domingo, 23 de febrero de 2014

LA ESQUINA DEL CUADRO (IV)

Llevo más de una semana sin acercarme a este espacio por falta de tiempo. La causa ha sido la última revisión de una novela que me ha ocupado los dos últimos años y a la que el jueves pasado logré ―llegué a pensar que no lo conseguiría nunca; supongo que todos los novelistas lo temen, en algún momento de su labor― poner el punto final. Mientras estaba dedicada a la tarea de dar la última relectura, comprobar que las piezas de la trama encajaban, localizar erratas pertinaces, limar asperezas de estilo que se habían resistido a las innumerables relecturas precedentes, me sucedía con frecuencia que mi cerebro se veía asaltado por alguna idea para una entrada de este blog. Era algo parecido a la imagen liberadora que se ve a través de una ventana cuando se está terminando de preparar un examen importante. Tan prometedora, pero tan inoportuna. Tuve que espantar esas ideas de mi cabeza, igual que moscas molestas, porque me restaban concentración. Libre al fin para retomar mi labor de bloguera, empiezo con una entrada sobre pintura que guarda estrecha relación con la novela que acabo de terminar. La razón no resultará extraña para los que hayan leído alguna de mis obras precedentes: en esta última, hay un cuadro que desempeña un puesto importante en la trama.


Este lienzo de dimensiones imponentes responde a un título largo y detallado: Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. Fue pintado por Antonio Gisbert Pérez en 1888, y en él se recrea un hecho sucedido cincuenta años antes, la ejecución de un grupo de liberales sublevados contra el poder absoluto de Fernando VII. Para los que no lo conozcan, diré que se encuentra en las salas del siglo XIX del Museo del Prado y que sumirse en su contemplación es un placer recomendable incluso para aquellos poco acostumbrados a disfrutar con la pintura. Hay algo enormemente conmovedor e impactante en esta escena, y no es ajeno a ello el instante que Gisbert elige inmortalizar: los segundos que median entre la ejecución de una primera remesa de condenados y la del segundo grupo, dentro del cual se encuentra su cabecilla, el general Torrijos. Esto permite al artista evitar el reflejo directo de la violencia y mostrar solo sus efectos en un deslumbrante despliegue de actitudes humanas frente a la adversidad. Los soldados esperan en formación al fondo, como una masa unánime sin rostro ni individualidad. En primer término, asoman de forma fragmentaria los cuerpos de cinco de los recién ajusticiados. Y en el centro, en el lugar de honor, Torrijos y sus hombres esperan la muerte que no tardará en llegar. Son unos segundos de calma en medio de la atrocidad.

Yo he pasado muy buenos ratos contemplando esta pintura. Es una obra llena de detalles sugerentes, y por ello ideal para esta sección dedicada a resaltar elementos que pueden pasar inadvertidos en una primera mirada. Podría centrarme en muchos de ellos que me encantan, como el juego de miradas de los condenados, las manos de Torrijos entrelazadas con las de sus compañeros más próximos, los dos hombres que se despiden con un emotivo abrazo, el cadáver que lleva las manos atadas, el mar embravecido, como animado por un sentimiento de furia frente a la injusticia. Y qué decir del contraste entre el calzado de los personajes: las botas de los caballeros, las alpargatas y los pies descalzos de los hombres del pueblo, las sandalias de los frailes que confortan a los que van a morir. Pero me quedo con el detalle más pequeño y para mí más impactante, que puede escapar fácilmente a nuestra mirada, dividida entre tantos focos de atención.


He dicho antes que en primer término aparecen de forma fragmentaria los cadáveres de cinco ajusticiados. Del quinto apenas vemos una parte de su cuerpo y otra de su indumentaria: suyas son esa mano que asoma por el ángulo inferior derecho y la chistera abandonada sobre la arena. No hace falta más para producir un impacto emocional en el que contempla el cuadro. No cabe una plasmación más sobria y estremecedora del final de la vida y de las ilusiones que esa mano exánime y ese sombrero sin dueño. Detalles expresivos y elegantes como este son los que distinguen a un gran artista.

Lo dicho: lo recomiendo de corazón. Yo he pasado muy buenos ratos contemplando este cuadro. Los personajes de mi novela, también.

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