miércoles, 3 de abril de 2013

LOS CUADROS DE MARZO (2013)


El pintor italiano Giorgio Morandi (1890-1964) poseía la capacidad de otorgar trascendencia a los elementos más sencillos. A lo largo de su carrera creó innumerables obras en las que exploró con exquisitez la simplicidad de líneas de objetos cotidianos organizados en composiciones limpias, cuidadas, de suaves colores. Contemplar sus cuadros supone emprender un viaje hacia la esencia de las cosas. En esta Naturaleza muerta, seis recipientes de variadas formas se exponen plácidamente a nuestra mirada en pulcra formación, como listos para pasar revista. Nuestros ojos se recrean en el contraste entre sus diseños, el cuerpo esbelto, la base ancha, el cuello alargado, el asa, la tapadera cónica. Las gradaciones de color son tan sutiles que apenas apreciamos un salto entre uno y otro: los blancos, los verdes claros, el azul pálido, el marrón, se amalgaman hasta formar una sola impresión cromática. Los componentes de este grupo inanimado  contrastan y hacen juego, se contraponen y armonizan con extraordinaria delicadeza. A pesar de su título, a mí esta Naturaleza muerta me parece llena de vida; es como una foto de familia, en la que seis personajes diversos pero unidos por una raíz común nos observan desde el lienzo, detenidos para siempre en la inmovilidad de lo eterno.


Despertar, de la pintora francesa de origen español Eva Gonzalès (1849-1883). Todo en este cuadro es pura delicadeza: los colores suaves, la sinuosa línea del cuerpo femenino, la postura de plácido abandono de la modelo. Como me sucede a menudo con las pinturas en las que predomina el color blanco, esta obra ejerce sobre mí una poderosa atracción. En medio de la claridad que ocupa la mayor parte del lienzo, la negrura de la mata de pelo es un reclamo para nuestra mirada, una llamada de atención que nos dirige hacia ese rostro a medio camino entre el descanso y la vigilia, y que parece estar aún  perdido en la más dulce de las ensoñaciones. En este universo privado en el que nos colamos como testigos de excepción, los elementos plasmados con mayor detalle y realismo son la mesilla de noche y el jarrón con el ramo de lilas. Frente al rigor dibujístico con el que están presentes estos seres inanimados, el elemento humano del cuadro parece casi un boceto, un apunte apresurado para captar un momento breve y único, que puede esfumarse de inmediato si la mano de la artista se demora. O tal vez sea que el cuerpo de esta mujer que despierta está, igual que ocurre con su conciencia, todavía desdibujado, presa de las brumas del sueño.

Entre el siglo I a. C. y el III d. C., durante la ocupación romana, se produce en la región egipcia de El Fayum un auténtico milagro artístico. Se trata de la creación de una serie de retratos sobre tabla o tela, destinados a ubicarse encima del rostro de los cadáveres momificados. Estas piezas, conocidas habitualmente como Retratos de El Fayum, suponen un punto de confluencia de elementos de diversa procedencia: el estilo pictórico grecorromano y la ancestral costumbre autóctona de la momificación. Pero no es esta circunstancia histórica la única que los convierte en una unión de opuestos, un puente entre dos mundos. Basta con encontrarse frente a una de estas obras para tener de inmediato la impresión de estar contemplando algo extraordinario. Esos rostros de ojos grandes y pensativos, como los de este hombre joven arrebatado demasiado pronto por la muerte, albergan la serena tristeza del que no se encuentra ya a merced de las contingencias de la vida. Probablemente los artistas querían reflejar en esa suave melancolía la condición del ser humano a caballo entre dos mundos, y que observa a sus congéneres con la recién adquirida paz del más allá. Para nosotros, espectadores modernos, las miradas dulces y hermosas de estos retratados que nos contemplan con indulgencia desde la noche de los tiempos adquieren un nuevo sentido; la viveza de sus rostros, la humanidad de sus facciones, nos indican que cientos de años o un simple segundo son idénticos, a efectos de vida y de muerte.

Bajo el conciso título de Marcella, el pintor expresionista alemán Ernst Ludwig Kirchner (1880-1938) nos ha dejado varios retratos de la misma joven en distintas actitudes. Este, pintado en 1910, deslumbra en primera instancia por la intensidad de sus colores: el verde rutilante que ocupa casi todo el lienzo, el azul eléctrico que se cuela por la ventana del fondo, el tono encendido de la piel de la modelo. Se trata de un cuadro engañoso, que a primera vista produce una impresión optimista en el que lo observa. Esta joven que descansa acompañada por su gato blanco, con una indumentaria informal y casi infantil, en medio de un universo colorido, tiene sin duda que estarnos transmitiendo un mensaje alegre. Nada más lejos de la realidad. Una mirada más atenta pone en evidencia detalles reveladores: la pose hastiada de la modelo, la expresión de profunda tristeza de ese único ojo que se expone a nuestra vista, la presencia de varias botellas abandonadas en el suelo. No hay comunicación alguna entre el felino blanco que descansa hecho un ovillo sobre el sofá y su dueña, que le da casi la espalda, igual que se oculta de nuestra mirada tapándose medio rostro con la mano. Todo es soledad y descontento en esta habitación retratada por Kirchner. El verde que inunda nuestra pupila está muy lejos de ser el color de la esperanza.

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