sábado, 23 de agosto de 2014

COSAS QUE NO VI EN EL LOUVRE

En el cuento titulado Austin, incluido en su libro Velocidad de los jardines, Eloy Tizón describe así la pasión de su protagonista por el arte: «El profesor Austin amaba los museos, y en otro tiempo no le había importado caminar durante varios días, durmiendo en hangares o cobertizos de distintos países, para visitar el cuadro que al llegar le decían que estaban restaurando, o alguna Piedra famosa que de todos modos se encontraba cubierta de andamios.» Este cuentista extraordinario posee la capacidad de hacer que mi memoria se ponga a funcionar. No sé si tendrá algo que ver el hecho de que compartamos año de nacimiento y que, a juzgar por la ambientación de sus relatos, hayamos vivido en un entorno similar en la infancia y la adolescencia. El caso es que leyendo Velocidad de los jardines me he detenido muchas veces a recordar anécdotas de mi propia vida, o simplemente asombrada porque las palabras de un extraño me produjeran tal sensación de familiaridad. Pero volvamos a los museos.

No he sido una viajera audaz como este profesor Austin creado por Tizón, pero sí he vivido con especial intensidad la desilusión de ver frustradas mis expectativas de conocer determinadas obras de arte. Y este pasaje me disparó el recuerdo de algunas de esas ocasiones: un horario equivocado en una guía, un cuadro prestado a algún museo lejano, unas obras de restauración, y resulta que el principal objetivo de mi viaje había dejado un hueco vacío en un muro, se me escapaba detrás de una puerta cerrada a cal y canto o se camuflaba tras el entramado de un andamio. Me vi llegando a Florencia por primera vez y enterándome de que ese día de la semana estaban cerrados todos los museos de la ciudad; entrando en Santa Sofía y encontrando el interior surcado de hierros; llegando a Delfos tras perderme por las carreteras cubiertas de nieve ―era una ola de frío polar― para enterarme de que apenas me quedaban unos minutos para visitar el recinto arqueológico. Pero, sobre todo, me vi en el Louvre. El Museo del Louvre es para mí una fuente inagotable de placer y de frustración: nunca termino de verlo y siempre descubro, cuando es demasiado tarde, lo que más me habría gustado ver.

La primera vez era muy joven. Tendría que consultarlo con mi familia para precisar la fecha, pero baste con decir aquí que era casi una niña. Una niña rara, supongo: de esas a las que les gusta el arte y que miran embobadas las obras expuestas en los museos. Lo que sabía de pintura en ese momento me lo había enseñado mi padre o lo había aprendido yo por cuenta propia husmeando en libros y enciclopedias, y desde luego no era poco para mi edad. Pero en aquella primera visita tuve conciencia de lo grandes que eran mis lagunas. Estábamos a punto de marcharnos y pasamos por la tienda a comprar algún recuerdo. Curioseé entre las postales y de pronto me quedé sobrecogida al ver la reproducción de un cuadro fascinante que no recordaba haber visto en mi periplo por el museo. Representaba un árbol de silueta torturada que me pareció de una condición que superaba lo puramente vegetal. En torno a sus ramas retorcidas revoloteaba una bandada de pájaros. Recuerdo que tomé la postal y le di la vuelta con curiosidad y asombro. Leí el título del cuadro y el nombre de su autor, para mí entonces un desconocido: El árbol de los cuervos de Caspar David Friedrich. Sentí una mezcla de entusiasmo por el descubrimiento y de desaliento por el hecho inevitable de que no quedaba tiempo para buscar aquella obra que me fascinaba en semejante laberinto de salas. No sé si me traiciona la memoria, pero creo que me compré la reproducción de aquel cuadro, que era, según me pareció entonces, el que más me habría gustado ver del museo.


El segundo desencuentro se produjo mucho tiempo después, hará cosa de diez años. En esta ocasión no le puedo echar la culpa a la inexperiencia ni al azar: iba yo al Louvre con una idea muy clara de las obras que no podía dejar de ver. Y por encima de todas ellas, se encontraba una escultura funeraria de finales del siglo XV, la creada para la tumba del Gran Senescal de Borgoña Philippe Pot. Hay algo en esta obra sobria y contundente que la hace estremecedora para mí: la plácida quietud del difunto, la marcha silenciosa de los portadores del cuerpo, esos encapuchados cuyo rostro nos cuesta ver y que parecen la encarnación de la Muerte. Me moría de ganas de estar delante de esta escultura ―me muero aún― y, sin embargo, fui víctima de algo que me sucede con cierta frecuencia en las visitas a museos de dimensiones que superan lo humanamente abarcable: me aturdo, voy y vengo sin ser capaz de seguir un itinerario preestablecido, pierdo la noción del tiempo y, cuando la recupero, descubro que es demasiado tarde y se acerca el horario de cierre. Así sucedió en aquella ocasión: cuando quise mirar el reloj, descubrí con espanto que quedaba una cantidad ridícula de minutos para que empezara el desalojo de las salas. A esas alturas de mi vida, es obvio que había dejado de ser hacía mucho la niña fascinada y obediente de la anterior anécdota. Miré el plano del museo para localizar la sala en la que se encontraba mi objetivo, me volví hacia mi acompañante, le dije: «Te veo a la salida» y eché a correr.

Lo que vino a continuación lo recuerdo como un doble milagro; en primer lugar, porque dado mi escaso sentido de la orientación, me resulta increíble que lograra atravesar salas y salas a la carrera sin desviarme un ápice de la trayectoria que me había trazado en un instante. Y en segundo, porque todavía sigo sin entender cómo ningún vigilante le dio el alto a aquella loca que corría desaforada por el museo con una mochila a la espalda. Pero mi capacidad para orientarme funcionó y ningún guardia me detuvo. Llegué, en efecto, a la sala en la que se exponía la tumba de Philippe Pot. Sólo hubo un problema: acababan de cerrarla. Guardo en el recuerdo, de hecho, la imagen del encargado dándome con la puerta en las narices, pero creo que ese detalle extremo es cosa de mi tendencia a la fabulación. No hubo Philippe Pot, en definitiva. Lo sumo a esa galería subterránea, a ese museo oculto y fantasmal donde voy acumulando las obras ―con los frescos de Masaccio de la Capilla Brancacci de Florencia, con el Tesoro de los atenienses de Delphos, con la Galleria Borghese de Roma al completo― que se han vuelto más deseables para mí a fuerza de escaparse cuando las tenía casi al alcance de mi mirada. 
 

2 comentarios:

  1. Cuando vuelva a París no me la pierdo. L

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    1. Te aseguro que yo tampoco. A lo mejor lo ideal sería que fuéramos juntas.

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