martes, 24 de junio de 2014

NOCHES DE SAN JUAN

Tengo recuerdos variados, algunos bastante atractivos, de la noche de San Juan. Uno de los más antiguos me obliga a retroceder veinte años. Acababa de terminar mis estudios de Arte Dramático y el profesor de interpretación nos invitó a todos sus alumnos a pasar el día en su casa de la sierra de Madrid. Como el profesor en cuestión es levantino y la excursión coincidió con la víspera de San Juan, a la puesta de sol encendió una hoguera en el jardín y se puso a saltar por encima de ella. Aunque he tenido contacto posterior con algunos de mis compañeros, es mi último recuerdo de aquel grupo con el que había compartido tres intensos años de mi vida reunido en su totalidad: el profesor y varios valientes saltando por encima de las llamas. No todos los colectivos de los que he formado parte tienen la suerte de haber quedado fijados en mi recuerdo con una imagen tan hermosa.

sábado, 21 de junio de 2014

LECTURAS DE LA PASADA PRIMAVERA (2014)

Lo he confesado en más de una ocasión: no leo tanta poesía como debiera. La tentación de abrir un libro de narrativa para escuchar una voz que me cuente una historia es demasiado grande y casi siempre me cuesta vencerla. Pese a ello, la poesía sale a mi encuentro en sitios inesperados. Así me ha sucedido con este libro de relatos de Eloy Tizón que responde al título ―tan cortazariano― de Velocidad de los jardines. Eloy Tizón es un escritor del que he oído hablar en los últimos tiempos con auténtica fascinación. Basta meter su nombre en un buscador de Internet para encontrar reseñas y comentarios de sus libros, escritos por lectores rendidos ante su originalidad. Velocidad de los jardines fue su primera obra publicada y es un libro de cuentos breves que esconden constantes sorpresas. Nada parecido a una narración convencional con su línea argumental y sus personajes definidos. Las voces narrativas se superponen, los límites del tiempo se vulneran con total libertad. El lenguaje es de un preciosismo y una precisión propios de un poeta. Tizón no es un autor para lectores convencionales; sus relatos desconciertan, aturden, juegan a despistar, recompensan siempre con la belleza de su prosa y la alucinante capacidad de sugerencia de sus imágenes. Dejo aquí como ejemplo un precioso pasaje extraído del relato Los viajes de Anatalia, que habla del amor a los libros surgido en la infancia: «De pequeño soy Julio Verne. Mi soledad y mi cuarto se van poblando de mástiles y planisferios, de planetas sumergidos y resacas, de maderas encalladas. En mi escritorio suceden furiosísimos motines, naufragan los batiscafos, mi cama es una isla que se desplaza. El correo del zar cruza la estepa, no hay tiempo, van a matarlo, y la primera comunión, estarás contento, ya está tan cerca».

viernes, 20 de junio de 2014

SOLTAR LASTRE

Todos los finales de curso me acuerdo mucho de Robert De Niro. No interpretando al patriarca de la familia Corleone ni al taxista justiciero que quiere limpiar las calles de Nueva York, ni caracterizado de Al Capone ni de monstruo de Frankenstein. Lo recuerdo con el pelo largo y una vestimenta ligera, arrastrando trabajosamente por ríos y pendientes una cesta que contiene los instrumentos de su vida anterior.

miércoles, 11 de junio de 2014

DURANTE LA TORMENTA

El mundo se desmantela un tanto cuando en la placidez de una tarde como la de hoy, casi de verano, se produce una tormenta. Es un momento de desconcierto. El paseante salió de casa con indumentaria ligera y los pies al aire, los muchachos andaban celebrando por las calles la inminente llegada de la libertad, familias con niños pequeños habían tomado posesión de los parques. Y de repente, los signos del descalabro: el cielo de color plomo, el viento que arrastra objetos inesperados, el horizonte cerrado, el olor a humedad en el aire. Los viandantes se miran, sorprendidos. Revolotean los tejidos de sus ropas y el pelo revuelto les azota la cara. Es como si un ser superior diera la señal desde arriba: hay que echar a correr. La mayoría no consigue salvarse de la cortina de lluvia.

miércoles, 4 de junio de 2014

LOS CUADROS DE MAYO (2014)

Con frecuencia me sucede reconocerme en las creaciones ajenas cuando leo, pero dicho fenómeno es mucho menos habitual cuando me enfrento a obras pictóricas. Será tal vez porque me cuesta imaginarme como autora en esta última faceta artística. Pero en este caso lo tengo claro: la primera vez que vi un cuadro del pintor francés Sam Szafran, pensé que, si yo supiera pintar, sin duda sería ese el producto de mis pinceles. Se trataba del lienzo titulado L’escalier, 54 rue de Seine, el cual, a  pesar de la precisa localización de su título, refleja un espacio que más parece pertenecer al ámbito del pensamiento que al de la realidad. Es una de las incontables escaleras que pueblan el imaginario de este artista sugerente, todas ellas caracterizadas por la perspectiva aberrada, por la multiplicidad de puntos de vista simultáneos, que producen la sensación de estar a la vez dentro y por encima del espacio físico representado, como si lo sobrevoláramos en un sueño. Yo llevo toda la vida soñando con escaleras de caracol; por eso me apresto a subir a torres, a sacarles fotografías, a coleccionar imágenes que las contengan. Me gustan como elemento estético pero también por la sensación de tránsito que transmiten, de acceso a algo distante o de regreso a lo profundo de uno mismo. Si tuviera el más mínimo talento plástico, sin duda las pintaría. Me encantaría saber de dónde salen estas escaleras vertiginosas e inquietantes de los cuadros de Szafran; tal vez él también las haya soñado. Busco información sobre este artista y descubro que nació en 1934 y sigue vivo; no pierdo la esperanza de que algún día me lo cuente en persona.