viernes, 15 de marzo de 2013

DE AMOR Y DE CULPA

Mencionar El Decamerón supone sin duda traer a la mente de la mayoría la evocación de un repertorio de anécdotas picantes, un desfile de enredos amorosos y adulterios protagonizado por mujeres disipadas, maridos cornudos y clérigos astutos. La obra de Giovanni Boccaccio contiene, sin embargo –como le sucede a su hermana británica, Los cuentos de Canterbury de Chaucer- historias que se apartan del terreno de lo divertido y procaz para adentrarse decididamente en el de la tragedia. Sucede esto de forma especial en la cuarta de las jornadas, aquella en que los protagonistas, aislados por una terrible epidemia de peste en Florencia, deciden entretenerse contando relatos que tengan como centro el amor con final trágico. Uno de ellos se titula Lisabetta y su maceta de albahaca y trata con singular intensidad los temas de la pérdida del ser amado, el dolor y la culpa.

El cuento parte del clásico planteamiento del amor que se enfrenta a las barreras sociales. Lisabetta es una joven de buena cuna y Lorenzo un empleado al servicio de uno de los hermanos de ella. El sentimiento entre ama y criado se desborda y los lleva a afrontar el rechazo social con una boda secreta. La reacción de los hermanos es terrible: por medio de un engaño, llevan a su indeseado cuñado al bosque, donde lo asesinan y lo entierran. Amor imposible, final desgraciado; hasta aquí, nada especial. Pero es entonces cuando empieza la parte más interesante y singular de la historia.

Olvidar un amor que se pierde resulta imposible. Olvidar los actos malvados que uno comete, también. Eso es lo que parece querer decirnos el autor cuando hace regresar a Lorenzo en forma de aparición que atormenta los sueños de su amada y guía a esta al lugar del bosque donde está enterrado su cuerpo. Si la reacción de los hermanos fue atroz, la de la dulce e inocente Lisabetta roza –si no invade- el terreno de la perturbación mental: separa del cuerpo la cabeza de su amado Lorenzo, la entierra en una maceta donde siembra albahaca y consagra todas sus energías a atender a la planta. Los hermanos asisten preocupados al proceso de deterioro de su hermana, que no parece tener más horizonte vital que el cuidado de esa maceta de la que no se separa jamás. Cuando deciden intervenir y descubren lo que esconde la tierra bajo la planta, huyen aterrorizados para no volver nunca. No es para menos: la inofensiva albahaca ha desvelado bajo sus raíces la cabeza incorrupta del joven que cayó víctima de su maldad.

Esta historia macabra me parece un prodigio de plasmación de los estragos que la añoranza o la culpa, simbolizadas en esa cabeza que no se corrompe jamás, pueden infligir en el espíritu del que las padece. Esos recuerdos que no nos permiten seguir adelante, porque nos hacen añorar tiempos mejores o nos aplastan con la conciencia de nuestra culpa, yacen soterrados en lo más hondo de nuestra conciencia, como la cabeza de Lorenzo oculta en la oscuridad de la tierra. Aun así, están siempre con nosotros, al alcance de nuestra mano, aunque no podamos verlos. Cinco siglos después, fueron varios los artistas que se sintieron atraídos por este relato terrible y fascinante. El primero fue John Keats, que lo recreó en el poema titulado Isabella or The pot of basil. Y a continuación, vinieron los pintores prerrafaelistas, que tradujeron en imágenes distintas escenas de esta historia de amor y remordimientos. Para ellos, fue sin duda un regalo la posibilidad de reflejar el contraste entre la inocencia de los amantes y la perversidad de los hermanos, entre la juventud de Isabella y el terrible peso de su obsesión.
 
