domingo, 22 de septiembre de 2013

LECTURAS DEL PASADO VERANO (2013)

Frankie tiene doce años. Es demasiado grande para ser una niña y demasiado joven para ser una adulta. En el último año de su corta vida, ha crecido desmesuradamente, y su indumentaria de siempre le otorga una apariencia extraña. Como buen personaje de McCullers, no encuentra su lugar en el mundo: está llena de rencor hacia las chicas de su edad y de recelo hacia sus conciudadanos. Se ha pasado el verano refugiada en la cocina de su casa, jugando a las cartas con una criada negra y con un primito de corta edad que no la comprende pero que la sigue de forma incondicional. Tiene una maleta preparada en su habitación para huir, ella misma no sabe bien hacia dónde. En medio de este profundo desconcierto, regresa a casa su único referente claro en el mundo, su hermano mayor, Jarvis, militar destinado en las remotas, míticas tierras heladas de Alaska. Pero no viene solo. Trae junto a él a su prometida, una jovencita de otra ciudad con la que planea casarse en breve. Esta boda es una profunda grieta que parte en dos la existencia monótona y estancada de la protagonista. Inquieta, celosa, expectante, molesta, Frankie espera a conocer los acontecimientos que rodean esa boda. Y con ella, el lector.

Termino esta novela de Carson McCullers con la sensación de que es la más amarga de las que he leído de esta escritora. Más triste que la que ostenta dicha condición en su título, Balada del café triste. Más instalada en los terrenos de la soledad que la que parece explorar esos territorios ya desde su mismo nombre, El corazón es un cazador solitario. La historia de esta Frankie que quiere huir de una vida vacía y vuelca toda su ilusión en la boda de su hermano mayor y lo que ésta traerá de novedad a la rutina de sus días no es sólo la crónica de una desilusión que el lector sospecha ya desde los primeros párrafos. Es la historia de una existencia condenada a la más absoluta soledad, porque a esta Frankie adolescente no le queda, como a otros personajes de la misma autora, el consuelo del contacto afectuoso, solidario, con los que la rodean; encastillada en sus fantasías y en su desdén, es incapaz de albergar un mínimo sentimiento cálido hacia la criada que vela por su seguridad, hacia el primito que la admira y la sigue con fidelidad canina. Es, sin duda, el personaje más terrible creado por McCullers. No cuenta siquiera con la simpatía de su creadora, y a juzgar por lo que a mí me ha sucedido, tampoco con la del lector que es testigo de sus vivencias.

Este libro llegó a mí a través del préstamo de un compañero de trabajo del que me fío mucho en cuestiones estéticas y literarias. Me lo dejó cerca del final de curso e intenté empezar a leerlo en medio del trasiego de los últimos días de clase. En seguida me di cuenta de mi error. Si ningún libro se merece esa atención apresurada y difusa, éste es, por su mismo carácter, radicalmente opuesto a las prisas. Interrumpí su lectura y la reinicié ya en los días tranquilos del verano. Así he navegado, apaciblemente, por las hermosas líneas e imágenes de esta obra escrita a principios del siglo XX por el autor japonés Kakuzo Okakura, que con la excusa de dar a conocer en occidente la tradicional ceremonia del té, aprovecha para repasar el pensamiento, la historia, los gustos estéticos y la mentalidad de su pueblo. Como no podría ser de otra manera, se trata de una obra delicadísima, hecha para ser leída con calma y para degustar cada párrafo hermosamente construido. Sólo lamento que haya llegado a mis manos en un libro ajeno, porque no son pocas las frases que me habría gustado subrayar para que me salieran al encuentro si en el futuro decido volver a recorrer el sendero que propone el autor en el primer capítulo: «La luz de la tarde ilumina las cañas de bambú, las fuentes cantan melodiosas, el suspiro de los pinos crepita ante la tetera. Permitamos que los sueños se desvanezcan y dejémonos arrastrar por la fascinante sencillez de las cosas».

