sábado, 11 de enero de 2014

AMIGOS A LOS QUE NO TENGO EL GUSTO DE CONOCER

La primera obra editada por Libros del Asteroide que llegó a mis manos fue Los vagabundos de la cosecha, una recopilación de reportajes periodísticos de John Steinbeck. Ya he hablado aquí alguna vez de este extraordinario libro: en él se alían las certeras palabras del escritor y las imágenes captadas por la fotógrafa Dorothea Lange. El resultado es un retrato descarnado y lleno de sensibilidad de la dura vida de los campesinos estadounidenses que durante la Gran Depresión abandonaron sus tierras como consecuencia de una terrible sequía para trabajar como temporeros. En marzo de 2012 le dediqué en este blog una entrada titulada La lente y la pluma. Pero hoy no voy a referirme a él, sino a la editorial que hizo posible en 2007 su aparición en España.

Libros del Asteroide es una editorial que me gusta mucho. Tiene una presentación a la vez sencilla y sugerente, una selección original de títulos, unas cubiertas limpias y expresivas y una atención a los pequeños detalles que hacen que automáticamente sus libros se singularicen para mí entre los muchos que pueblan los expositores de las librerías. Siempre hay alguno que capta mi atención y me obliga a hojearlo y, como me sucede en el caso de otras editoriales independientes (Funambulista, Acantilado, Impedimenta), me causa la impresión de que, si está publicado bajo ese sello, tienen necesariamente que ser interesante. Es como si un amigo que me conociera muy bien me estuviera recomendando una lectura.

Hablaba antes de la atención a los pequeños detalles porque Libros del Asteroide tiene uno que me encanta. Al volver la última página, todavía con las vibraciones que la frase final ha producido resonando en el cerebro, el lector se encuentra con un mensaje como el siguiente: «Desde LIBROS DEL ASTEROIDE queremos agradecerle el tiempo que ha dedicado a la lectura de Los vagabundos de la cosecha. Esperamos que el libro le haya gustado y le animamos a que, si así ha sido, lo recomiende a otro lector». Y encima de esa muestra de agradecimiento aparece una cita literaria que guarda relación con la obra que se acaba de terminar. Cada libro trae la suya, cuidadosamente elegida. Es un detalle que me resulta delicioso y que siempre me ha hecho sonreír. Hasta que, muy recientemente, una de estas citas me produjo sentimientos más profundos.

Terminaba yo de leer hará un par de semanas la novela Algún día este dolor te será útil, del escritor estadounidense Peter Cameron. Lo hacía con una considerable dosis de emoción; por razones no todas ellas explicables, había conectado de forma muy intensa con el emotivo, divertido y agudo retrato que de sí mismo realiza el joven protagonista. Acababa de despegar la mirada ―que no el pensamiento― de la conmovedora interrogación que cierra la novela: «Solo tengo dieciocho años. ¿Cómo voy a saber lo que querré más adelante? ¿Cómo voy a saber qué cosas necesitaré?». Y entonces me encontré con la cita que siempre se incluye al final de estas ediciones. Era un fragmento de un ilustre creador de solitarios adolescentes, J. D. Salinger, y decía lo siguiente: «Lo que me maravilla de un libro es que cuando lo terminas, desearías que quien lo escribió fuera muy amigo tuyo y pudieras llamarlo por teléfono siempre que te apeteciera». Confieso que casi me sobresalté por la coincidencia de tales palabras con la idea que se estaba abriendo paso en mi cerebro en esos precisos instantes: ¿Por qué se había terminado tan pronto la novela? ¿Por qué se veía interrumpida de esa forma prematura mi conversación con un escritor con el que ―me resultaba obvio― me unía una corriente de complicidad? La posibilidad de descolgar el teléfono, marcar un número y oír la voz de ese desconocido tan próximo a mi sensibilidad no me resultaba, en esos momentos de divagación, descabellada en absoluto.

No todos los libros que me gustan me producen semejante sensación de cercanía. Algunos, precisamente, me atraen porque me abren a espacios nuevos, porque contemplan el mundo desde perspectivas muy distintas a la mía. Pero cada cierto tiempo encuentro en mi actividad de lectora un cabo suelto al que me puedo asir para recorrer en compañía territorios muy similares a los de mi propio interior. Es un ejercicio de autoafirmación muy recomendable. La persona que dejó ese cabo entre las páginas, esperándome, está separada de mí por cientos, miles de kilómetros, o tal vez lleve siglos muerta. No importa: la sensación de proximidad y calidez es tan intensa que, al leer la frase final, la idea de descolgar el teléfono para continuar la charla interrumpida resulta perfectamente plausible.


