miércoles, 18 de septiembre de 2013

PINTAR CON PALABRAS

Hace ya unos cuantos años, un compañero del primer instituto en el que trabajé me contó una anécdota que no he olvidado. No recuerdo a quién se la atribuyó: a un amigo, o tal vez al conocido de alguien cercano a él, como con frecuencia sucede en estos casos. No descarto la posibilidad de volver a oírla de nuevo alguna vez, de otra fuente y asociada a protagonistas distintos; aun así, me gusta pensar que sucedió realmente y tal como me la contaron. Como todas las historias de este tipo, esta que voy a relatar cuenta con una sorpresa final y la presencia de un personaje importante.

Lo que el compañero en cuestión me contó fue lo siguiente: una persona sentada en una sala de cine escucha un murmullo constante que proviene de una fila cercana. No se trata de la habitual charla entre dos espectadores que en lugar de atender a la proyección se dedican a hablar de sus cosas como si se encontraran en una cafetería. Lo que se oye es una sola voz que habla en un tono monocorde, como si recitara. Aunque el volumen es tan moderado que en realidad no produce apenas molestias, el protagonista de nuestra historia siente curiosidad e investiga la razón de que alguien esté entregado a tan peculiar monólogo. Mira alrededor, aguza la vista en la oscuridad de la sala y descubre algo sorprendente. La que habla de esa forma continua es una mujer, que se dirige a un hombre mayor sentado a su lado. Dos datos para redondear la anécdota: la película que se está proyectando es Barry Lyndon, de Stanley Kubrick. La pareja que se comunica durante la proyección es la formada por el escritor Jorge Luis Borges y su esposa, María Kodama, entregada a la labor de describir cada plano a su marido, que por entonces ya había perdido la vista.

Cuando mi compañero me contó lo anterior, sentí una emoción enorme. No por el hecho de que alguien compartiera espacio con un escritor tan grande, sino porque la naturaleza de la película dotaba a la escena de una especial trascendencia. Porque se trata de una obra de una belleza formal exquisita: querer plasmar con palabras cada uno de los planos que Kubrick preparó hasta la extenuación con sensibilidad pictórica se me antoja una tarea ímproba. Si la película proyectada hubiera sido otra, la historia no pasaría de ser una enternecedora anécdota sobre la unión de una pareja frente a la adversidad. Pero lo que esta mujer estaba intentando resumir con palabras era algo inabarcable. La esposa de Borges me pareció un personaje digno de un relato de su marido, atrapada en una labor que la sobrepasaba.


Por afición y también por motivos profesionales, me veo con frecuencia en la necesidad de describir imágenes con palabras. Lo hago sobre todo cuando choco con la incapacidad de los alumnos para captar ciertas cuestiones de estilo de las obras literarias. ¿Estoy explicando el esperpento de Valle-Inclán y no lo comprenden? Muy fácil: echo mano de Goya. Pregunto a los chicos si conocen las célebres Pinturas Negras. Unánimemente, me responden que no. Error táctico. Ya no hay marcha atrás. Se quedan todos callados, esperando una aclaración. No tengo a mano un libro, un ordenador ni medio alguno para mostrarles una imagen. Sólo dispongo de mis palabras. Y entonces viene la difícil tarea: hay que describir el Aquelarre, Dos viejos comiendo o Saturno devorando a su hijo a personas que ni sospechan su existencia. En el intento, me entusiasmo y me desespero a partes iguales; me encanta construir con palabras una réplica de la imagen creada por el pintor, una explicación de las emociones que despiertan sus cuadros, pero me doy cuenta de lo absurdo de mi tarea. Salgo de la clase prometiendo una proyección de imágenes para el día siguiente. Soy consciente de mi fracaso: cada uno de los presentes ha construido en su mente una idea distinta sobre las pinturas descritas.

Dándole la vuelta al anterior razonamiento, he de decir que me encanta encontrarme en la otra posición, y que alguien intente describirme un cuadro que desconozco. Mis profesores de Historia del Arte del Bachillerato y de la universidad lo hicieron muchas veces. Yo disfrutaba siguiendo el hilo de su discurso, dando pinceladas en mi mente para crear lo que ellos pintaban con palabras. La literatura está llena también de esos gratos juegos de imaginación. Un autor se emociona al mencionar a un pintor que es de su agrado y nosotros, lectores, nos dejamos llevar por las formas y colores que evocan sus palabras. El resultado, con frecuencia ―como después se comprueba al acudir a las imágenes― poco tiene que ver con el cuadro original. Tanto mejor. El cerebro de todos los que nos hemos entregado alguna vez a este juego está lleno de obras que no han llegado a existir más que en el limitado periodo de tiempo en que nosotros las creímos posibles.

Hace unos años, tuve oportunidad de ver una representación teatral en la que la pintura ocupaba un papel básico, ya desde su mismo título. Se trataba de una pieza que hablaba del poder de la imaginación para enfrentarse a las adversidades de la vida. Por razones relacionadas con la trama, su protagonista se dedicaba a describir obras pictóricas que no estaban a la vista del espectador, aunque sí, por la magia de la palabra, en la mente de cuantos ocupábamos el patio de butacas. Pero esto, creo yo, es materia suficiente para una entrada distinta, que escribiré en los próximos días. Hasta entonces, no queda sino imaginar.

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