Obabakoak es un libro de cuentos en el sentido total de la palabra. No sólo porque es una colección de historias, sino porque la idea del cuento preside la mayor parte de sus páginas. Los personajes de Atxaga ―entre los que se encuentra el propio autor― intercambian historias, crean nuevas versiones de narraciones tradicionales, recuerdan relatos de grandes maestros que les han gustado especialmente, se reúnen para leerse sus creaciones y juzgarlas, reflexionan sobre las características que debe tener un cuento para ser bueno. Frente a los ojos del lector desfilan todos los tipos de texto que pueden incluirse en ese amplio cajón al que denominamos “cuento”: recuerdos, anécdotas, leyendas, historias de la tradición oral, relatos elaborados y literarios. Este libro es como un regalo que uno intenta abrir sin conseguirlo nunca del todo, porque dentro de la primera caja hay otra que a su vez contiene otra, y así hasta el infinito. Y uno va desgarrando una y otra vez el papel de regalo, deshaciendo nudos y apartando tapas, con la ilusión de un niño en su fiesta de cumpleaños. Porque, en definitiva, todos llevamos dentro un niño al que lo que más le gusta es que le cuenten historias.

De vez en cuando, el lector necesita cambiar por completo de registro. El regalo de una persona con gustos muy diferentes a los míos trajo hace meses a mis manos este clásico de la literatura de ciencia-ficción, que he empezado a leer con cierto ―supongo que inevitable― recelo, pero a cuyo ritmo e interés me he rendido inmediatamente. Alfred Bester, autor para mí desconocido hasta ahora, nos traslada a un siglo XXV transformado por la capacidad de los seres humanos de teletransportarse. Un mundo de comunicaciones frenéticas, en el que los teléfonos y los vehículos han pasado a convertirse en objetos de coleccionista y signo de distinción. En este ambiente raudo y eficaz, el escritor nos empareja con el navegante espacial Gulliver Foyle, de cuyas andanzas somos testigos. Pero este personaje con nombre de resonancias tan literarias dista de ser un viajero intrépido: se trata de un hombre básico, conformista, lento de reacciones, carente de ambición. Habría sido toda su vida un oscuro mecánico de naves espaciales si un acontecimiento terrible no lo hubiera llevado al límite de su capacidad de aguante y hubiera sustituido su natural mansedumbre por una sola pasión. A partir de ese acontecimiento, Gulliver Foyle sólo vivirá para vengarse. Con el empeño ciego, sin fisuras, del hombre incapaz de salirse del único carril que le ha marcado la vida.

Esta hermosa novela de Anne Tyler es como un enorme poliedro cuyas caras son los puntos de vista de los distintos miembros de la familia Tull. Gracias a su cuidada construcción, avanzamos a lo largo de más de cincuenta años en la relación, la vida en común y las separaciones de la madre, Pearl, de su siempre ausente marido y de sus tres hijos. La realidad se construye así de forma múltiple: lo que un personaje ignora otro lo sabe; lo que uno calla o malinterpreta, otro acierta a descifrarlo y a integrarlo en su vida. La sensación de viveza y de pluralidad es por ello muy intensa. El lector tiene la impresión de encontrarse realmente frente a seres humanos, con sus contradicciones y sus faltas de entendimiento. Esa capacidad de crear criaturas vivas es, en mi opinión, una de las más altas virtudes de un novelista. Como ya desde su título se anuncia, Reunión en el restaurante Nostalgia está impregnada por la melancolía de las historias evocadas, contadas desde el inevitable final. Sus protagonistas luchan por entenderse, se quieren y recelan unos de otros, se equivocan en sus decisiones y fracasan a la hora de ponerse en el lugar de los demás. No pueden evitar alejarse pero, de igual manera, se reúnen periódicamente en el restaurante que aparece en el título, símbolo de lo que permanece inmutable, del vínculo que los mantiene unidos a pesar de todo. Una novela triste, pero, desde luego, no más que la realidad que le sirve de inspiración.

