lunes, 6 de enero de 2014

REGALOS DE IDA Y VUELTA

Eric Emmanuel Schmitt hace decir al protagonista de su hermosa novela El señor Ibrahim y las flores del Corán que lo que mejor retrata la esencia de un barrio son sus contenedores de basura. Su presencia o ausencia durante el día, su estado de deterioro o pulcritud, la inexistencia o proliferación de desechos que rebosan sus límites e inundan las aceras. Yo añadiría que esos elementos familiares del mobiliario urbano delatan también la cercanía de fechas señaladas. Hoy, por ejemplo, es ese día del año en que los contenedores se pueblan desde media mañana de cajas vacías, de embalajes vistosos y coloridos, de papeles de regalo. Es el día de Reyes. En torno a esos mismos contenedores, los más pequeños circulan con sus recién estrenadas bicicletas.

En este día de intercambio de regalos, me viene a la cabeza una novela que leí hace años y de la que guardo un recuerdo muy grato. Su autora es Elizabeth von Arnim, nombre con el que firmaba sus obras la escritora australiana Mary Annette Beauchamp. Su título, que nos da la clave de su carácter autobiográfico, es Elizabeth y su jardín alemán. Se trata de un libro que llamó mi atención ―una vez más: me sucede con cierta frecuencia― por su título y su cubierta. No tenía noticia alguna sobre él ni sobre su autora, pero aun así no vacilé en llevármelo a casa cuando lo encontré mientras curioseaba entre los estantes de mi biblioteca pública habitual. Es curioso cómo esas intuiciones no me suelen fallar: su lectura me resultó deliciosa. Ojalá tuviera una intuición semejante para juzgar a los seres humanos que me rodean.

Elizabeth y su jardín alemán cuenta en forma de diario la experiencia de una mujer que, al casarse con un conde extranjero (trasunto del conde von Arnim, marido de la escritora), se ve transportada a un territorio hostil en el que intenta abrir un espacio familiar por medio de la creación de un jardín. El libro cuenta con detalle la lucha de esta dama de la alta sociedad para, con sus propias manos y sin vacilar en cubrirse de suciedad, arrancar belleza a una tierra especialmente ingrata. También lo es otro terreno más personal, el de su matrimonio: su marido, al que ella no duda en referirse como “el hombre airado”, no la comprende en absoluto. Sus tres hijas no dejan de ser niñas y están lejos de su sensibilidad y sus necesidades. Elizabeth está muy sola, no gusta de acudir a las ocasiones sociales propias de su posición, y se refugia en la lectura y en sus plantas. Pese a la impresión que pueda causar todo lo anterior, este diario novelado no incurre en el sentimentalismo ni en la autocompasión: su autora desgrana su devenir diario con brío y unas buenas dosis de humor.

Hay un episodio en la novela que me divirtió especialmente y que viene al caso por la festividad de hoy. No recuerdo con exactitud todos los detalles y no tengo el libro a mano, pero las líneas esenciales vienen a ser algo así: Elizabeth tiene una amiga que guarda la misma distancia irónica que ella con respecto a las convenciones de la buena educación. Rodeadas de opulencia y de una desorbitada atención a lo material, las dos deciden jugar a saltarse las normas dentro del limitado margen que la época, finales del siglo XIX, impone a las mujeres de buena familia. Todo empieza cuando Elizabeth regala a su amiga por su cumpleaños una bonita lámpara de cerámica. En correspondencia, cuando llega su propio aniversario, recibe por parte de su amiga un cuaderno donde podrá dar salida a sus inquietudes literarias. Hasta aquí, todo está dentro de los cauces de la normalidad y la cortesía. Pero la cosa deriva hacia otros territorios cuando, en el siguiente cumpleaños de su amiga, Elizabeth decide regalarle el mismo cuaderno que ella recibió en la ocasión anterior y que no ha llegado a estrenar. Ni que decir tiene que, cuando llega el siguiente cumpleaños de la protagonista, esta recibe, cuidadosamente envuelta, la lámpara que le regaló el año anterior a su amiga. Así comienza un ritual que se extiende a lo largo del tiempo: la lámpara y el cuaderno vienen y van de las manos de la una a la otra, y siempre, y aquí está lo singular del asunto, su recepción es acompañada por un gran alarde de alborozo por parte de la regalada, que manifiesta su sorpresa y gratitud ante tan inesperado detalle.

A mí me parece maravilloso este juego de ironía y complicidad entre dos mujeres que sólo tienen a su alcance esos pequeños atisbos de rebeldía frente a las normas imperantes. Y encuentro que esos dos objetos que pasan de una a otra a lo largo de los años sellan más una amistad y demuestran más afecto que muchos de los regalos que he visto buscar y adquirir a la carrera estos últimos días, en medio de una furia compradora dictada por el calendario. En cualquier caso, el concepto de regalo de ida y vuelta también está presente entre nosotros: mañana los centros comerciales se abarrotarán de personas que irán a cambiar los regalos recibidos por otros que sean más de su gusto. Mientras tanto, los contenedores se van llenando poco a poco de cajas y papeles de regalo rotos.

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