sábado, 2 de febrero de 2013

LOS CUADROS DE ENERO (2013)


Con indudable influencia de los pintores simbolistas, la artista contemporánea argentina Sol Halabi crea escenas oscuras, difusas, inquietantes, en las que figuras casi siempre infantiles o femeninas se desenvuelven en un mundo a medio camino entre la vigilia y los sueños. En este Sueño de Gustave, el personaje envuelto sobre sí mismo en posición fetal clava sus ojos en nosotros y parece invitarnos a bucear en nuestro yo más oculto, en el pasado remoto, en las pulsiones íntimas que no siempre sabemos reconocer. El azul intenso y acariciador del fondo nos remite al cielo nocturno o quizá a las profundidades marinas; en definitiva, a un ámbito solitario y silencioso, en el que el protagonista de la escena parece estar suspendido o flotar con placidez extraordinaria. La autora se confiesa enormemente interesada por lo que Jung escribió sobre el poder del inconsciente y cómo este rebasa las barreras de lo individual y nos une al resto de los seres humanos. A ese Gustave está tal vez dedicado el título de la obra, aunque cabría leer entre líneas un homenaje a otro personaje de idéntico nombre, el maestro Gustave Klimt.


El más francés de los pintores orientales, el japonés Léonard Foujita (1886-1968), se instaló de joven en Montparnasse y nos legó emblemáticas imágenes de la vida parisina de principios del XX, como este lienzo que responde al conciso título de Café. Este cuadro es un hermoso punto de encuentro entre la cultura original de Foujita y su contacto con Europa. La meticulosidad en el trazado de las siluetas y la exquisitez en la representación de los detalles le deben mucho al grabado japonés. El tintero, la carta abierta y llena de borrones, la superficie de mármol de la mesa, cobran una relevancia extraordinaria de la mano de este artista meticuloso. La ambientación y los tipos humanos nos remiten a la metrópoli europea en la que se estaba gestando en ese momento la renovación del arte. Esta mujer que simultáneamente nos mira y parece abstraída en sus meditaciones tiene mucho de heroína de Toulouse-Lautrec, pero también de la pálida delicadeza de las modelos femeninas del arte nipón. Y no es gratuita la alusión al gran Lautrec: él también se dejó seducir por los cánones pictóricos venidos del este. Oriente y occidente se cruzan una y otra vez, juegan a imitarse y a darse la mano, entre las cuatro paredes de este Café de Foujita.


La primera visión del grabado Sombras nocturnas realizado en 1921 por el pintor estadounidense Edward Hopper nos remite de inmediato al mundo del cine. La calle vacía, el hombre solitario, la monstruosa sombra de la farola que se cierne sobre el edificio, le dan inmediatamente al espectador la impresión de encontrarse frente a un fotograma de una película de género negro. Uno desearía quedarse a saber la continuación de la historia, lo que le aguarda al paseante nocturno al dar la vuelta a esa esquina amenazadora. A mí lo que me atrae irremisiblemente de esta obra desde que la vi por primera vez es la perspectiva que adoptamos gracias al artista: ese punto de vista elevado, por encima de las contingencias humanas, como si el destino del único actor de la escena estuviera en nuestras manos. Como narradores que tienen el poder de decidir lo que le depararán al protagonista los segundos inmediatos. De hecho, lo primero que se me vino a la cabeza es que sería una preciosa ilustración de cubierta para la Trilogía de Nueva York de Paul Auster. Lo es, de hecho, en una edición ilusoria que existe sólo –de momento- en mi cabeza.

He de confesar que cuando más me gusta Salvador Dalí es cuando menos se parece a la imagen habitual que de él tenemos. En 1922, con apenas dieciocho años, este artista precoz empieza a tantear el Cubismo, movimiento al que de momento sólo tiene acceso a través de artículos y catálogos, y pinta cuadros como este precioso –ya desde el título- Los primeros días de primavera. Es una obra que me fascina por su libre organización del espacio, sus delicados colores, la gracia infantil de sus trazos. El pintor parece pasar revista a todo lo que le hace feliz con la llegada del buen tiempo y va abriendo espacios ilusorios en la realidad, como nichos en los que expone a nuestra vista todo lo que hay de hermoso en la estación recién estrenada: los niños jugando en el patio del colegio, las madres llevando a los pequeñines de la mano, los perros correteando, los enamorados contemplando el horizonte, las mujeres asomadas a la ventana, las bandadas de pájaros surcando el cielo, los tiestos llenos de flores, la ropa tendida al sol. Dos detalles paralelos que sirven de contrapunto a esa explosión de libertad: el pajarillo encerrado en su jaula y los muchachos atribulados sobre su mesa de estudio, en el rincón más sombrío del cuadro. Tal vez recuerdos agridulces de la cercana niñez del autor.

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