sábado, 22 de junio de 2013

LECTURAS DE LA PASADA PRIMAVERA (2013)

Lucas es un tipo de edad y profesión imprecisas, con una curiosa disponibilidad horaria y un amplio margen de maniobra para moverse de acá para allá. Es un individuo imprevisible, capaz de bajar en pijama a la calle con la intención de hacer una rápida incursión en la farmacia vecina y de ir luego encadenando acontecimientos inesperados que lo sitúan finalmente en una lejana parada de autobús, esperando con tan impropia indumentaria, pero con perfecta naturalidad, el medio de transporte que lo deposite de nuevo en la puerta de su casa. Es también juguetón y ciertamente gamberro: mala cosa es ir con él a un concierto y pretender que en tan refinado ambiente se calle sus impresiones más irreverentes y demoledoras. O verlo dirigir una conferencia a un auditorio erudito y lleno de fervor intelectual con el que jugará hasta hacerlo enloquecer. Con Lucas se ríe, se pasa vergüenza, se vive en perpetuo contacto con la sorpresa. Es un cronopio, más de quince años después de la publicación de Historias de cronopios y famas. Es el gran Julio Cortázar, en definitiva.

Hace ya unos cuantos años, un amigo me regaló El alienista, obra firmada por el para mí entonces desconocido novelista e historiador estadounidense Caleb Carr. Fue un grato descubrimiento: guardo un recuerdo preciso del interés que suscitó en mí la trama, de la capacidad del escritor para arrebatarme de mi puesto de lectura y arrastrarme al escenario de la acción, el lado más oscuro, furtivo y marginal del Nueva York de finales del siglo XIX. El alienista narraba las peripecias de un curioso e improvisado grupo de investigadores que afrontaba el reto de descubrir a un asesino en serie de muchachos de la vida nocturna de la ciudad, aquellos por los que el sistema establecido jamás movería un dedo. Un joven delincuente, un reportero de sucesos, una mujer policía y un psicólogo aunaban sus esfuerzos y saberes –algunos muy poco convencionales- para dar caza a tan siniestro personaje, sirviéndose de los rudimentos de una ciencia forense todavía en mantillas. Años después de aquella inmersión en los entresijos de la noche de Nueva York, llega a mis manos El ángel de la oscuridad, segunda novela protagonizada por los mismos personajes y crónica de una investigación que comienza con el secuestro de un bebé y la misteriosa reacción de uno de sus progenitores. Apenas empezada su lectura, ya tengo la misma sensación que la primera vez: ya estoy allí físicamente, recorriendo las calles en compañía del joven Stevie y la investigadora Sara Howard, en pos de un juego de pistas y ocultamientos en el que ya me he embarcado de forma irremediable.

En las temporadas en que me dedico a fondo a escribir, me cuesta mucho engancharme a la lectura. Concentrarme se convierte en una tarea con frecuencia imposible; el pensamiento se me vuela, por más que intento evitarlo, hacia mis propias historias. Avanzo con lentitud exasperante, y no es extraño verme releer un pasaje una y otra vez, sin encontrarle el sentido. De ese marasmo ha venido a sacarme esta ópera prima sorprendente, descarnada y brutal como su mismo título: Intemperie, de Jesús Carrasco. Cómo no despertarse y atender cuando un narrador alcanza cimas tan altas de economía de medios y de rotundidad. Tres personajes sin nombre, un llano torturado por la sequía y el sol y una persecución sin tregua le bastan a este hasta hace muy poco desconocido escritor para construir una estremecedora metáfora de la crueldad de la vida, pero también de la dignidad y el poder del ser humano para mantenerse en pie frente a la adversidad. Esta novela posee, entre muchas otras virtudes, el mejor párrafo final que he leído en mucho tiempo. No lo voy a reproducir aquí: hay que llegar a él tras seguir las evoluciones del niño y el cabrero protagonistas por un territorio asolado por la sed, huyendo del alguacil, un villano de proporciones míticas que les sigue los pasos. No hacerlo así sería una falta imperdonable.