Pero si escribo hoy esta entrada es porque hace un tiempo encontré por casualidad en mis indagaciones por la red un cuadro de un pintor estadounidense de la segunda mitad del siglo XIX que me impresionó desde el primer vistazo. El cuadro en cuestión me produjo una sensación de desasosiego, a pesar –o tal vez gracias a ello- de que su contenido era para mí un enigma. Yo ignoraba entonces quién era esa muchacha ataviada con una prenda de blancura sobrenatural, que acariciaba un gigantesco recipiente de barro con expresión ausente, como de sonámbula. La misteriosa actitud del personaje, el violento claroscuro y la impactante sencillez de la composición, reducida a muchacha y maceta, que se encuadran en el lienzo como si estuvieran a punto de desbordarlo, me causaron una honda inquietud y me empujaron a indagar. El resultado de mis pesquisas es esta entrada. Os presento Isabella and the pot of basil, de John White Alexander, una de las más impactantes representaciones pictóricas que recuerdo de la locura por amor.

4 comentarios:

  1. Y este romance vale también para lo que dices de locura de amor, por decirle así. Siempre y cuando, claro, nos demos cuenta que la gracia que tienen las dos historias es que delatan que es el amor que nos meten a todas desde pequeñillas. La sagrada pareja no hay quien se meta con ella: ya podemos ser gays, lesbianas o lo que sea, pero en pareja. Es la locura misma y la negación de cualquier amor... no previsto ¿hay otro?

    Albana de quince abriles,
    Albana desventurada:
    al primer baile que ha ido,
    ha salido enamorada,
    laila laila.

    El primer hombre que el talle
    le ha cogido con sus manos,
    de él se ha quedado prendada,
    y ya no puede olvidarlo,
    lailo lo.

    Día a día palidece,
    noche a noche va llorando;
    ni sabe lo que le pasa
    ni a nadie puede contarlo,
    láralo laro.

    Al fin, su madre la Irina,
    por sonsacarla, le dice:
    «¿Oyes, hija, cómo aúllan
    esta noche los mastines?»,
    lírele lire.

    «No son los mastines, madre,
    que es el maestre Felibre,
    que me ronda suspirando,
    y yo me muero de oírle»,
    lírele lire.

    «Si es el mestre Felibre,
    no es nadie para rondarte.»
    «Solo a él puedo quererle:
    solo a él le quiero, madre»,
    lárale lare.

    «Si solo a él puedes quererle,
    yo mandaré que le maten.»
    «No le mande matar, madre,
    que a mí la muerte me trae»,
    lárale lare.

    Esbirros manda la Irina
    a la busca del maestre,
    lo sigan por las callejas,
    por las esquinas lo acechen,
    lérele lere.

    Lo han encontrado en el huerto
    del Potentado, y le meten
    diecisiete puñaladas,
    que la menor es de muerte,
    lérele lere.

    Al huerto ha bajado Albana,
    y halla a su amor ya finado.
    A peso en brazos lo toma,
    lo esconde entre los naranjos,
    láralo laro.

    Siete años lo tuvo muerto
    bajo cueva de rosales,
    lo lavaba y lo peinaba
    como para ir a la calle,
    lárale lare.

    Y le lavaba la boca
    con agua linda de azahares,
    para que no oliera a muerto
    cuando ella fuera a besarle,
    lárale lare.

    Cada domingo del año
    la camisa le mudaba,
    al ir a mudarlo un día,
    Domingo grande de Páscua,
    lárale lara,

    ha notado entra las manos
    que se le descoyuntaba.
    «¡Ay mi amor, que se me ha muerto!,
    ¡Ay mi amor, que se me acaba!
    lárale lara.

    ¿A quién contaré mi mal?
    ¿A quién diré que me ayude?
    No querrán padre ni madre
    que el caso se les denuncie,
    lúrele lure,

    y yo, ya para enterrarlo,
    no tengo fuerzas ni luces.
    Pediré a mi tío el monje
    que en secreto lo sepulte,
    lúrele lure.

    Tío, si por caridad
    quiere enterrarme este muerto:
    me lo mataron y ahora
    ya no quiere estarse entero»,
    lérelo lero.

    «Te lo enterraré con gusto,
    sólo que me des un beso.»
    «Un beso que yo le diera,
    le sabrá a podre el aliento»,
    lérelo lero.

    Ya lo bajan a la fosa,
    «Adiós, amor. Adiós, vida.
    Vendré a tu lado a cuidarte
    antes de los cinco días»,
    lírali lira.

    Pasa un día, pasan dos,
    Albana se amortecía.
    Pasan tres, pasan cuatro,
    el alma se le moría,
    lírali lira.

