domingo, 17 de agosto de 2014

EL VERANO DE GRAHAM GREENE

Desde hace unos años, aprovecho los veranos para subsanar lo que me parecen imperdonables lagunas en mi trayectoria de lectora. Este rescate estival está marcado por dos condiciones: el libro elegido debe tener unas dimensiones considerables, que lo hagan poco adecuado para el ajetreo del resto del año, y pertenecer a uno de esos autores reconocidos unánimemente como clásicos. Siguiendo estas pautas que no recuerdo haber marcado de una forma consciente, sino que más bien se me han impuesto solas como algo natural, el verano pasado fue el de Suave es la noche de F. Scott Fitzgerald, el anterior fue el de Grandes esperanzas de Charles Dickens, y este que empieza a declinar hacia su final ha sido el verano de Graham Greene.

Es un misterio por qué ciertos autores se escapan durante años a nuestra atención. A mí me ha ocurrido con este británico elegante y profundo, incansable viajero y observador agudo de la realidad que a veces pasamos más fácilmente por alto, que es la que habita en el interior de las personas que nos rodean. Lo sabía creador de novelas que conozco por sus versiones cinematográficas, alguna de las cuales (pienso en El tercer hombre) me son especialmente queridas, pero no había leído ningún texto suyo hasta que hará un par de años cayó en mis manos un relato incluido en la antología Los mejores cuentos policiales de ese tándem preclaro que formaban Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. El relato en cuestión se titula Un lugar junto a Edgware Road y es una curiosa inversión de la clásica historia de asesinato que no voy a revelar aquí porque la capacidad de sorprender es, en mi opinión, un valor muy apreciable en una obra literaria. Quise entonces conocer más cuentos de este autor al que había ignorado hasta ese momento de forma tan incomprensible (lo he comentado en alguna ocasión en este blog: me fascinan las historias cortas) y cometí la audacia de afrontar la lectura en su lengua original del libro de relatos titulado Veintiún cuentos. Es así como me enfrenté a una de las más inquietantes y perturbadoras historias de infancia que he leído jamás y que responde al título de Los destructores. Desde entonces, el deseo de leer los Cuentos completos de este autor ha sido enorme. Desde hace meses está en mi poder la edición realizada en 2011 por Edhasa. Este verano por fin me ha brindado el tiempo y la oportunidad.

Los relatos de Graham Greene son en ocasiones terribles y crueles (aunque ninguno lo es tanto como el ya mencionado Los destructores, historia de una pandilla de niños empeñada en destrozar hasta sus cimientos la casa de un vecino ausente). Están resueltos con un sentido del humor agudo y malintencionado que con frecuencia nos hiela la sonrisa en los labios. Sus personajes hacen trampas, se engañan, viven de la mentira y el cuento, y el lector se regocija con sus peripecias pero no puede evitar que estas le dejen un poso de amargura. Y es que este escritor que sabe ser cínico y distante posee también ―y ese es su encanto― una enorme capacidad para ahondar en los entresijos del alma humana, que nos muestra sin concesiones al sentimentalismo, pero a la vez con una profunda comprensión. Sus cuentos están llenos de personajes solitarios que se observan, que traban conversación, que se conectan durante un tiempo en un restaurante, en un medio de transporte, en un banco del parque, para luego separarse y continuar con sus vidas. Esas relaciones que podrían llegar a ser pero que no son nos producen una intensa sensación de melancolía. Los hoteles se erigen con frecuencia en el espacio transitorio en el que germinan y se extinguen estas historias condenadas a la provisionalidad. Así sucede en dos relatos extraordinarios, ¿Puede prestarnos a su marido? y Más barato en agosto, incluidos en el libro que toma el título del primero de los dos y que se publicó en 1967. Greene tenía entonces sesenta y tres años; difícilmente un autor más joven podría haber alcanzado semejantes cotas de sabiduría.

Si uno busca a Graham Greene en la red, se encuentra con abundante información sobre sus novelas, pero apenas con alguna mención a sus cuentos. Yo los recomiendo vivamente. De hecho, mientras los leía, muchos de ellos me han traído a la mente la imagen de personas que conozco (tengo un amigo que aborrece la Navidad. ¿Cómo no recomendarle la lectura de ese cuento cruel y divertidísimo que se titula Apreciado doctor Falkenheim?). Es fácil reconocerse y reconocer a los otros en este increíble fresco de la realidad. Estoy, lo confieso, deseando que alguien cercano se pasee por él para poner en común las innumerables sugerencias que en mí ha despertado su lectura.

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