jueves, 26 de septiembre de 2013

MIS FOTÓGRAFOS (V)


Los reporteros gráficos realizan con frecuencia un duro y arriesgado trabajo a medio camino entre el periodismo y el arte fotográfico, y en ocasiones consiguen resultados que, además de dar testimonio de la actualidad de algún punto del planeta, poseen un notable valor artístico. Es el caso de esta imagen tomada en 2008 en la isla de Java por el fotógrafo indonesio Sigit Pamungkas, que recoge la oración de un grupo de mujeres musulmanas en vísperas de Ramadán. Se la incluyó entre las fotografías de la década de la agencia Reuters, y basta contemplarla unos instantes para comprender por qué. Es de esos momentos de privilegio que se producen frente a un objetivo: la profusión de figuras femeninas blancas que se arrodillan para rezar, y en el centro la presencia casi sobrenatural de la niña vestida de rojo, de pie y con las manos sobre la cabeza. No cuesta demasiado imaginar el júbilo del fotógrafo al descubrir esta silueta de intenso colorido en medio de la masa anónima, difusa, sin apenas rostros ni rasgos diferenciadores. Es una imagen construida sobre un profundo y eficaz juego de contrastes: frente a la palidez y difuminación de los contornos de las mujeres postradas en el suelo, la radiante nitidez de un ser único, erguido en su individualidad.

No es la primera vez que traigo a este blog una imagen de esa extraordinaria testigo de su época que fue la fotógrafa estadounidense Dorothea Lange. Su valentía, compromiso social y sensibilidad hacia los desfavorecidos hacen de ella la autora de uno de los más emocionantes testimonios gráficos que conozco de la primera mitad del siglo XX. Pero como sucede con las grandes obras de arte, las fotografías de Dorothea Lange no sólo dan cuenta de lo ocurrido en su entorno y su momento histórico, sino que trascienden el aquí y ahora hasta captar con increíble profundidad la esencia del ser humano. Es el caso de la titulada White Angel Breadline, tomada en San Francisco a comienzos de los años 30. Las circunstancias concretas de esta imagen están bien documentadas. Dorothea Lange observó desde su estudio la presencia de una cola de hombres que esperaban a recibir la ayuda brindada por un comedor social creado por una dama adinerada, que era conocida con el sobrenombre de “Ángel Blanco”. La fotógrafa se aprestó a inmortalizar el momento, y con inigualable instinto eligió como centro de atención a un anciano que, de espaldas a la multitud que aguarda, se apoya en una valla con gesto cansado. No se puede dar una imagen más certera de la soledad y la desolación: las vestiduras raídas, el sombrero que vela la mirada, el recipiente vacío y dispuesto a recibir la sopa otorgada por la caridad de los acomodados. Y, sobre todo, esas figuras sin rostro, de espaldas a nuestro protagonista, al que dejan a solas con su derrota.

La trayectoria del fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo (1902-2002) ocupa prácticamente la totalidad del siglo XX. Alcanzó la edad de cien años y desarrolló su obra desde la década de los veinte hasta la de los noventa. Realizó fotografías que van desde lo descarnadamente documental hasta la exploración de formas abstractas, pasando por la búsqueda de lo poético o sorprendente de la realidad cotidiana. Esta delicada imagen se titula El ensueño y fue tomada en 1931. Pertenece a ese grupo de fotografías de Álvarez Bravo en las que se descubre el lado más lírico de modelos sencillos, no profesionales, extraídos de las capas populares. La casa de vecindad de paredes deslucidas y la muchachita de vestido tosco, peinada como una campesina: todo es humilde en esta escena, que sin embargo posee una belleza conmovedora. La expresión melancólica de la modelo, su mirada fija en un foco de atención que los que vemos la foto sólo podemos adivinar, están llenas de sugerencias. Como suele suceder en las fotografías en las que están presentes rejas, balaustradas o escaleras, la barandilla en la que se apoya la joven soñadora alcanza un enorme relieve: con su trazado en zigzag nos integra en la escena, pero a la vez aísla a la protagonista, encerrada tras los barrotes, separada de la vida que parece desarrollarse en el piso de abajo, mientras ella está perdida en sus ensoñaciones.


El paisaje es una fuente de sugerentes diseños y juegos de geometría para el que sabe observarlo con atención y sensibilidad. El fotógrafo italiano nacido en 1930 Gianni Berengo Gardin tomó en 1958 esta imagen a la que bautizó con el sencillo título de Toscana. Se trata de una fotografía extraordinaria, en la que un mínimo de elementos produce un intenso efecto de armonía y placidez. La adopción de un punto de vista elevado trae como consecuencia la eliminación del cielo y el protagonismo absoluto de la tierra. El uso del blanco y negro hace que, a falta de colores, sean las diferentes texturas las que creen y delimiten las formas presentes en ese paisaje humanizado. Las pequeñas figuras que se destacan en ese mundo de líneas y matices (el árbol, los dos hombres, el animal que tira del arado) son apenas un pequeño anclaje que otorga al conjunto unas dimensiones concretas y evita que la imagen entre definitivamente en el terreno de lo abstracto. Ninguno de los seres que participa de esta escena sospecha siquiera el sorprendente dibujo  del conjunto del que forma parte. El que contempla la fotografía se sabe, pues, un afortunado: sólo desde su posición de privilegio cobran sentido todas las piezas del puzle y es posible la belleza.

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