lunes, 12 de agosto de 2013

TRENES EN LA NOCHE

Hace unos días, escuché por la radio un programa en el que se pasaba revista a las capitales españolas en las que no quedaba ni una sola sala de cine. Para mi asombro y desaliento, comprobé que la lista no era precisamente breve. Esta noticia, en caso de haber llegado a mí unos años atrás, me habría parecido pura ciencia ficción. ¿Ciudades de considerable tamaño, de población abundante, bien dotadas de restaurantes, lugares de ocio, atractivos turísticos, zonas comerciales… y sin uno solo de esos maravillosos templos de la imaginación, el romance y la aventura? ¿Ciudadanos bien provistos de bancos, hipermercados, tiendas de ropa y de telefonía, y privados de la posibilidad de sentarse en un mágico espacio oscuro, frente a un muro iluminado que se abre a lo posible, lo improbable, lo deseado, lo temido, lo soñado? Seguramente, me habría echado a reír ante semejante perspectiva. Claro, que también Bradbury imaginó hace más de medio siglo un futuro en el que los bomberos se dedicaban a quemar libros. Y habría mucho que discutir sobre en qué sentido no literal acertó en su previsión.

La noticia sobre las capitales de provincia huérfanas de cines disparó mi cerebro hacia la nostalgia. Me vi a mí misma muy pequeña, sentada en el suelo de un patio de butacas oscuro, con la cabeza pegada al asiento de la fila de delante, fantaseando sin parar. Mi familia en pleno había ido a ver una película y no había tenido con quién dejarme. Yo no tenía edad para seguir la trama, pero había algo en aquel ambiente solemne, en la oscuridad y el sobrecogedor sonido envolvente de las voces y la música, que me hizo comportarme con absoluta corrección; hecha la salvedad, claro está, de mi decisión de tomar asiento en el suelo. Algún plano de la película había despertado al parecer mi imaginación, y había optado por sumirme del todo en la sombra y crear mi propia historia a ras de suelo.

A partir de esa primera imagen de la niña pequeña parapetada tras la barrera de la fila de asientos, fui tirando del hilo hasta obtener un tropel de recuerdos memorables. El cine al aire libre de mis veraneos, con el ruido de los cascos de refrescos rodando entre los pies de los espectadores al ritmo de las cabalgadas de héroes y forajidos. Las proyecciones multitudinarias y ruidosas de películas de temática infantil o religiosa en el salón de actos del colegio. Las primeras películas vistas con las amigas, sin la supervisión de los padres. El rostro impresionante de aquel actor que ocupaba la pantalla entera igual que mi corazón y que, estaba claro, me sonreía precisamente a mí. La apertura de unas salas en versión original en las que universitarios melenudos y con aire intelectual nos empeñábamos una y otra vez en asistir a estrenos de cintas malinesas, afganas, iraníes. Las citas amorosas que han quedado para siempre unidas en el recuerdo a películas cuyo argumento no llegó a estar nunca claro del todo. Los incontables pañuelos de papel consumidos al compás de tramas emocionantes; las consiguientes salidas veloces de la sala una vez encendidas las luces, para ocultar los ojos enrojecidos. O aquella vez en que lloraba yo en un desenlace especialmente emotivo y noté que el desconocido sentado a mi derecha estaba haciendo lo mismo.

Precisamente mientras andaba yo sumida en este tipo de recuerdos, encontré en Internet una secuencia de una película del director francés François Truffaut que es un auténtico canto de amor al cine. La película en cuestión se titula La noche americana y cuenta la historia de un rodaje. Se trata de una obra que rezuma sentido del humor y cariño hacia la labor cinematográfica. Yo la vi siendo muy jovencita y recuerdo, entre otras cosas, un momento en que el propio Truffaut, que interpreta el papel de director, se dirige a uno de sus actores, desanimado por un revés sentimental, y le da las únicas palabras de consuelo que un hombre como él sabe dar, el consejo de buscar la felicidad en su faceta profesional: “Las películas son más armoniosas que la vida, Alphonse. No hay atascos en los films, no hay tiempos muertos. Las películas avanzan como los trenes, ¿comprendes?, como los trenes en la noche. Las gentes como tú, como yo, lo sabes bien, estamos hechas para ser felices en el trabajo... en nuestro trabajo de cine”.

Incluyo para terminar la secuencia de La noche americana a la que antes me he referido. En ella, se nos muestran los detalles de ese otro mundo tras la pantalla que nunca llegamos a conocer: los operadores encaramados en la grúa, el director modificando la posición de su protagonista, los rostros que cambian según la iluminación, el actor que recita muy solemne su papel mientras esquiva en su avance los rieles sobre los que se desliza la cámara, los gestos de complicidad entre los compañeros, los toques de claqueta, y sobre todo la presencia de la cámara, con su poderoso objetivo, como un ojo divino que domina el conjunto. Un universo armónico, plural, lleno de pequeñas piezas que se interrelacionan para que el todo funcione, para que, como dice el mismo Truffaut al comienzo de la secuencia, “el cine reine”. Y todo ello, bajo las dinámicas y majestuosas notas de la banda sonora compuesta por Georges Delerue. Un hermoso homenaje al cine de un hombre que dedicó su vida a esas películas que avanzan seguras, imparables, sin vacíos, como trenes en la noche.


No hay comentarios:

Publicar un comentario