jueves, 4 de julio de 2013

LOS CUADROS DE JUNIO (2013)

El siempre enigmático pintor belga René Magritte (1898-1967) realizó a comienzos de los años cincuenta una serie de tres cuadros bajo el título de El imperio de las luces. En ellos se explora el inquietante efecto de una farola encendida en medio de un paisaje sobre el que cae la noche. De las tres pinturas que componen el conjunto, esta es mi preferida y la única que se encuentra actualmente en el país natal del artista. En ella, al estudio de la iluminación y a la capacidad de sugerencia que todas comparten, se añade la presencia de la superficie de agua en la que se duplican los elementos centrales de esta escena simple y cotidiana que, sin embargo, tiene un enorme poder de sugerencia. Se trata de un perfecto ejemplo de cómo se puede producir desazón en el espectador sin utilizar ningún ingrediente extraordinario. Este cuadro de estilo preciso y realista parece extraído de un sueño o del mundo de nuestros miedos infantiles. Lo primero que llama nuestra atención al contemplarlo es, cómo no, el juego de luces y sombras: el círculo de claridad en torno a la farola, el fuerte contraste entre un cielo todavía azul y las sombras que se han aposentado a ras de suelo. Ese foco de luz solitario parece estar librando una heroica batalla, condenada de antemano al fracaso, contra las tinieblas que terminarán imponiendo su dominio. Con extraordinario pulso, el artista ha detenido para nosotros ese drama cotidiano de la derrota del día a manos de la noche. En ese mundo destinado a ser tragado por la oscuridad, la casa con dos ventanas encendidas y con ese vigía luminoso frente a la puerta se nos antoja un refugio donde estar a salvo de nuestros más ancestrales temores.

Me encanta comprobar cómo los artistas atraen hacia su época las grandes historias de siempre. Es algo que tenemos asumido en el caso de los pintores del pasado: estamos acostumbrados a que los dioses y héroes de la antigüedad luzcan trajes barrocos o adopten grandilocuentes poses románticas según el momento en que son inmortalizados, pero nos choca más ese proceso de trasposición cuando entran en juego puntos de vista más modernos. El pintor francés Maurice Denis (1870-1943) nos ha dejado esta visión actualizada y exquisita de la mitología clásica. Estas damas refinadas que leen, pasean, conversan y afilan sus instrumentos de dibujo nos parecen a primera vista compañeras de los círculos intelectuales y artísticos del pintor, y sólo se deshace el equívoco tras conocer el título del cuadro: Las Musas. Las inspiradoras y protectoras de las artes y las ciencias se encarnan así en mujeres de vestimentas y peinados contemporáneos al artista, y son plasmadas con un trazo curvo y elegante muy del gusto de finales del siglo XIX. El bosque sagrado en el que habitan estas criaturas sobrenaturales adaptadas a la perspectiva moderna es un prodigio de armonía y de sentido decorativo. Y en medio de todo ello, un enigma para el que no hallo respuesta: las tradicionales nueve componentes de este grupo divino se han convertido en diez, gracias a una misteriosa figurita que, en el fondo de la composición, nos da la espalda entre los árboles, como retándonos a descubrir su identidad.

Los retratos renacentistas que sitúan al protagonista de perfil, con el estatismo y la solemnidad de una moneda antigua, poseen para mí un encanto especial. Así sucede en este Retrato de una dama del pintor italiano, colaborador habitual de Leonardo da Vinci, Giovanni Ambrogio de Predis (1455-1508). En esta obra, Predis une a las habituales convenciones del género (el fondo neutro, la especial atención a los detalles y a la dignidad de la indumentaria) una sensibilidad exquisita en el tratamiento de la figura femenina. Esta damita de rostro aniñado y encantador posee la delicadeza de un camafeo. Sus finos rasgos están dibujados con extraordinario cuidado, los detalles de su vestimenta son un auténtico goce para el espectador sin prisas: las perlas, la redecilla del pelo, el colgante sobre el escote, la onda del cabello. Todo es armonía en este mundo poblado por los infinitos matices del ocre. El pintor ha cumplido con creces su indudable misión de dejar patentes la elegancia y la elevada posición de la retratada. Y además, nos deja el regalo de esa piel casi infantil captada en toda su frescura,  recortada sobre el fondo negro en el que su joven modelo parece flotar, detenida para siempre en el tiempo.
 
El pintor hiperrealista Yigal Ozeri (Israel, 1958) cuenta que, cuando decidió empezar a trabajar con modelos, se presentaron a su reclamo muchas profesionales con amplia experiencia, pero ninguna suscitó en él el menor interés. Casualmente, en una conversación con un desconocido, este le hizo saber que conocía a la mujer perfecta: su novia, que vivía aislada, en mitad de la naturaleza. Ella era Priscilla, que se convirtió en la primera de la larga serie de figuras femeninas tiernas o malévolas, vulnerables o inquietantes, que este autor refleja con impresionante técnica en sus cuadros. Las mujeres de Ozeri, a las que uno creería poder tocar con sólo extender los dedos, se mimetizan con el entorno natural, son llevadas por las aguas, rodeadas por ramas y raíces, empalidecen con la nieve, se doran con el sol. Son como hadas o ninfas, no siempre benéficas, que ejercen su hechizo sobre el espectador. Este cuadro, titulado Jana en el campo, nos presenta a una de sus jovencitas de aspecto más ingenuo, envuelta en el mismo viento que agita los elementos vegetales a su alrededor. Es difícil llegar más lejos en la captación exacta de lo tangible, y sin embargo, el cuadro transmite una poderosa sensación de irrealidad. La plasmación de la melena roja y de la blancura de la piel, sólo interrumpida por el pequeño tatuaje del gato sobre la espalda, son de un realismo casi fotográfico. Aun así, uno tiene la impresión de que esta muchacha en trance de mecerse como una espiga más nunca ha estado ahí, y existe tan sólo en los sueños del pintor.  

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