martes, 1 de enero de 2013

PRIMEROS PLANOS (I)

Cuando me propuse crear esta sección de primeros planos de cine, este fue el que inmediatamente acudió a mi cabeza. Hace ya varias décadas que lo contemplé por primera vez y no he podido olvidarlo. En el año 1980, el director estadounidense David Lynch saltó a la fama con El hombre elefante, recreación de la historia de un personaje real afectado por una terrible deformidad. Esta es la escena en que el espectador puede ver por primera vez al personaje que da nombre a la película. Y no cabe una presentación más trágica: entramos en contacto con él en el momento en que está siendo exhibido como una atracción de feria. Con extraordinario tacto, Lynch lo expone apenas a nuestra vista y en seguida se centra en la impresión que el espectáculo causa en un médico que ha acudido guiado por el interés científico, papel interpretado por Anthony Hopkins. Es un primer plano impresionante. El espanto y la compasión frente a la desgracia ajena se reflejan en los ojos del gran actor con inigualable intensidad. La banda sonora y la preciosa fotografía en blanco y negro hacen el resto. Con gran instinto cinematográfico, Lynch comprende que es mucho más eficaz sugerir que mostrar.


En al año 1956, Juan Antonio Bardem transformó una obra cómica de Carlos Arniches en esa rara joya de nuestra cinematografía titulada Calle Mayor. No queda ni rastro en ella del humor farsesco de la comedia original. La película cuenta con contenida emoción la historia de Isabel, una señorita provinciana a la que se le va pasando la edad de encontrar novio, y que cree que el amor ha irrumpido en su vida cuando un galán de casino finge enamorarse de ella para regocijo de sus compañeros habituales de juerga. Con permiso del gran Buñuel, a mí es la película española de todos los tiempos que más me gusta. Estos son sus veinte segundos finales: tras conocer la cruel burla de la que ha sido objeto, Isabel (encarnada por la maravillosa actriz estadounidense Betsy Blair) mira llover desde la ventana de su dormitorio, donde aún está preparado el traje de novia para la boda que nunca se celebrará. En un estremecedor primer plano final, vemos su rostro desde el otro lado del cristal mientras el repicar de las campanas se superpone al ruido de la lluvia. La palabra FIN adquiere una contundencia y un valor mucho más intensos que el de servir de mero punto y final para la historia: no hay escapatoria posible para este personaje entrañable prisionero tras el cristal y tras las convenciones de su época. No cabe transmitir más con mayor economía de medios.


A comienzos de la década de los ochenta, Ridley Scott le da una vuelta de tuerca al cine de ciencia-ficción y crea esa impresionante reflexión sobre el sentido de la vida humana titulada Blade Runner. Entre muchos otros valores, la cinta contiene probablemente el monólogo más célebre del cine de las últimas décadas. Lo pronuncia el actor alemán Rutger Hauer en su papel del replicante Roy Batty, un androide que ha encabezado la rebelión de sus congéneres contra sus creadores humanos y que, llegado el momento, muere porque su final está programado frente a los ojos del policía que lo persigue, encarnado por Harrison Ford. En una impactante sucesión de primeros planos, vemos los rostros de los dos actores bajo la lluvia y oímos las palabras finales del replicante: “Yo he visto cosas que vosotros los humanos no creeríais: Naves de combate en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Y después, por supuesto, el plano de la paloma blanca que se escapa hacia un cielo nocturno y amenazador. Sobran las palabras.


El milagro de Ana Sullivan es el título español de The miracle worker, adaptación cinematográfica de la obra de teatro homónima basada en la autobiografía de Helen Keller. Arthur Penn, que ya había dirigido la producción teatral, la llevó al cine en 1962, conservando a las dos actrices que la habían protagonizado sobre las tablas. El tema es emotivo e impactante: la relación entre una niña sorda y ciega de nacimiento y la mujer que la enseñó a comunicarse y la abrió al mundo del conocimiento y de la interacción con sus semejantes. Esta historia de superación de límites aparentemente imposibles cuenta con dos interpretaciones extraordinarias, la de la siempre intensa y eficaz Anne Bancroft y la de la jovencísima Patty Duke. Aquí las tenemos a ambas, en un precioso primer plano que es quizá el momento más emocionante de la película: la pequeña Helen acaba de comprender la relación entre los objetos y seres del mundo real y los gestos con que Ana los nombra, y le pide a esta que la enseñe a formar con sus manos la palabra “maestra”. No se me ocurre una mayor recompensa para alguien dedicado en cuerpo y alma a la tarea de educar.


2 comentarios:

  1. Ver estas escenas, seguidas, me angustia. Son días raros. Por un lado la situación de cercanía con los más próximos y en la recámara el pensamiento de todos los que en estas fechas sufren y se enfrentan a situaciones extremas de dificultad. Enfrentarse al desprecio de los demás, a la burla, a la carencia de lo imprescindible y, por último, a la muerte. Desesperanza. Espero que seamos capaces de encontrar una salida entre todos. L.

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    1. No lo había visto así, pero tienes razón: han coincidido en esta entrada cuatro escenas que presentan desoladoras situaciones de desamparo, soledad y muerte. Pero yo prefiero mirarlo de otra forma. Me pasma la sensibilidad de ciertos artistas para abordar el sufrimiento del ser humano y crear obras con las cuales muchos podemos sentirnos comprendidos y un poco menos solos frente a esas situaciones terribles. Encontrar una salida para la realidad no sé si es posible. Buscar el consuelo del arte siempre está a nuestro alcance.

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