sábado, 23 de febrero de 2013

LA MIRADA DEL OTRO


Hace unos días terminé de leer Siempre hemos vivido en el castillo, de la autora estadounidense, para mí hasta ese momento desconocida, Shirley Jackson. Se trata de una novela que consigue sumergir al lector en un mundo aparte, el de la narradora-protagonista, la joven de buena familia Mary Katherine Blackwood (Merricat, para los más cercanos), que cuenta su día a día como en realidad lo hacemos todos ante nosotros mismos y los demás: percibiendo el mundo desde una perspectiva sesgada, revelando sólo lo que le interesa, buscando la justificación de sus actos. Lo que tiene de especial esta historia es que la perspectiva adoptada es la de un ser con una psicología realmente peculiar, con lo que este viaje hacia la vida cotidiana de una familia acomodada de la América rural se convierte en una alucinante incursión en los dominios de la locura, la soledad y la muerte.

El gran acierto de esta novela, en mi opinión, es la decisión de la autora de mantener al lector en el terreno de las medias tintas y la incertidumbre. No es sólo que no sepamos a ciencia cierta el misterio que se oculta tras los muros de la mansión de los Blackwood; es que el comportamiento de los personajes que viven en ella en el momento en que la acción comienza –Merricat, su hermana Constance y el tío de ambas, el anciano inválido y lunático Julian- se aleja por completo de lo que dictan la costumbre y el sentido común. El lector asiste estupefacto a sus reacciones frente a los acontecimientos, que son diametralmente opuestas a las consideradas “normales”. Y es que, ¿dónde está la normalidad? Esta familia en decadencia, que ha perdido a la mayor parte de sus miembros en circunstancias trágicas que el lector tarda en descubrir, es odiada por sus convecinos y está marcada por el estigma de la anormalidad. La novela se convierte así en una impactante reflexión sobre el aislamiento.

En relación con ello, hay un pasaje enormemente revelador y que me ha impresionado mucho. Las dos jóvenes protagonistas se han quedado solas y han perdido gran parte de su casa en un voraz incendio. Por fortuna para ellas, la zona menos dañada es la cocina, donde transcurre en gran medida su vida doméstica. Allí se atrincheran ambas, y, tras hacer limpieza y selección de los objetos aún servibles –es conmovedor ver cómo estas dos niñas ricas se emocionan ante la perspectiva de disponer de dos tazas de desayuno con asas-, comienzan una nueva existencia, cerrada por completo a todo lo que no sea su claustrofóbica relación a dúo. El horror hacia sus convecinos, responsables en buena medida del desastre que ha destruido la mansión familiar, las lleva a cortar todo contacto con lo que sucede fuera del ámbito confortable de su cocina. En una escena estremecedora, la joven Merricat se sirve de unos cartones para tapar las zonas acristaladas de la puerta, única vía de contacto con el mundo exterior. Cuando oyen pasos en el jardín o el ruido de un coche, las dos hermanas se sientan en el suelo y espían a través de una rendija, hasta que comprueban que los intrusos se han vuelto a marchar y ellas pueden retomar, aliviadas, su vida de total aislamiento.

La novela de Shirley Jackson, entre otras muchas cosas, me ha hecho reflexionar sobre un tema que ocupa con cierta frecuencia mi mente en los últimos tiempos: la creciente obsesión, que parece afectar a personas de todas las edades, por desplegar frente a los demás la propia vida e intimidad; la necesidad de reforzar la imagen que uno tiene de sí mismo a partir de lo que nos indica la mirada del otro. Con muchos años de retraso con respecto a la media, he abierto recientemente una cuenta en Facebook para comunicarme con un grupo de personas con las que comparto una actividad lúdica que llena bastantes horas de mi tiempo libre. La cuenta en cuestión está abierta con nombre supuesto, y sólo la utilizo para entrar en contacto con estas personas, que con frecuencia me tienen que transmitir información sobre horarios y demás cuestiones prácticas. A pesar de que la uso lo justo, me ha brindado la oportunidad de asomarme a las cuentas de mis conocidos y a partir de ahí de otras personas cuya existencia tiene una relación cada vez más escasa con la mía, como un gigantesco árbol cuyas ramificaciones se bifurcan una y otra vez. Y lo que he visto me ha dejado sorprendida.

Personas citadas con nombre y apellidos que dan cuenta de su actual estado sentimental y de sus fechas más significativas. Imágenes de viajes, de reuniones familiares, de festejos con los amigos. Vistas de salones y dormitorios. Fotos de niños, de mascotas, de los titulares de la cuenta luciendo maquillaje nuevo o torso o modelo seductor. Y de inmediato, el coro de comentarios de los conocidos, pletórico de signos de exclamación. La palabra más utilizada, por amplia mayoría, es el adjetivo calificativo guapo/a. En ocasiones cuesta reconocerlo, por la extendida costumbre de multiplicar la vocal final hasta el infinito. He de reconocer que es un espectáculo que me fascina y que me invita a la reflexión. Qué puede llevar a un ser humano a ese afán de exhibición de la propia vida frente a propios y a extraños. En seguida me vuelve el pensamiento hacia la inquietante heroína de la novela de Jackson, cubriendo con cartones cualquier resquicio de la puerta por el que pudieran colarse ojos ajenos. Hacia la niña que fui, que solía cobijarse a la menor ocasión debajo de una mesa, para leer sin ser molestada.

Pero no. Es fácil caer en el error de pensar que son posturas contrapuestas. Reviso mentalmente las imágenes contempladas en ese muestrario de la intimidad que pretende ser Facebook y descubro la falacia. Ahí sólo hay sonrisas, fotos tomadas desde el mejor ángulo, caras de felicidad, mascotas encantadoras que no rompen nada ni huelen mal, niños adorables que no dan disgustos, amigos que alaban tu belleza y tu encanto personal. Dónde están las inseguridades de cada cual, el miedo, las tristezas, los problemas de cada día. Dónde el dolor y la pérdida. A juzgar por ese brillante y colorido muestrario de existencias, todo el mundo es feliz y vive en la mejor de las compañías. Nadie se siente solo ni frustrado. Nadie piensa que ha perdido la partida de vivir. En esta desmedida carrera por exhibir más que los demás, estamos en realidad poniendo barreras frente a la mirada del otro, como la joven Merricat, encerrada en su cocina, tapando hasta el último resquicio de comunicación con el jardín circundante.

2 comentarios:

  1. He vuelto en busca de literatura y he disfrutado paseando nuevamente por tu blog. Saludos. E.

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    1. Ay, esta costumbre de las iniciales que sirve para sembrar la duda (o alimentar la imaginación). Si eres quien creo que eres, bienvenido de nuevo. Me alegro mucho de volver a saberte en este espacio. Y si no lo eres, bienvenido también.

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