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    1. ¡Cómo me gusta! No conocía este romance: muchas gracias por traerlo a este espacio. No he podido evitar la tentación de husmear por la red, y he visto que aparece recogido por Agustín García Calvo en su libro "Ramo de Romances y Baladas". Ya el simple título es una preciosidad: "Romance del muerto bienamado". Qué hermosa palabra (que, por cierto, el diccionario de la RAE no registra), esta de "bienamado".

      Lo que dices del concepto de pareja que se nos mete desde la infancia como única opción posible es verdad. Luego ya se encarga la vida de demostrarnos la existencia de otros amores no previstos. Aunque, claro está, traigan aparejada una buena dosis de sufrimiento y de tribulaciones. Pero en eso consiste estar vivo, ¿no crees?

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  2. Contesto yo, por ejemplo. No sé en que consiste estar vivo, ni el sentido que tiene decir que estamos vivos si no hemos estado muertos. Supongo que el sentido más o menos honrado cuando lo decimos sería que mi vida la puedo contraponer no a mi muerte muerte real (y falsa, porque nunca está aquí, porque es siempre-futura), sino a algo que está ahora mismo como intentando vencernos o someternos, intentando impedir, intentando quitarnos el hilo de lo que ya nos pasa. Quiero decir, por ejemplo, que ahora la delicia en la que andamos nos la venga a quitar un despertador en nombre de mi Futuro (eso sería lo que está impidendo vivir, o sea, la muerte que ahora se nos impone; o que se nos intenta imponer, porque no está dicho que no nos rebelemos en contra); que ahora no hablemos, porque no conviene (en nombre de mi Futuro); que ahora no besemos, porque no puede ser para mi Futuro; que ahora no te acerques al que ya tienes al lado, ¿en nombre de qué está tan prohibido hasta mirarnos?, etc. La muerte que se siente sería ésa: la que viene a decirnos "ahora no, hijo mío, ahora no. Es por tu bien. Ya vivirás en el Futuro". Y entonces lo vivo sería pues, en primer lugar y desde luego, lo que se opone a esa promesa, porque no se la cree. Pero no sólo eso; sino lo que ya también está/estaba sientiendo ahora cualquier cosa más o menos buena y que, precisamente por eso, puede saltar en contra de lo que viene a decir que no, que no hay dejarse ahora vivir.

    No sé. Así contadas las cosas, me parece que ya a tu último párrafo se le pone alguna pega. O, al menos, una advertencia: sí, estar vivo, ¿quién puede negar que trae de sufrir? (buena ocasión para decir entonces también claramente que el rollo que venden de "Felicidad", es eso, sospechosísimo), pero que no sirva eso para que nos confudamos, y que nos puedan hacer creer que todas las mentiras sangrantes que nos meten a fuego (que nos costituyen, más bien) tienen razón de ser. O sea, que pueden quedar justificadas porque en eso consistiría estar vivo: no. Algo es mentira justamente porque no hay por qué para ello (si no, sería verdad). Y sin ellas, qué goce de vida!

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    1. Tienes razón en que se le pueden poner pegas al último párrafo de mi comentario: yo misma empecé a ponérselas, apenas lo publiqué en el blog. Eso de que sufrir es el precio obligado a cambio de estar vivo es, supongo, el consuelo fácil que nos viene a la cabeza cuando las cosas vienen mal dadas. Y no todas las causas de infelicidad con las que topamos continuamente son inherentes a la vida. Algunas nos las imponen, o nos las dejamos imponer, que viene a ser lo mismo.

      Me gustan mucho tus reflexiones sobre esos motivos de disfrute presentes sacrificados en aras de un Futuro solemne, trascendental, escrito con mayúscula. Me recuerdan a una frase preciosa de "Así que pasen cinco años", de Federico García Lorca, en la que un personaje dice: "De pequeña, yo guardaba los dulces para comerlos después". A lo mejor, deberíamos aprender a saborear en el momento esos dulces que nos presenta la vida, a no aplazar su disfrute para un hipotético futuro en el que, tal vez, su sabor no nos sea ya tan grato.

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