viernes, 29 de marzo de 2013

OTROS VIAJES

Dado que circunstancias de la vida no me han permitido viajar esta Semana Santa, me voy a dar al menos el lujo de dedicar esta entrada de hoy al tema de los viajes. De unos muy concretos, de los que llevo siendo testigo –y en cierta medida participante- desde hará cosa de un mes. No se trata de viajes al uso; no se puede hablar de ellos con las amistades, esgrimiendo adminículos electrónicos repletos de imágenes de recuerdo. Pero tienen la enorme ventaja de que pueden suceder en el momento más inesperado y no requieren aparatosos equipajes ni un sólido soporte económico, aunque sí una minuciosa, precisa, demorada preparación. Ese es precisamente su encanto.

Pero vayamos por partes. Pondré en antecedentes a los lectores que no saben de mis actividades profesionales: en el instituto en el que imparto clases, me encargo de la organización de la biblioteca, y casi todos los recreos permanezco allí para atender a los alumnos que acuden a leer, sacar libros en préstamo o realizar en el último minuto las tareas que no traen hechas de casa. Es un espectáculo que, curso tras curso, me apasiona. Presencio la llegada en masa de las nuevas generaciones, que tienden a refugiarse en el espacio seguro acotado por estanterías mientras se aclimatan a la vida del instituto, que al principio debe de parecerles, qué duda cabe, un tanto hostil. La mayoría de estos jovencitos archilectores dejan de serlo al curso siguiente. Es inevitable: poco tenemos que hacer los que sólo ofrecemos letra impresa frente a la fuerza arrolladora del mundo exterior, a la vida que late y bulle en el patio abarrotado de adolescentes. Muchos de los que integran esa desbandada regresan al cabo de un par de años, urgidos por la necesidad de estudiar más en los cursos superiores. Vuelven muy cambiados, altos y desgarbados ellos, ellas convertidas ya en auténticas mujeres. Me divierte verlos desenvueltos y formales, a aquella niña que unos años atrás se ponía colorada al solicitarme un libro, a aquel chiquillo que irrumpía saludando a voces porque en su casa le habían enseñado que al entrar en una habitación tenía que solicitar permiso.

Este curso hay dos alumnas de las más jóvenes del instituto que acuden a diario a la biblioteca con el objetivo fundamental de celebrar la amistad que las une. Es una amistad de esas que sólo se ven en la infancia y la adolescencia: siempre cabeza con cabeza, hablándose en susurros, en una pura risa. Nada de lo que pase por la mente de una de ellas va a dejar de llegar de inmediato al oído de la otra. Desde que empezó el curso, han leído cómics juntas, han dibujado, han escrito a medias una novela, han sacado en préstamo libros juveniles. Y en los últimos tiempos, dedican sus recreos a preparar a dúo un viaje.

No es un viaje cualquiera. Es un larguísimo periplo que las llevará hasta los confines de Oriente y que realizarán, en su mayor parte –salvo obstáculos insalvables como mares interiores o cordilleras- por carretera. Ignoro cuál es el objetivo de tan minuciosos preparativos, si es que hay otro que la diversión que en sí mismos procuran, porque estas dos imaginativas muchachitas juegan a implicarme y a despertar mi curiosidad pero a dejarme con la incógnita. Llegan al comienzo del recreo, sacan varios atlas de la estantería, los despliegan sobre una mesa junto con una libreta llena de apuntes y una regla para medir las distancias entre poblaciones, y comienzan a deliberar. En ocasiones, la elaboración del itinerario degenera en acaloradas discusiones, cuando una defiende una ruta que a otra le parece inadecuada; con frecuencia, el descubrimiento de una ciudad rusa o china con un nombre estrafalario o malsonante las hace llorar de risa, con la cara refugiada tras el atlas. Ni que decir tiene que son todo un espectáculo, estas alumnas viajeras. De vez en cuando, una de ellas acude a mí con una duda perentoria sobre los conflictos de Oriente Medio: “Profe, ¿qué es más peligroso: atravesar Afganistán o Irak?” “Profe: ¿tú crees que si tomamos un avión para volar sobre Irak, nos pondrán una bomba?”  Otras veces, las dudas tienen un carácter meramente geográfico: se me acercan con el dedo plantado sobre un punto del mapa y discutiendo vivamente, porque una asegura que pueden atravesar ese territorio en autobús y la otra no está de acuerdo. Les informo de que lo que me señalan es el mar Caspio o la cordillera del Himalaya, y regresan a su sitio tirándose los trastos verbalmente, como un matrimonio antiguo: “¿Lo ves, lo ves?”, exclama en tono triunfal la defensora de la imposibilidad del autobús. Las dudas económicas son las que me cogen más a contrapié. El último día de clase antes de las vacaciones tuve que desencantarlas confesándoles que no podía darles idea del precio, ni siquiera aproximado, de un vuelo entre Turkmenistán y Kazajistán.

Estas niñas que viajan por el continente asiático en la media hora que dura el recreo me han prometido desvelarme en breve cuál es la finalidad de sus minuciosos preparativos. Mantener la atención de la profesora que las observa sonriente durante sus periplos imaginarios es, supongo, parte del juego. A mí, en mi reposada condición de adulta, no me importa demasiado la resolución de ese enigma. Este dúo de exploradoras que discute y charla y se ríe y vuelve a discutir de forma inagotable me ha dado ya más de lo que esperaba. Me hace viajar recreo tras recreo al lejano país de mi infancia, a la época en que mi amiga María y yo deambulábamos por el mundo en pareja, pegadas la una a la otra como dos hermanas siamesas, en perpetua confabulación, entre constantes explosiones de risa. Ese, me parece a mí, es un camino aún más largo, un viaje más inesperado, que el que conduce a tierras de Oriente.

1 comentario:

  1. Nuevo blog de viajes, ciudades con encanto a descubrir con todos nuestros sentidos.
    Pequeñas pistas de que recorrer....

    http://preparatuaventura.blogspot.com

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