lunes, 15 de julio de 2013

VOCES AL PASAR

Hay dos elementos del mundo natural que producen efectos similares en mí: el mar y una noche estrellada. No me estoy refiriendo a efectos psicológicos, que supongo consustanciales a la condición humana; frente a semejantes despliegues de grandeza, la propia identidad pierde importancia y los problemas se diluyen en ese ámbito vasto, apabullante, de la bóveda celeste o del oleaje. Me refiero a una consecuencia física y elemental. Bajo un firmamento plagado de luces, frente a la sucesión incesante de las olas, siento irrefrenables deseos de tumbarme en el suelo.

Uno de los recuerdos más hermosos de mi juventud está asociado a la contemplación de un cielo estrellado. Era verano, y me encontraba en compañía de unos amigos en un diminuto pueblo cercano a la costa. Apenas había habitantes, ni casas iluminadas; ningún vehículo perturbaba con sus faros la profunda oscuridad de aquella noche increíble. Como las posibilidades de ser interrumpidos o atropellados eran casi nulas, mis amigos y yo decidimos tumbarnos en el suelo a la salida del pueblo y sumirnos en una silenciosa contemplación. Había además, en aquella noche de privilegio, numerosas estrellas fugaces, con lo que nuestro ensimismamiento era interrumpido de cuando en cuando por la exclamación gozosa del que lograba ver una y llegaba a tiempo de formular un deseo. Aparte de la inútil tarea de lanzar peticiones a una vaga voluntad superior ―las mías no se han cumplido; tendría que preguntarles a los demás―, aquella noche de verano sin prisas ha tenido la función de dejar asociadas para siempre en mi cerebro la idea de perderse en la infinitud del firmamento con la de sentir bajo la espalda, bien firme, el contacto con la tierra.

En el caso del mar no es necesario, seguramente, dar tantas explicaciones. El deseo de tumbarse en su presencia y dejarse envolver por el ruido de las olas que vienen y van es un impulso atávico que nos iguala a todos. El pensamiento se diluye, los conflictos se empequeñecen. Qué supone este o aquel contratiempo frente a esa masa de agua que ―es comprensible― obligó a nuestros antepasados a inventar nombres de divinidades que justificaran su grandiosidad.

Cuando uno tiene la suerte de poder instalarse en una playa tranquila, es un maravilloso ejercicio dejar vagar el pensamiento a merced del viento y del oleaje. A mí me ha sucedido estos días atrás. Suficiente espacio vacío a mi alrededor, los ruidos de la naturaleza envolviéndome: un simulacro del paraíso. Y, de vez en cuando, las voces de paseantes que se acercan, dejan en el aire un jirón de sus conversaciones y desaparecen a lo lejos. Es muy hermoso captar, inmersos en los ruidos naturales, los hilos de esas voces que desgranan historias y sentimientos que, en el fondo, son todos lo mismo y nos igualan. Una madre preocupada por el trabajo de su hijo, un abuelo explicándole a su nieto el peligro de las medusas, unas amigas confiándose tal o cual problema con la familia política. Quejas, pesares, consejos, esperanzas, confidencias. El ser humano que pasa un instante y desaparece, y es sustituido por otro que siente lo mismo pero lo siente con una intensidad absoluta, como si esa emoción surgiera por primera vez. No he podido evitar pensar, así tumbada en contacto con la tierra, si estar muerto no será algo semejante: permanecer en un sitio y ver desfilar las pasiones humanas, ya tan alejadas, pero que retornan siempre.

Estos días atrás en la playa me he acordado mucho de un relato de Virginia Woolf titulado Kew Gardens. En él, la narradora se sitúa al nivel del suelo, en un parterre florido, surcado por un caracol concentrado en salvar los escollos que se encuentra en su lento y trabajoso deambular. Frente a ese parterre desfilan paseantes que pueblan el jardín en una calurosa jornada de verano. Los oímos departir, recordar, chismorrear, hacer planes; son los protagonistas un instante para alejarse luego y perderse en el anonimato. Intuimos tragedias personales, presentimos relaciones incipientes. Pero la autora no nos permite ahondar más: todos los personajes humanos de este drama pasan de largo y nosotros, los lectores, nos quedamos a ras de suelo con el caracol, que debe salvar el obstáculo de una hoja caída de un árbol. Es un cuento hermosísimo que habla de lo pasajero y lo inmutable, de lo mínimo y lo trascendente, que a la larga se funden en una misma cosa. Dejo a continuación el enlace para quien quiera leerlo completo y sentirse por un tiempo en contacto con la tierra, escuchando las voces que suenan al pasar:

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