domingo, 23 de febrero de 2014

LA ESQUINA DEL CUADRO (IV)

Llevo más de una semana sin acercarme a este espacio por falta de tiempo. La causa ha sido la última revisión de una novela que me ha ocupado los dos últimos años y a la que el jueves pasado logré ―llegué a pensar que no lo conseguiría nunca; supongo que todos los novelistas lo temen, en algún momento de su labor― poner el punto final. Mientras estaba dedicada a la tarea de dar la última relectura, comprobar que las piezas de la trama encajaban, localizar erratas pertinaces, limar asperezas de estilo que se habían resistido a las innumerables relecturas precedentes, me sucedía con frecuencia que mi cerebro se veía asaltado por alguna idea para una entrada de este blog. Era algo parecido a la imagen liberadora que se ve a través de una ventana cuando se está terminando de preparar un examen importante. Tan prometedora, pero tan inoportuna. Tuve que espantar esas ideas de mi cabeza, igual que moscas molestas, porque me restaban concentración. Libre al fin para retomar mi labor de bloguera, empiezo con una entrada sobre pintura que guarda estrecha relación con la novela que acabo de terminar. La razón no resultará extraña para los que hayan leído alguna de mis obras precedentes: en esta última, hay un cuadro que desempeña un puesto importante en la trama.

miércoles, 12 de febrero de 2014

JULIO CORTÁZAR, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Hoy se cumplen treinta años de la muerte de Julio Cortázar. Recuerdo con mucha vividez el momento en que recibí la noticia, aquel lejano 12 de febrero de 1984. Yo había accedido hacía muy poco a los narradores del Boom latinoamericano y me parecía que un mundo deslumbrante se había abierto frente a mi ávida mirada de lectora inexperta. Y entre todos ellos, este cuentista prodigioso ocupaba un puesto de excepción. Mi hermana, que compartía mi simpatía, fue quien vino corriendo a darme la noticia; acababa de oírla por la televisión. Recuerdo mi reacción inesperada: me enfadé. Me enfadé mucho. Le solté incluso un desplante a la mensajera. Se llevó, la pobre, la consecuencia de mi gigantesco enojo con la vida. Porque yo acababa de descubrir a ese tipo largo e insólito, y apenas había empezado a observar el mundo desde su perspectiva, cuando una muerte prematura me lo arrebataba. Todos los escritores a los que había amado y admirado hasta ese momento ―Bécquer, Poe, Wilde, Emily Brontë― habían llegado a mí ya con su condición de ilustres difuntos. Pero Julio Cortázar estaba vivo mientras yo aprendía de su mano a jugar con el lenguaje y con las cosas más solemnes. Fue como enterarse de que un amigo se marchaba de viaje para no regresar nunca.

sábado, 8 de febrero de 2014

POEMAS EN EL SÓTANO

La biblioteca pública que visito con más frecuencia tiene un sótano para almacenar libros. Supongo que es algo habitual en las bibliotecas de cierta envergadura: lo que está a la vista y al alcance de la mano de los lectores es una parte limitada de los fondos, cuyo grueso está guardado en un lugar de más difícil acceso. Sería imposible ―salvo en un edificio inmenso como la mítica Biblioteca de Babel de Borges― tener expuesto, en estantes a disposición del público, todo el conjunto bibliográfico.

martes, 4 de febrero de 2014

LOS CUADROS DE ENERO (2014)


Mi último descubrimiento en materia pictórica es el artista estadounidense Robert Vickrey (1926-2011). Utilizando como técnica la pintura al temple al estilo de los antiguos maestros, Vickrey creó un universo personal, a medio camino entre lo cotidiano y lo mágico. Sus cuadros se caracterizan por los puntos de vista sorprendentes, por los juegos de luces y sombras, por la vistosidad que elementos habituales de nuestro entorno (diseños de baldosas y ladrillos, carteles pegados en las paredes) adquieren cuando son contemplados desde una perspectiva inesperada. Traigo hoy aquí una obra suya que me cautivó a primera vista: El cazamariposas. Este paisaje casi naif tiene para mí un carácter hipnótico; no puedo dejar de contemplar la ladera que asciende hasta alcanzar el horizonte, la casa iluminada bajo el cielo poblado de nubarrones, la figura infantil que avanza despreocupadamente entre la hierba. Hay algo a la vez hermoso y amenazador en esta escena en la que se presiente el final de la calma y el inicio del temporal. El hondo impacto que causa el cuadro se debe sobre todo al colorido, al verde esplendoroso que satura nuestra retina y al blanco que lo salpica sutilmente a través de las pequeñas flores y del vestido de la modelo. Es la belleza en su más alto grado, a punto de ser tragada por la tormenta. A mí esta niña que avanza hacia el cielo tempestuoso armada con su frágil cazamariposas me parece una heroína de cuento de hadas saliendo al encuentro de su destino.

sábado, 1 de febrero de 2014

LA VOZ RECUPERADA

Releer un libro al cabo de los años supone, entre otras cosas, releerse a uno mismo: descubrir que nuestras impresiones han variado, que lo que sorprendió en su momento ya no lo consigue tanto, que donde predominaba la identificación con los personajes, o la ternura, o la simpatía, ahora priman el malestar o la tristeza. Es lo que me ha sucedido estos días al reencontrarme después de una década, a causa de mi club de lectores, con La voz dormida de Dulce Chacón.