lunes, 3 de marzo de 2014

LOS CUADROS DE FEBRERO (2014)

Por un lado está la pintura figurativa, en la que podemos juzgar hasta qué punto el artista ha embellecido, transformado, dotado de emoción o sugerencia un elemento reconocible de la realidad. Por otro, la pintura abstracta ―esa que, admitámoslo, tanto nos ha desconcertado en algún momento de nuestra trayectoria de aficionados al arte―, en la que se nos pide que degustemos el producto sin plantearnos su referente real. Y luego existe ese territorio fronterizo de las obras situadas en el fiel de la balanza, que según los ojos que las contemplan, pueden inclinarse hacia el lado de la pura creación o hacia el de la evocación de un modelo que no siempre resulta fácil de precisar. Así sucede con este cuadro fascinante del pintor estadounidense James Abbott McNeill Whistler (1834-1903). Ya sus dos títulos nos dan cuenta de su doble condición: Nocturno en negro y oro o La caída del cohete. El que así lo desee, puede disfrutar con una sinfonía de colores, con el verde intenso y acariciador, con el amarillo que salpica la oscuridad. Quien prefiera descifrar el enigma que plantea el artista, recibe una pista definitiva: no se trata de un volcán, ni de un edificio en llamas, sino de unos fuegos artificiales que estallan sobre el agua. Aun así, nada nos impide ir por libre y ver en este lienzo incendios y desastres naturales y ciudades fantasmagóricas y cuanto nos permita contemplar el vuelo de nuestra imaginación. A Whistler esta maravillosa osadía le costó la incomprensión y la repulsa de sus contemporáneos, e incluso verse inmerso en un juicio por difamación que lo llevó a la ruina. Desde nuestra confortable posición de espectadores modernos, nos podemos permitir el lujo de soñar con ella sin perturbaciones. Valientes como Whistler nos han allanado el camino que conduce a su comprensión.


Cornelis van Dalem (1530-1573) es un pintor flamenco poco conocido que se dedicó al paisajismo más como afición que como auténtica carrera artística. En las escasas líneas que se le dedican en las enciclopedias, se hace referencia a él como autor de cuadros sencillos, en los que se limita a plasmar el entorno natural sin apenas anécdota. A mí, sin embargo, me parece que sus obras están rodeadas de un aura de misterio que las hace muy atractivas. Así sucede en este Paisaje con granja, a primera vista un prodigio de armonía y suavidad cromática que produce un efecto tranquilizador en el que lo contempla. Pero una mirada más atenta nos revela motivos de inquietud bajo esa apariencia apacible: los desconchones en las paredes de los edificios, los huecos en los tejados, las vigas al aire, los muros a medio derribar; nada hay entero ni a salvo de la decadencia en este paisaje rural en el que los personajes se desenvuelven con perfecta naturalidad. Las ruinas de una iglesia al fondo y las ramas casi desnudas del árbol del primer término terminan de conformar una escena profundamente triste, trasunto material de un mundo que se desmorona.

Una vez más, traigo a esta sección un cuadro dominado por la presencia avasalladora de un color: el lila del vestido de su protagonista produce un efecto tan impactante en el que lo contempla que hace olvidar los restantes elementos que componen este Amor de abril del pintor prerrafaelita Arthur Hugues (1832-1915). Y sin embargo, como ocurre con frecuencia en los artistas de su mismo movimiento, Hugues llena esta obra de elementos anecdóticos y simbólicos. Esta muchacha de vistosa indumentaria aparta su mirada de algo que le produce disgusto. Sus ojos llenos de lágrimas se posan en unos pétalos caídos a sus pies, restos de una flor de color idéntico al de su vestido. Si miramos con atención, descubrimos tras la figura femenina la causa de su dolor en el perfil semioculto de un hombre que se tapa el rostro con las manos, mientras sujeta con gesto crispado un pañuelo y una flor. La escena se nos revela así como una riña de enamorados que pone fin a una relación de pareja. El amor de juventud se desvanece igual que las flores deshojadas dejan caer sus pétalos por el suelo. El color lila que inunda nuestra retina no es un mero juego estético; en él se agolpa toda la tristeza de lo irreparable, del curso de la vida que marchita los sueños, la juventud y el amor.
 

El pintor ruso Alexandre Benois (1870-1960) nos da esta visión dinámica y divertida de una representación teatral en Comedia italiana. El presuntuoso Polichinela. Un espectacular cielo nocturno es el techo bajo el que actúan estos cómicos al aire libre. La escena está dotada del ambiente irreal que crea la luz de las candilejas; bajo su influjo, los colores se reducen a la gama de los rojos, los ocres, los naranjas. Los personajes a los que vemos en acción son los clásicos de la Commedia dell’Arte: Arlequín, Brighella, Colombina, el Doctor y el que aparece mencionado en el título, Polichinela. Como si de una instantánea se tratara, los actores aparecen detenidos para nosotros en medio de su vivaz deambular por el escenario; se diría que están a punto de cobrar movimiento y proseguir con la representación. Las pinceladas sueltas, los trazos vigorosos, las líneas curvas que pueblan el lienzo, contribuyen a la sensación general de vitalidad. Pero lo más singular de este cuadro es el punto de vista adoptado por el artista, que contempla la función desde el fondo del mismo escenario. Gracias a su posición a ras de suelo, los cómicos se convierten en figuras gigantescas recortadas contra el cielo; el público, en una masa informe sin rostros ni individualidad. El espectador del cuadro se ve inmerso en la trama de enredos y engaños, en la que por un instante tiene la ilusión de ir a participar. Si indagamos un poco en su trayectoria vital, descubrimos que Benois trabajó ampliamente creando decorados para los grandes ballets rusos. Fue testigo, por tanto, de los mecanismos internos del espectáculo. Nadie mejor que él para dar una visión del teatro desde dentro.

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