jueves, 14 de febrero de 2013

DE NUEVO YEATS

Cuando empecé a dar clases, hace ya mucho más tiempo de lo que me gustaría, trabajé durante un par de años en varias academias como profesora de español para extranjeros. Entre todos los alumnos a los que tuve oportunidad de conocer –y los hubo de muy variadas condiciones y nacionalidades-, recuerdo especialmente a un grupo de militares de países de la OTAN que estaban destinados en Madrid y a los que debo una de las más gratificantes experiencias de mi carrera docente. Aquellos hombres cultos, atentos y divertidos se encargaron de dinamitar todos los prejuicios con los que atravesé el primer día las duras medidas de seguridad de las instalaciones del ejército donde se impartían las clases.

El último día de curso, cada uno de los miembros de aquel singular grupo me hizo un regalo que tenía relación con alguno de los múltiples temas que habíamos tratado en nuestras conversaciones. El militar británico me regaló una antología bilingüe del poeta irlandés William Butler Yeats. Se trataba de un autor al que yo no había leído aún por aquella época. Mi reciente licenciatura en Filología Hispánica me había brindado un relativo conocimiento de las letras escritas en español de uno y otro lado del océano, y una total ignorancia del resto de las literaturas. No sabía, por lo tanto, que aquel hombre pulcro y educado, cuyos rasgos se me representan con claridad a pesar de los años transcurridos, me estaba abriendo con su regalo la puerta de uno de los universos poéticos que más me emocionarían en el futuro.

Desde aquel lejano regalo que por supuesto aún conservo (y en cuya primera página figura una dedicatoria con el delicioso error de modo verbal propio de un estudiante de español: “espero que te gusta”), las palabras de Yeats me han asaltado una y otra vez por vías diversas. Canciones, citas en obras ajenas, recitado de sus versos en películas. De hecho, ya he traído su figura a este blog en alguna otra ocasión. Hoy quiero hacerlo a través de un precioso poema de amor y de su presencia en una película por la que siento especial cariño. Y sí, lo confieso: la elección de la fecha no es casual. Aunque San Valentín me resulta una fiesta más bien antipática, como todas aquellas que huelen al dictado de los grandes almacenes, empeñados en indicarnos cuándo debemos regalar-reunirnos en familia-comer hasta reventarnos-demostrar nuestro amor, esta mañana al entrar en una de las clases de los más jóvenes del instituto, se palpaba el nerviosismo en el aire y varias de las niñas me han deseado a gritos que pase un feliz San Valentín. Nunca me había sucedido: me han lanzado su felicitación con la misma alegría con que normalmente se despiden de mí antes de Navidad o me saludan en el año nuevo. En atención a ese entusiasmo juvenil, que me resulta, no hay ni que decirlo, mucho más simpático que todos los reclamos comerciales de las grandes superficies, escribo precisamente hoy esta entrada.

El poema en cuestión se titulaba originalmente Aedh Wishes For The Cloths Of Heaven, aunque de forma habitual se sustituye el nombre del personaje que habla en él (Aedh, uno de los arquetipos del universo poético de Yeats, encarnación del amor desgraciado) por un genérico pronombre de tercera persona. Se trata de la más breve, sencilla y conmovedora declaración de amor que he leído jamás. Es un placer añadido oírla en la voz del gran Anthony Hopkins, que la recita en una escena de la adaptación cinematográfica de 84 Charing Cross Road, que incluyo a continuación. El que necesite leer los versos traducidos al español puede hacerlo al final de esta entrada. Confieso que en ellos me he tomado alguna libertad, que espero que se me perdone: puedo asegurar que ha sido fruto del entusiasmo. El mismo entusiasmo, en el fondo, con que hoy mis jóvenes alumnas me han deseado feliz Día de San Valentín.


ÉL DESEA LOS MANTOS DEL CIELO
(William Butler Yeats, 1899)
Si yo fuera el dueño de los mantos del cielo,
Bordados con luz dorada y plateada,
Los azules y los tenues y los oscuros mantos
De la sombra y la luz y la penumbra,
Tendería esos mantos bajo tus pies:
Pero, al ser pobre, sólo tengo mis sueños.
He tendido mis sueños bajo tus pies;
Pisa suavemente, porque pisas mis sueños.

4 comentarios:

  1. Es un poema maravilloso. Ultimamente siento que todo lo que se me ocurre al leer estas páginas es triste y casi sórdido. Y me cuesta derramar mis pensamientos en un lugar tan cuidado, con tantas promesas y sensaciones de paz, estabilidad y esperanza. En fin, pisemos suavemente, no pisoteemos los sueños. L.

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    1. Los sentimientos de ira y tristeza son más habituales de lo que nos gustaría en estos tiempos difíciles, además de perfectamente comprensibles. Te aseguro que serás siempre bienvenida en este espacio, aunque sea para volcar pensamientos tan negros. En cualquier caso, para eso están palabras como las de Yeats, para consolarnos cuando la realidad se vuelve tan fea que solo queda el refugio de esa otra realidad que habita en nuestra imaginación.

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  2. realmente es reconfortante sumergirse en el placer de la literatura, que muchas veces puede darnos una "ayudita" en el día a día levantandonos el ánimo y muchas veces aportándonos fuerzas. En el caso de este autor me llama la atención la sutileza que expresa en sus versos al igual que le agradezco la publicación de este poema que aporta entretenimiento a un joven lector.
    Y.E

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    1. Me alegra mucho haber servido de puente entre las maravillosas palabras de Yeats y un lector que empieza a acercarse a la literatura. Al fin y al cabo, los jóvenes lectores son una de las facetas de mi vida a las que dedico más energía. Me alegra también saber que este blog cuenta con un nuevo lector. Bienvenido.

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