Los cimientos de una ciudad cuya identidad no se precisa están minados de subterráneos en los cuales se reúnen los participantes en un extraño ritual. Ellos son los “accionistas”, apostantes que arriesgan auténticas fortunas esperando no sólo ganar, sino también ser testigos de una situación límite; el “patrón”, empresario del singular espectáculo, y finalmente, el protagonista del acto, un hombre miserable que juega a la ruleta rusa delante de tan voraz auditorio. Este es el planteamiento del sombrío relato de  Mircea Cărtărescu titulado El ruletista. Parábola de una sociedad basada en los instintos más primarios y en el absurdo, las páginas de esta novela breve desfilan frente a los ojos del lector con la contundencia de ese terrible disparo mortal que uno espera y teme a la vez desde la primera línea. Cărtărescu no es un escritor fácil: brutal en ocasiones, críptico otras, de tanto en tanto sorprende al que lo lee con declaraciones con las que es imposible no sentirse profundamente identificado. Es un continuo juego de atracción y rechazo, de distancia y complicidad. Su material literario parece a la vez extraído del mundo de los sueños y de lo más sórdido y animal del ser humano. Su obra produce la impresión de querer transmitir mucho más de lo que uno es capaz de captar en primera instancia; son libros que se dejan guardar con reticencia en la estantería, a la espera de una posible segunda lectura.

En presente y en primera persona, con inmediatez y desarmante sinceridad, el comisario Kostas Jaritos nos narra su día a día en esta primera entrega de la serie policiaca creada por el escritor griego Petros Márkaris. Este investigador no es un héroe, pero dista mucho de estar envuelto en esa pátina de melancólica derrota del clásico antihéroe de novela negra: es un funcionario que lucha por llegar a final de mes, que se lleva mal con su mujer, que no cuenta con especiales lealtades entre sus compañeros de trabajo, que ama sin fisuras a una hija a la que los estudios mantienen alejada de casa. Es un hombre claro y con un humor no siempre políticamente correcto, terco y nada flexible para amoldarse a las sinuosidades de las relaciones con los poderosos. No busca el reconocimiento ni la complicidad de los que lo rodean, de igual manera que Márkaris no busca complacer a los lectores con la inclusión de esos elementos humanos y sentimentales que con tanta frecuencia adornan a los protagonistas de este tipo de novelas. En Noticias de la noche, el sentido del sugerente título se desvela pronto como literal: Jaritos debe resolver un caso de asesinato que se complica con la constante injerencia de los periodistas, en una desaforada carrera por llegar antes a la revelación de la verdad en forma de brillante reportaje para una audiencia ansiosa de saber más.

Tras este hermoso título extraído de un verso de John Keats, se abre un paisaje lleno de esplendor y melancolía. Estamos en la Riviera Francesa en los años veinte. En aquella época, el verano era temporada baja y las lujosas instalaciones de Cannes y sus alrededores adquirían con la llegada del calor la tristeza de los lugares abandonados tras un periodo de animación. Sólo por cortesía hacia un grupo de extranjeros adinerados, se abre un hotel de costa en el que se aloja una pandilla de británicos y norteamericanos que dejan pasar las horas diurnas bajo el sol y las nocturnas deambulando juntos de diversión en diversión, como niños incapaces de afrontar la vida en solitario, sin el refuerzo de los amigos. Compositores sin inspiración, médicos que no ejercen, vividores de oficio desconocido. Todos ellos desfilan frente a los ojos asombrados de la recién llegada Rosemary, una jovencita de clase media cuyo triunfo meteórico en el mundo del cine la ha hecho ingresar abruptamente en un ambiente que no entiende del todo y que por ello mismo la fascina. Amores que cambian de signo de forma inesperada, pasiones secretas, duelos al amanecer. Desde la primera página, el lector tiene la sensación de que estos personajes de vida fácil esconden una profunda tristeza tras su elegante excentricidad, y que esa suave noche que se anuncia en el título puede derivar en cualquier momento hacia simas de oscuridad absoluta.

