, no tanto de la novela original de Mary Shelley como de su versión cinematográfica más clásica.

En 1931, el director británico James Whale rodó en Estados Unidos la que habría de convertirse en la adaptación más conocida de Frankenstein y la que dio al personaje del monstruo su célebre fisonomía, indisoluble desde entonces de la cultura popular. Entre las muchas diferencias existentes entre la película y su fuente literaria, está la introducción de una escena que no existía en la novela de Mary Shelley pero que ha tenido tanta fortuna posterior como la caracterización del actor protagonista, Boris Karloff. Se trata del encuentro entre el monstruo y una niña que, en su inocencia, no sólo no huye de él sino que le propone compartir sus juegos a la orilla del lago. Como no podía ser de otra manera, la escena termina de forma trágica, pero no por la razón en principio previsible de la brutalidad de la criatura monstruosa, sino por su inexperiencia frente al mundo: en su total ignorancia, decide probar si el cuerpo de la niña puede flotar sobre el agua como lo hacen las flores.


A mí me parece de una enorme sabiduría esta confrontación entre dos inocencias que, aliadas, causan la tragedia. Como era de esperar, la escena fue considerada brutal en muchos países y censurada durante años. Dicha omisión no ha impedido que sea tal vez la secuencia más conocida de la película y, desde luego, la que más fructífera ha resultado para creadores posteriores. Basta mencionar que, décadas después, el director español Víctor Erice construyó en torno a ella el mundo imaginario con el que la protagonista de El espíritu de la colmena explica desde su perspectiva infantil el ambiente represivo y claustrofóbico de la dictadura.

Pero vuelvo al tema inicial de esta entrada para reconocer que he hecho un poco de trampa: me he reservado para el final la índole de la otra fotografía de Arissa que compone la serie En el bosque, la que ostenta junto a su título el número 1. Me he tomado, pues, la libertad de contar la historia en sentido inverso. En el bosque 1 nos muestra el mismo espacio, un camino abierto en la espesura, por el que un muchacho de rostro agradable camina portando su carga de ramas. Las siniestras resonancias de la otra imagen se desvanecen por completo cuando nos damos cuenta de que este personaje inofensivo es el mismo al que la perspectiva había otorgado un carácter amenazador en el encuentro con la niña. Tal descubrimiento nos deja un poso ―ahí dependerá del carácter de cada cual― de alivio o desilusión: no existen los monstruos; una mirada racional sobre la realidad deja reducidas sus deformes siluetas, como en este caso, a un atadijo de ramas. Con todo, a mí esta imagen cotidiana me produce otro tipo de inquietud. Este jovencito sujeto de forma tan prematura al yugo del trabajo me habla de otras posibilidades atroces, del monstruoso peso de una realidad a la que no es posible, por más que esgrimamos la razón, hacer desvanecerse como un mal sueño.

2 comentarios:

  1. Qué gran idea para alejar fantasmas. Muchas veces los monstruos no son nada mas que lo que nosotros proyectamos en ellos. L

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    1. Por eso me fascinan estas fotografías: un monstruo amenazador, visto desde otra perspectiva, es un simple muchacho que carga leña. Me parece una metáfora magnífica de esa constante lucha contra los propios fantasmas que supone la búsqueda de la serenidad.

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