Repaso mi último año de lecturas y descubro algún otro libro que me produjo en su momento una sensación similar a la que acabo de describir. Me ocurrió con El bosque del cisne negro de David Mitchell, repaso a la vida cotidiana de un niño en un pueblo inglés a comienzos de los años ochenta. Me ocurrió también con el maravilloso Mr Gwyn de Alessandro Baricco, un autor al que, a pesar de su popularidad, no había leído hasta ahora; tal vez estaba escrito que mi primer contacto con él fuera a través de una historia que me tocara especialmente. La novela de David Mitchell hablaba del difícil tránsito por la infancia, de la dificultad para integrarse entre los socialmente admitidos que encuentran aquellos ―como el protagonista, afectado por una tartamudez que no consigue superar― que se apartan de la norma. El protagonista de Baricco es un escritor de éxito que aparca su carrera urgido por la necesidad de encontrar una labor con más sentido para él; ante el estupor de todos, decide dedicarse a pintar retratos con palabras a desconocidos, lo que lo llevará a establecer relaciones sorprendentes. El joven narrador de Peter Cameron pone en tela de juicio cuando le rodea: no le gustan sus compañeros de generación, no quiere ir a la universidad, se niega a seguir caminos trillados y a hacer lo que se espera de él. Tres historias que hablan de la dificultad para encontrar el propio lugar en el mundo, de las relaciones con los demás y de las maneras de combatir la soledad. Para ayudarnos a resolver problemas como estos, no cabe duda que nadie mejor que un amigo, aunque sea uno al que no tenemos el gusto de conocer.

4 comentarios:

  1. Estos días, por cuestiones profesionales, estoy a vueltas con la crisis del 29, “enriquecida” desde la tertulia “De ratones y hombres” y la posterior lectura de “Los vagabundos de la cosecha”, con sus impresionantes fotos (un libro llevó a otro). Es el tirar del hilo inagotable de tu blog y de la tertulia... Me acerco con el nuevo año a este espacio, Beatriz, y encuentro una atractiva portada, la feliz vuelta de unos primeros planos impactantes, estupendas propuestas y una cita de Salinger (casualidad: la leí ayer en una librería y me hizo pensar…).
    Como lectora de este blog te AGRADEZCO –como hace la editorial Asteroide- el tiempo que dedicas a abrir de par en par ventanas a la cultura, a la creación, a la literatura, al arte... Te animo de corazón a que sigas tirando del hilo de la sensibilidad y la cultura. Y que este empeño dure siempre. Hasta pronto, Choni.

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  2. Me sumo incondicionalmente al agradecimiento expresado por Choni. Un abrazo para las dos.
    Guillermina

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  3. Muchas gracias a ambas. Aunque me da un poco de apuro leer palabras tan grandes aplicadas a mi labor. Yo me limito (lo he dicho muchas veces) a ir amueblando este rincón con todas las cosas que me gustan, y es un placer comprobar que encuentran eco en personas como vosotras.

    ¿Leíste la cita de Salinger hace poco en una librería, Choni? No es la primera vez que una de esas casualidades tiende un hilo entre nosotras: comento un cuadro y tú lo acabas de ver en su emplazamiento original, incluyo una cita de un escritor y tú la has leído hace poco o la has seleccionado de un libro. Espero también que esas coincidencias nos sigan uniendo por mucho tiempo.

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  4. Sí, Beatriz, coincidencias que nos siguen uniendo… Leí por primera vez la cita de Salinger -pocas horas antes de hacerlo en el blog- en una librería de Aosta (sí, donde aquel viandante desconocido nos ayudó con el inicio de la “Divina Comedia”…). La cita me dejó pensativa, precisamente porque acababa de leer tu último libro y tenía recientes las sensaciones que me suscitó; pensé: qué suerte tener el gusto de conocer al autor de las palabras que nos sumergen en otras vidas... Sentí la urgencia de “descolgar el teléfono” y preguntarte cosas que me impresionaron e inquietaron de tu libro, urgencia que transformo en breve espera hasta que nos veamos y disfrutemos de una tranquila conversación. Qué fortuna poder seguir hablando…

    Por cierto, Guillermina, qué bonita coincidencia entre estas líneas… Nos “vemos” dentro de poco en otro estupendo lugar de encuentro, nuestra cita literaria, ya tengo ganas de oír tus impresiones. Un abrazo grande para las dos y hasta muy pronto. Choni.

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