sábado, 3 de mayo de 2014

LOS CUADROS DE ABRIL (2014)


En estos días primaverales de frecuentes chubascos, me acuerdo a menudo de esta archiconocida obra de Gustave Caillebotte, la más deliciosa plasmación que conozco de la lluvia en el entorno urbano. Poco se puede decir de un alarde tal de armonía cromática, de semejante despliegue de destreza por parte del artista. La plasmación del velo sobre el rostro de la mujer en primer término es una auténtica proeza; cualquiera de los adoquines mojados del suelo podría ser un cuadro por sí solo. Es un maravilloso entretenimiento observar los detalles que componen esta escena ciudadana, comparar las figuras de los viandantes, todo un muestrario de actitudes frente al clima adverso: el que camina con cuidado mirando al suelo, el que ha olvidado el paraguas, el que traslada una escalera y no se puede ocupar de cubrirse, la que se recoge la falda para bajar la acera, el que pasea en pareja con la placidez de quien disfruta de una jornada espléndida. Iba a decir que este Día de lluvia en París es de esos cuadros que invitan al espectador a saltar a su interior e incorporarse al paisaje, pero rectifico sobre la marcha: basta detenerse a contemplarlo unos instantes para tener la sensación de ser ya parte de él, de estar caminando por la acera del bulevar parisino tras el hombre corpulento que se escapa por el ángulo derecho, de ir a intercambiar miradas y saludos con la pareja joven que camina hacia nosotros mirando de momento en otra dirección, pero que sin duda está a punto de reconocernos y dedicarnos una sonrisa y una inclinación cortés de cabeza.


De nuevo me dejo llevar por el tiempo y la época del año a la hora de elegir el cuadro de esta sección. El pintor francés Maurice Denis crea en 1891 esta delicada visión de la primavera titulada Mañana de Pascua o Misterio de Pascua. No es la primera vez que traigo aquí una obra de este artista exquisito y sugerente. Sus paisajes tienen el doble valor de la belleza obvia y de la capacidad de expresar algo que va más allá de lo que los ojos captan. Este bosque, trazado con el preciosismo de las estampas japonesas, está poblado de personajes misteriosos: las mujeres que recogen flores en posiciones simétricas, como intérpretes de una silenciosa danza; la pareja vestida de oscuro que se aleja bajo un paraguas, y que a mí se me antoja una encarnación del invierno que se bate en retirada. Todo en este ámbito mágico parece poseer un significado oculto y despierta en el que lo contempla sugestivas resonancias. Pero eso no impide que el conjunto sea un regalo para la vista por la armonía de su colorido y la elegancia de sus líneas. Con una técnica cercana al puntillismo, el pintor ha dejado caer sobre la escena una lluvia de pinceladas, de la misma forma que la primavera de su cuadro ha cubierto el paisaje con un brillante manto de flores, como una lluvia milagrosa.

Asomarme a los dibujos de los grandes artistas es un acto que tiene para mí algo de indiscreción: al contemplar la libertad de sus trazos, la pureza de sus líneas despojadas de todo aderezo de color, tengo la impresión de estar viendo la mano del autor en pleno proceso creativo. Es como si tuviera la oportunidad de asomarme a las tripas del arte pictórico. Hace una semana, descubrí esta faceta del archiconocido pintor Edgar Degas a través de una exposición de la Fundación Canal. Naturales, vigorosos, delicados, apresurados o trazados con mimo, los dibujos de Degas están llenos de expresividad y encanto. Entre todas las piezas expuestas, llamó especialmente mi atención esta que representa a un misterioso personaje encapuchado sobre cuya identidad no siempre ha existido acuerdo; se pensó en tiempos que se trataba de Beatriz, la enamorada de Dante, pero ahora se sabe que se trata de un estudio para la figura de Virgilio, el poeta latino que acompaña al autor de la Divina Comedia en su periplo infernal. Una reproducción difícilmente puede dar idea de la belleza del original, de la armonía de líneas, del fascinante juego de luces y sombras de la vestimenta. Este dibujo tiene la solidez escultórica de los clásicos y la rotundidad de lo acabado. ¿Se trata de un simple estudio previo a la realización de un cuadro? Me resulta difícil imaginar cómo la obra posterior podría superar al boceto que le dio origen.

Cuenta el mito griego que Endimión era un pastor de cuya belleza se enamoró perdidamente la diosa lunar, Selene. Esta observaba a su amado mientras él dormía, y dicha arrobada contemplación selló el destino del mortal: los dioses le concedieron la vida y la juventud eternas mientras permaneciera en el mundo de los sueños. Tal es la escena que plasma con infinita delicadeza el pintor italiano Ubaldo Gandolfi (1728-1781) en Selene y Endimión. No es ni mucho menos el primero en dar su visión de la vieja leyenda, que ha dado origen a innumerables cuadros que nos muestran a la aérea divinidad y al terrenal objeto de su veneración unidos para siempre por la amorosa mirada de ella. A mí me gusta especialmente esta versión que conjuga la elegancia de las poses de los personajes con el carácter escultórico de sus figuras. No parece haber diferencia entre la liviandad de las vestimentas o de las nubes y el peso de las piedras sobre las que descansa el joven; la diosa está tan firmemente asentada en su lecho de nubes como Endimión lo está sobre la sólida tierra, en una hábil plasmación gráfica de la ruptura de fronteras entre lo celestial y lo humano. Gandolfi triunfa de forma especial en la difícil tarea de representar una escena nocturna: la envolvente oscuridad azulada y la mágica luz de la luna crean un ámbito misterioso en el que todo es posible, incluso una historia de amor que burle a las barreras del tiempo.

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