sábado, 21 de diciembre de 2013

ENCENDER LA NOCHE

Hoy, 21 de diciembre, solsticio de invierno en el hemisferio norte, se produce por estas latitudes la noche más larga del año. Los calendarios astronómicos señalan con fría precisión que el sol se ha puesto en Madrid a las 17:50 horas y que saldrá mañana a las 8:34. Es decir, catorce horas y cuarenta y cuatro minutos de oscuridad. Una eternidad, para los que llevamos dentro a un niño con miedo a la noche.

El gran escritor Ray Bradbury pertenecía sin duda al grupo de los que tienen muy presentes los temores de sus primeros años. Así lo demuestran sus abundantes relatos sobre el lado oscuro de la infancia. Dos ejemplos: en El parque de juegos, el pequeño protagonista vive como una experiencia angustiosa ir al parque, donde debe enfrentarse a la crueldad de los otros niños; Esa cosa al final de la escalera narra el regreso de un hombre a la casa de sus padres para reproducir en medio de la oscuridad el trayecto hasta el piso de arriba que años atrás lo aterrorizaba. Según cuenta el autor en su libro Zen en el arte de escribir, este último relato está muy vinculado a su propia experiencia:

«Donde yo crecí, en Waukegan, Illinois, había un solo cuarto de baño: arriba. Hasta encontrar una luz y encenderla había que subir un tramo de escalera a oscuras. Yo intentaba convencer a mi padre de que dejase la luz encendida toda la noche. Pero eso era caro. La luz quedaba apagada.

A eso de las dos o tres de la mañana me entraban ganas de orinar. Me demoraba en la cama una media hora, dividido entre la torturante necesidad de alivio y lo que, sabía, me aguardaba en el oscuro corredor que llevaba al altillo. Al fin, impulsado por el dolor, me asomaba del comedor a la escalera pensando: “Date prisa, salta, enciende la luz, pero hagas lo que hagas no mires arriba. Si miras antes de encender la luz, allí estará Eso. La Cosa. La terrible cosa que aguarda al fin de la escalera. De modo que corre, ciego; no mires”».

En 1955, Bradbury escribe un relato infantil que bautiza con el maravilloso título de Encender la noche. Lo escribe para alejar los miedos nocturnos de uno de sus hijos, pero sin duda también en un recordatorio de los que lo asaltaban a él mismo cuando tenía que afrontar el peligroso trayecto nocturno hasta el cuarto de baño del piso de arriba. Encender la noche es, por supuesto, la historia de un niño que teme la oscuridad, y de cómo su encuentro con una misteriosa niña le ayuda a ver las cosas desde un ángulo diametralmente opuesto al del miedo. Con inigualable instinto poético, Bradbury dedica su cuento no a los que se asustan de las sombras, sino a los que son capaces de iluminar la vida de los que les rodean. A los portadores de luz, reza la preciosa dedicatoria.

Como ocurre tantas veces con los libros infantiles, existen múltiples ediciones de Encender la noche adornadas por magníficos dibujantes. Me referiré aquí a dos: la edición en inglés ilustrada por Leo y Diane Dillon cuya cubierta acompaña estas líneas y la reciente versión en español de la editorial Kókinos. Curioseando por la red, he encontrado un vídeo de presentación de esta última, con el texto íntegro del relato de Bradbury traducido por Esther Rubio y las deliciosas ilustraciones de Noemí Villamuza. Una buena compañía para afrontar la noche más larga del año. Aunque, para consuelo de niños, enemigos de la oscuridad y demás seres asustadizos, recordaré que, dentro de unos pocos días, la noche será un minuto más corta.

2 comentarios:

  1. Beatriz, que entrada tan bonita. Después de leerla he viajado en el tiempo hasta mis siete años. Viví unos años en casa de mi yaya y para ir al cuarto de baño tenía que atravesar una habitación grande, el comedor, que apenas usábamos y que estaba cargado de misterio durante el día y de amenazas durante la noche. Para acceder al interruptor tenía que armarme de valor pues la luz estaba cuando pasabas la habitación. Cuantos temores, voy, no voy, aguanto un poco más. Lo tenía completamente olvidado y me ha gustado ver a esa niña que tanto quiero con sus temores en la oscuridad de esa casa. Ojala me hubieran contado ese precioso cuento. Lo guardo para mi nieta por si le hace falta. Un beso



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    1. Cuánto me alegro de que te guste, Marga. Es estupendo compartir lo que a uno le agrada y ver que encuentra eco en otra persona. Me encanta la anécdota que cuentas de la casa de tu abuela, tan parecida a lo que le sucedía a Bradbury niño (y a tantos otros). Yo también guardo recuerdos similares de la casa de mis abuelos en Badajoz, que era muy antigua y tenía varios pisos y múltiples recovecos que me fascinaban y asustaban a la vez. Espero que lleguemos a tiempo de evitar que tu nieta pase el miedo que nosotras pasamos de niñas. Un abrazo.

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