lunes, 16 de diciembre de 2013

CUANDO LOS CUENTOS CRECEN

Tengo una muestra suya en mi poder desde hace más de una semana, pero no he querido traerla antes a este espacio por respeto a los que la han hecho posible. Se trata de la edición de mi obra Mamá duerme la siesta, que ganó hace ahora un año el XXXII Premio Felipe Trigo de Narración Corta. El pasado viernes fue la presentación del libro en Villanueva de la Serena, la población que contribuye con empeño a que un concurso literario de tan larga trayectoria se perpetúe en tiempos difíciles. Me pareció que era obligado que fueran los lectores locales quienes tuvieran la primera noticia de la publicación.

A veces pienso que ver publicada una obra propia es en cierta medida algo parecido a ver bien situado a un hijo. Al fin y al cabo, los escritos no dejan de ser criaturas desgajadas de nuestro yo y criadas a base de esfuerzo; uno las conoce desde que son un mero germen, las alimenta y las saca adelante con mejor o peor pulso, las ve transformarse y crecer a veces con satisfacción, frecuentemente con inquietud y casi siempre con asombro: parece mentira la distancia abismal que separa la idea primitiva del resultado final. Se les quiere, en definitiva, a estos hijos de la imaginación y del trabajo. Y uno se plantea con inquietud qué será de ellos una vez creados, si encontrarán un hueco por el que colarse en el aprecio de los demás o si permanecerán para siempre pegados a nosotros, como eternos niños tímidos incapaces de abrirse camino por sí solos.

Pero un día, con un poco de suerte, uno recibe una caja y, al abrirla, se encuentra con una pila de libros en cuya cubierta figura su nombre y el título con el cual ha bautizado a su creación. Es un momento de emociones encontradas. Se siente un inmenso alivio porque este hijo ha conseguido colocarse en la vida, ha alcanzado una posición en el mundo, aunque sea modesta, pero se experimenta a la vez una cierta sensación de despojamiento: esta criatura ya no nos pertenece, ya es un poco de todo aquel que abra las páginas de un ejemplar y lea su contenido. Puede que se llegue incluso a pensar con añoranza en los tiempos en que uno era el único conocedor de la historia, o en que sabía la identidad de todos y cada unos de sus lectores, personas de su círculo más inmediato. Porque no deja de ser extraña la sensación que produce ser leído por desconocidos. Supongo que es algo así lo que experimentan los padres cuando descubren que ya no controlan el ámbito de relaciones y amistades de sus hijos, que en su momento fue tan reducido y manejable.

Mamá duerme la siesta nació como un cuento. Conservo una versión del año 2008 ―no recuerdo ya si existió otra anterior―, que tiene una veintena de páginas. El otro día lo comentaba con un colega de escritura: es increíble cómo los personajes se apoderan de las ficciones que creamos y nos hacen seguir, perplejos y sin aliento, los giros de la trama que deciden por su cuenta. Esta historia fue creciendo y complicándose y ha desembocado en su forma actual, que en la edición que hoy presento roza las cien páginas. Es una longitud incómoda, porque está a medio camino entre el relato y la novela breve y no siempre resulta fácil conseguir su publicación. Los artífices del Premio Felipe Trigo salen al paso de esta dificultad. Gracias a ellos, esta nueva criatura mía se asoma ahora al mundo. Ya la siento ―aunque me duela reconocerlo― como un poco menos mía.

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