viernes, 28 de diciembre de 2012

UN RECUERDO NAVIDEÑO

La más tierna y emocionante historia de Navidad que conozco la escribió un caballero estrafalario, brillante y perfeccionista hasta el extremo llamado Truman Capote, y lleva el título de Un recuerdo navideño. En la antología Cuentos inolvidables según Julio Cortázar, que recoge los diez relatos que más fascinaron al autor argentino, esta breve obra de Capote se codea con otras de maestros de la narración corta como Borges o Edgar Allan Poe.

Un recuerdo navideño es la evocación por parte del narrador de las Navidades de su infancia, aquellas que compartió con una prima lejana. Desde el primer párrafo del relato, el lector se ve catapultado a aquella Navidad del recuerdo: él es un niño de siete años; ella, una mujer de sesenta y tantos. Viven en una casa que se nos antoja enorme y llena de parientes, cuya identidad no se precisa; son, simplemente, esos seres adultos y fastidiosos que intervienen de vez en cuando para reñir y poner en orden las cuestiones prácticas que la pareja protagonista, en su estrecha relación, pasa por alto. Porque estos personajes dispares están unidos por una intensísima amistad que se materializa en una serie de ritos personales, absurdos, deliciosos, que se repiten cada año por Navidad.

Me referiré solo al primero de estos ritos. El niño y su prima, cuyos nombres no se precisan (ella aparece siempre nombrada con la preciosa denominación de “mi amiga”; a él, su prima lo llama Buddy, en honor de un antiguo amigo) se pasan un año completo ahorrando para afrontar la elaboración de un elevado número de tartas que luego harán llegar a sus seres más queridos. Asistimos regocijados a las evoluciones del pequeño y la mujer madura, igualmente ilusionados, para procurarse los ingredientes necesarios, y a la posterior y extenuante labor de repostería. Lo mejor llega cuando nos enteramos de a quiénes serán enviados los dulces realizados con tanto cariño. A esas alturas del relato, el lector ya sospecha que los destinatarios no serán los abuelos, padres ni hermanos, ni los vecinos o compañeros de clase. De estos personajes locos se espera algo mucho más insensato y encantador. Así lo explica Truman Capote:

“¿Para quién son?

Para nuestros amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: de hecho, la mayor parte las hemos hecho para personas con las que quizás sólo hemos hablado una vez, o ninguna. Gente de la que nos hemos encaprichado. Como el presidente Roosevelt. Como el reverendo J. C. Lucey y señora, misioneros baptistas en Borneo, que el pasado invierno dieron unas conferencias en el pueblo. O el pequeño afilador que pasa por aquí dos veces al año. O Abner Packer, el conductor del autobús de las seis que, cuando llega de Mobile, nos saluda con la mano cada día al pasar delante de casa envuelto en un torbellino de polvo. O los Wiston, una joven pareja californiana cuyo automóvil se averió una tarde ante nuestro portal, y que pasó una agradable hora charlando con nosotros (el joven Wiston nos sacó una foto, la única que nos han sacado en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga siente timidez ante todo el mundo, excepto los desconocidos, que esos desconocidos, y otras personas a quienes apenas hemos tratado, son para nosotros nuestros más auténticos amigos? Creo que sí. Además, los cuadernos en donde conservamos las notas de agradecimiento con membrete de la Casa Blanca, las ocasionales comunicaciones que nos llegan de California y Borneo, las postales de un centavo firmadas por el afilador, hacen que nos sintamos relacionados con unos mundos rebosantes de acontecimientos, situados muy lejos de la cocina y de su precaria vista de un cielo recortado”.

Un recuerdo navideño es, en definitiva, un canto a la comprensión entre seres desiguales, a la chispa de afecto y solidaridad que se produce entre personas cuyos destinos se cruzan apenas pero que se marcan mutuamente de una forma indeleble. Esto es algo que, probablemente, hacía latir de forma especial el corazón del niño solitario y carente del afecto de sus padres que latía bajo la máscara provocadora de Truman Capote. Rectifico, en fin, mi párrafo inicial: este cuento es la más tierna y emocionante historia de amistad que conozco.

4 comentarios:

  1. Que cuento tan bonito. Me hace relacionarlo con situaciones cotidianas que me resultan muy agradables: el saludo del portero de la finca de enfrente con el que lo único que comparto es esto cada mañana, la sonrisa de cualquiera con el que te cruzas en la acera y los dos dudais cediendo el paso una y otra vez eludiendo chocar, y cualquier situación que me hace sentir que las personas que me rodean tienen un lado amable y, a veces, lo muestran. L.
    Y ahora a pelearme coneste chino que has metido en lllel blog para que me cueste publicar mis comentarios. Un abrazo. Estoy releyendo tus libros y redescubriendo cuánto me gustan.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo que cuentas de esas personas con las que apenas compartes un instante de cordialidad me ha hecho pensar en la última frase que pronuncia Blanche DuBois en "Un tranvía llamado deseo": "Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos". Es cierto que esos pequeños destellos de amabilidad de la gente con la que tenemos un contacto mínimo pueden llenar de luz nuestras vidas.

      Ignoraba haber metido un pequeño polizonte (al parecer, de origen oriental) que dificulta la tarea de los que pretenden dejar comentarios. Te aseguro que ese intruso se ha colado solo; en caso de introducir un ser de esa naturaleza en mi blog, lo haría para favorecer a los que desean dejar su huella en él.

      Gracias por releer mis libros. Simplemente que alguien los lea me parece maravilloso, así que el hecho de que den pie a relecturas, figúrate lo que supone para mí... Un abrazo.

      Eliminar
  2. Qué placer releerte. L
    Has simplificado al chino y lo agradezco.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Y qué placer dar pie a relecturas... ¿He simplificado al pequeño guardián que dificultaba la acción de dejar comentarios? No ha sido algo voluntario (de hecho, ignoro cuál es la razón de su existencia), pero palabra que me alegro de que se diluyan los obstáculos y fluya la comunicación.

      Eliminar