lunes, 21 de julio de 2014

A LOS PIES DE CARAVAGGIO

Me encanta comprobar cómo los artistas dejan constancia de su personalidad en sus obras, tanto por lo que reflejan como por lo que omiten. El pintor francés Henri Rousseau, por ejemplo, era un empleado de aduanas que no salió nunca de su país pero que pobló sus lienzos de extraordinarios paisajes exóticos que no conoció. Sus deliciosos cuadros de tigres en la selva y de encantadoras de serpientes nos desvelan al intrépido viajero que solo pudo ser mediante el vuelo de su imaginación. Opuesto es el caso del pintor sobre el que trata esta entrada; basta ponerles la vista encima a la mayoría de sus obras para percibir una corriente de energía desbocada, una violencia que salta por encima de las convenciones y que se acerca de forma peligrosa al límite de lo permitido. Y echando un vistazo a la biografía de su autor, uno se encuentra una personalidad en consonancia con ese despliegue de pasiones: un tipo visceral, de vida breve y tumultuosa, tan amigo de los pinceles como de las reyertas, frecuentador de tabernas y compañero de tipos atrabiliarios a los que solía utilizar como modelo para los hombres santos que eran el principal tema de su pintura.

En ese despliegue de teatralidad que es el Barroco, en esa impresionante galería de genios que elevó el arte pictórico a niveles sobrehumanos, Caravaggio ocupa un lugar que me es especialmente querido. Sé que hay artistas de su época más profundos y reflexivos, más elegantes, más espectaculares, pero a mí este pintor capaz de inmortalizar su propio rostro en la cabeza decapitada de Goliat o de utilizar a una prostituta como modelo para una de sus hermosas y carnales Vírgenes me ha hecho vibrar como ningún otro cada vez que he tenido la suerte de encontrarme frente a uno de sus cuadros. Y eso que siempre he sido ―sigo siéndolo― de emociones fáciles en el terreno artístico. Para explicar esta preferencia mía podría hablar de la iluminación, de la belleza terrenal de los personajes, del efectismo de las composiciones. Del extrañamiento que producen en el espectador la inadecuación de ciertas actitudes: el movimiento de sorpresa de uno de los discípulos de la Cena de Emaús al reconocer a Cristo resucitado es casi el de un matón de taberna que se levanta del asiento para participar en una pelea; Judith corta la cabeza de Holofernes con un gesto remilgado, más preocupada por la posibilidad de que la sangre la salpique que por el horror del crimen que está cometiendo; Santo Tomás mete el dedo en la llaga de Cristo con la fría curiosidad de un científico. San Juan Bautista es un jovencito de piel blanca y belleza sugerente; San Mateo, en un cuadro actualmente perdido, un anciano torpe al que un ángel debe guiar la mano para escribir su evangelio. Caravaggio revisa los temas archiconocidos de la tradición católica y lo hace con una mirada nueva, inquietante, irrespetuosa para su época, profundamente perturbadora entonces y hoy.

Como soy una gran aficionada a los detalles, me centraré en esta entrada en un elemento tal vez mínimo pero que ejerce sobre mí una poderosa atracción: los pies de los personajes de Caravaggio. Sus modelos van casi siempre descalzos. Puesta a ser más precisa, diré que aquellos que llevan atavíos más complejos y a los que presuponemos convenientemente calzados, suelen ser representados de cintura para arriba o sentados a una mesa bajo la cual su parte inferior se pierde en la sombra. En cambio, los personajes a los que vemos de cuerpo entero, de pie, arrodillados, adoptando esas posturas extremadas que llaman de forma poderosa nuestra atención, llevan los pies al aire. Insisten además en enseñarnos las plantas, proyectan hacia nosotros sus extremidades en violentos escorzos. Es inevitable observarlos; yo llevo años haciéndolo, igual que en los cuadros de El Greco busco instintivamente las manos, expresivas y espirituales, o los ojos vueltos hacia el cielo. En los cuadros de Caravaggio, me gusta ver los pies, rotundos, en tensión, retorcidos, inevitablemente sucios.

No es el único pintor de su época que lo hace. Se me viene a la cabeza el recuerdo de algún santo de Ribera con catadura de filósofo estoico y pies ennegrecidos por la suciedad; es el signo de una época tan conectada a la vez con lo divino y lo humano. Pero en el caso de Caravaggio me parece que este detalle en apariencia insignificante cobra una dimensión especial. Su universo está poblado por personajes enormes, no solo en tamaño, que habitan una realidad mucho más grande que la que nos rodea a los que estamos fuera del lienzo. Sus pasiones avasallan, sus destinos nos superan. Están cerca de lo heroico y lo sublime, pero tienen con frecuencia el rostro de un camorrista o de un campesino analfabeto, las carnes pletóricas de una cortesana, el gesto equívoco de un jovencito lascivo. Esta pléyade de seres que aman, asesinan, sufren y viven trances carnales o de la más excelsa elevación, arrastran sus pasiones sobre una tierra que les ensucia y deja constancia de su condición humana. Tienen la cabeza en el cielo y los pies en el suelo. Salen de entre nosotros pero se elevan a alturas que jamás alcanzaremos. Contemplarlos desde nuestra cómoda posición de personas corrientes es toda una experiencia; de las más intensas, creo yo, que se pueden tener en un museo. Creo que no es necesario que me explique más. A estas alturas resulta evidente que siempre he estado a los pies de Caravaggio.


Crucifixión de San Pedro


Madonna de Loreto o de los Peregrinos.

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