lunes, 2 de septiembre de 2013

LOS CUADROS DE AGOSTO (2013)


El pintor neoyorquino Robert Fundis (nacido en 1977) es el artista más joven que ha pasado hasta el momento por esta sección. Es autor de obras de enorme intensidad, en las que combina diversas técnicas y explora la textura de superficies y materiales con el fin de indagar en los entresijos de la condición humana, especialmente en los sentimientos de angustia y soledad. La división de la presente obra en dos paneles tiene una clara intención expresiva: estos dos personajes retratados de perfil están aislados en sus respectivos mundos. Ella clava los ojos en él con gesto de conformidad; la mirada de él se escapa hacia un punto indeterminado en las alturas. Y, entre ambos, se abre esa profunda hendidura que divide el cuadro en dos. Tenemos la impresión de que los miembros de esta pareja están más separados que si hubieran sido pintados dándose la espalda. El conciso y contundente título de la obra no deja lugar a dudas: Corrosión. Todo está en trance de desmoronarse, en este mundo monocromo y gris. En consonancia con ello, el artista se ha encargado de que la superficie irregular del cuadro parezca a punto de resquebrajarse, igual que la precaria relación de los dos seres humanos atrapados en él.

Los suelos mojados son una fuente de reflejos, imágenes difusas e invertidas, brillos rutilantes: una bendición para un pintor. En Día de primavera, del artista ruso Nikolái Pozdneev (1903-1978), la superficie cubierta por el agua cobra tal protagonismo que desplaza a una esquina del cuadro los otros elementos que lo integran y que ocuparían el centro en una composición más convencional: la vegetación, el manto de nieve que cubre el paisaje, las siluetas de farolas y edificios y las figuras de los tres niños que nos dan la espalda, concentrados en su camino hacia la escuela o tal vez de vuelta a casa.  Pozdneev, que creó sobre todo naturalezas muertas y escenas cotidianas, es un auténtico mago del color. En este cuadro, las notas de rojo y verde en las indumentarias de los colegiales y el azul intenso de la calzada húmeda resplandecen frente a nuestros ojos y producen una sensación de intensa alegría. En este mundo todavía cubierto por la nieve, en esta vía poblada de charcos, el pintor sólo tiene ojos para las notas de brillante cromatismo que afloran en medio de los restos del invierno, como esa primavera a punto de entrar en eclosión.

Los retratos barrocos son un prodigio de presencia y rotundidad; a primera vista, este no es una excepción. Pero el personaje de noble porte y aparatosas vestiduras que protagoniza este cuadro guarda una sorpresa para el que lo observa con atención: tiene orejas de burro. Es el mítico Rey Midas, el monarca al que una disputa con el dios Apolo trajo tan indeseadas consecuencias para su imagen, pintado por el artista napolitano Andrea Vaccaro (1600-1670). Eliminando toda referencia a la leyenda y centrándose en el personaje principal, Vaccaro crea una obra comedida e intensa, con un tema delicado, en el que sortea con habilidad lo anecdótico y lo grotesco. No nos importa por qué este personaje se ha visto conducido a tan lamentable situación; el único protagonista del cuadro es el hombre y su deseo de mantener la dignidad en medio de su desgracia. Con sabiduría y elegancia, el pintor coloca a su modelo dando la espalda al espectador, concentrado en otro foco de atención, aunque algo en la expresión de su rostro nos dice que capta la curiosidad con que lo escrutamos y la soporta con valentía. Este Midas sigue teniendo el porte de un rey, a pesar de su penoso defecto. El artista nos transmite la idea de que, en sus discrepancias con la divinidad, la fortaleza de los simples mortales tiene mucho que decir.

Las puertas y ventanas son objeto de atención por parte de los artistas desde tiempos inmemoriales. Como foco de luz que irrumpe en una estancia, o como apertura hacia un mundo más abierto y luminoso o por el contrario oscuro e inquietante, estos huecos que marcan la división entre lo de dentro y lo de fuera ocupan un lugar importante en las pinturas de interiores. En La ventana, del pintor francés Pierre Bonnard (1867-1947), este elemento cobra un protagonismo absoluto. Nada vemos de la habitación en la que se sitúa el artista aparte de una mesa y una cortina; la presencia humana queda reducida a los objetos de escritorio abandonados momentáneamente. El papel central lo ocupan los cristales que nos abren al paisaje, plasmado con los joviales colores característicos del autor. Una profusión de casas pintadas con encantadora ingenuidad nos dirigen hacia el horizonte, hacia las montañas azuladas y el cielo cargado de nubes. Hay un momento de nuestra contemplación en que parece que nos encontremos con nuestra imagen duplicada: desde un balcón vecino, el perfil apenas esbozado de un personaje que se inclina sobre la barandilla nos anuncia una presencia inesperada, la de alguien que como nosotros observa el paisaje y nos hace sentirnos acompañados en la tarea de mirar.

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