Parte importante de esa historia personal e intransferible que se produce entre un libro y su lector es la manera en que el primero llegó a manos del segundo. Recomendación de un amigo, un programa de radio, una portada atractiva, puro azar. A mí me encanta recordar quién o qué fue el puente que trajo hasta mí a autores y obras desconocidas. En el caso que me ocupa, fue el sabio consejo de un librero. Se trata del dueño de una pequeña librería –pequeña de espacio, aunque en su trastienda abarrotada parece albergar el universo; tal vez a ello se deba su nombre de El Aleph-, especializada en literatura oriental. Entré en ella en busca de un regalo y pregunté por libros de poesía tradicional japonesa. Eficaz y discreto, el dueño me sacó varios para que eligiera, y trajo también un pequeño volumen de color lila que colocó frente a mis ojos, diciendo: “Este es de una autora moderna. Es precioso”. No hizo falta más. Lo abrí, leí unos versos, lo compré. Esta autora se llama Akiko Yosano y desarrolló su labor poética en las cuatro primeras décadas del siglo XX. Muy joven, irrumpió en el conservador panorama social y literario japonés con un libro sorprendente, titulado Pelo revuelto, síntesis de la poesía tradicional y del rompedor ímpetu de una autora destinada a saltar barreras en el terreno artístico y vital. Dejo como ejemplo unos versos que reflejan su palabra apasionada: “hay un mar en mi pecho / que incluso para mí es desconocido; / en una de sus rocas / se vienen a estrellar todos los barcos / y son vanas mis lágrimas”.

Resulta arriesgado recomendar los libros que tienen un fuerte componente autobiográfico, ya que gran parte de su posible atractivo para el lector reside en la identificación de este con los sentimientos y vivencias que el autor transmite. Cuando dicha identificación se produce, el resultado es un auténtico gozo, la sensación de estar conversando con una voz amiga que llega hasta nosotros saltándose las barreras del espacio o del tiempo. Para mí ha sido todo un descubrimiento –no sólo literario- el encuentro con la personalidad apasionante del escritor rumano Mircea Cărtărescu a través de su libro Por qué nos gustan las mujeres. Bajo este título juguetón e intrascendente, se oculta un repaso a las figuras femeninas que han poblado la existencia de este hombre singular, no sólo en el terreno amoroso: una muchacha apenas vista en un vagón de metro pero de recuerdo indeleble, sus compañeras de escuela, las primeras novias, su madre, misteriosos personajes femeninos que han poblado sus viajes. Estos seres de presencia fugaz o continuada en la vida de Cărtărescu son una excusa para que este despliegue sus recuerdos, sus sensaciones, su visión de las cosas, con una prosa evocadora y exquisita. Este escritor de adolescencia introvertida, lector hasta la extenuación, aficionado a coleccionar sus propios sueños y a escribir sobre ellos, fascinado por las misteriosas conexiones que tejen los hilos de nuestra realidad cotidiana, es para mí una voz atrayente e irresistible. Contarse entre sus amistades debe de ser una experiencia maravillosa. Leer sus escritos, también.
 
Todo es un juego para los protagonistas de esta novela: el baile, el ajedrez, el espionaje, el amor. La vida es un gran tablero en el que cada cual despliega sus piezas y las mueve con pericia, adelantándose a las intenciones del oponente y no siempre con limpieza. Da un poco igual si lo que se está haciendo es seguir un complicado paso de tango o planear el robo de unos documentos de extraordinario valor diplomático; cualquier situación se resuelve con habilidad y falta de escrúpulos. En este duelo que abarca varias décadas y países diferentes, se enfrentan un hombre y una mujer singulares, él un seductor que sabe usar su atractivo para capear los temporales de la supervivencia y ella una mujer rica que oculta mucho más de lo que sugiere su enigmático aspecto. Ellos protagonizarán ataques y contraataques, victorias y revanchas, llevados por las revueltas y avatares del paso de los años. La casualidad insiste en hacerlos cruzarse una y otra vez, y nunca serán capaces de mantenerse el uno al margen de la otra. Ella pertenece a la casta, nos dice el autor, de las mujeres por las que se han conquistado territorios y arrasado poblaciones a lo largo de los siglos. Él es esa clase de hombre que, cuando atraviesa un salón concurrido, siente sobre sí las miradas de odio de la mitad de los asistentes. La otra mitad son mujeres.

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