«Ser niño es como estar en el ejército: lo que cuenta es el rango». Así vive sus casi trece años Jason Taylor, el protagonista y narrador de El bosque del cisne negro, última novela del británico David Mitchell. Y el joven Jason ocupa un lugar muy delicado en ese estricto escalafón que respetan hasta lo enfermizo sus compañeros de colegio y de juegos y los vecinos del pueblo en el que habita. No es un chico popular, ni especialmente fuerte, ágil o simpático; hasta el momento, ha logrado mantenerse en la cómoda posición intermedia de los que no suscitan la envidia ni son despreciados. Pero Jason tiene un terrible enemigo que lo ronda desde hace unos años: es ese amenazador personaje al que llama el Ahorcado, que nadie más que él conoce, y que de vez en cuando se acerca furtivamente a apretarle el cuello mientras habla y a obligarlo a tartamudear. En el ambiente cerrado y opresivo de la adolescencia, en el que ser aceptado es la única misión posible, los días de este muchacho inquieto e imaginativo se convierten en un agotador esfuerzo por ser normal. Los recursos para que su tartamudez pase inadvertida son infinitos. Jason se siente siempre al borde del abismo: un paso en falso y caerá del lado de los desfavorecidos, los que suscitan la risa y la burla, los que sufren motes humillantes. Con gracia y delicadeza, con un pulso narrativo envidiable, el novelista nos lleva de la mano y nos hace partícipes de la travesía del protagonista a través del cruel país de la infancia.

Hay libros que gustan, atrapan, entretienen, emocionan. Otros nos remueven por dentro, nos inquietan, nos enseñan algo sobre la realidad o sobre nosotros mismos. Y luego están los libros ―son los menos― en los que uno se reconoce. Como si hubiera existido un hilo directo entre la propia personalidad y el autor que los concibió de una forma que resulta misteriosamente familiar. A mí me ha sucedido con Mr. Gwyn, la última novela de Alessandro Baricco. El planteamiento de la historia es un clásico en la literatura: un personaje decide dar un giro radical a su vida. No se trata de alguien con una existencia miserable que aspira a mejorar, sino bien al contrario, un novelista que decide abandonar su carrera literaria en la cumbre del éxito. A partir de ahí, Baricco se aleja de los caminos trillados para trazar con imaginación y delicadeza una historia sobre las relaciones humanas, sobre la posibilidad de saltar las barreras que nos impiden acceder a los otros y a nosotros mismos. Este maravilloso Jasper Gwyn que decide dejar de ser novelista para crear retratos en los que, usando palabras en lugar de pinceles, capta la esencia de las personas, nos asombra con su capacidad para mirar con ojos nuevos y descubrir lo que realmente importa en la vida.
 
James Salter tenía treinta y dos años cuando decidió abandonar las fuerzas aéreas y dedicarse a la literatura. Según lo cuenta él mismo, «…todavía existía en mí una parte ya presente cuando era un colegial, que nunca había muerto realmente ―presente en mí como un germen patógeno―: la idea de ser escritor y sacar algo duradero de la larga sucesión de días». Así lo narra en su libro de memorias Quemar los días. Pero la presencia de esa actividad anterior se rastrea ya en el mismo título: las horas que componen la existencia se viven a fondo hasta quemarlas, igual que el motor de un avión cuando se alcanza una velocidad excesiva. También el estilo con el que Salter aborda la tarea de encerrar en las páginas de un libro su azarosa existencia debe mucho a su oficio de aviador. El autor sobrevuela los años con ligereza, pasa por encima de los acontecimientos y personajes, los roza apenas, tuerce el rumbo y nos conduce con presteza hacia un foco de atención distinto. Nada es lo suficientemente grave o trascendente; esa vida llena de hechos y gentes singulares es narrada sin aspavientos, como vista desde lejos por alguien cuya única misión es la de manejar con mano férrea los mandos de la maquinaria del recuerdo. 

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