martes, 25 de diciembre de 2012

LECTURAS DEL PASADO OTOÑO (2012)

Un anónimo elaborado con recortes de periódico, un personaje amenazado de muerte, una jornada de caza que acaba trágicamente. A partir de ahí, las hipótesis, comadreos y comentarios no siempre piadosos sobre los difuntos se suceden vertiginosamente. Estamos en la Sicilia rural, claro está. Sciascia aprovecha el caso policíaco para pasar revista a las debilidades de una sociedad a la que disecciona sin concesiones pero sin perder el humor. En esta novela de crímenes, la policía tiene un papel escaso. Los carabineros nos parecen de lentas reacciones, incapaces de atar cabos, interesados apenas en el caso que les toca investigar. En cambio, la comunidad entera palpita al son del misterio que amenaza con quedar sin resolución: todo el mundo opina, todos conocen a un pariente o amigo o testigo que les ha contado algo; ríos de sospechas corren por las calles y se diluyen por las esquinas. El papel protagonista en esta investigación atípica se lo atribuye el profesor Laurana, un hombre anodino, carente de energía en su vida privada pero con capacidad intelectual para afrontar el misterio. El lector teme desde el principio por el destino de este investigador accidental que no es fuerte ni valeroso ni tiene recursos para esquivar el peligro, y que simplemente pretende, como quien resuelve un crucigrama o se enfrenta a un rival de ajedrez, ordenar las piezas del rompecabezas y que a cada cual le corresponda lo suyo.


“Hay que viajar para darse cuenta de que una pasión, una idea, un hombre, solo son importantes si resisten una proyección a través del tiempo y del espacio”, afirma Josep Pla en el prólogo a la primera edición de Viaje en autobús. Y al escritor y periodista catalán no le es necesario viajar muy lejos para lograrlo. En este libro plasma sus idas y venidas por su tierra natal en un medio de transporte modesto, popular y con escasa fortuna en la literatura si se lo considera en relación con sus parientes el tren y el barco. Los paisajes a través de la ventanilla, las anécdotas sucedidas durante el trayecto, las conversaciones con otros pasajeros, los altos en el camino, le dan pie al autor para reflexionar y exponer su agudo punto de vista sobre infinidad de temas: las relaciones humanas, las costumbres y su evolución, la naturaleza, las creencias religiosas, los lugares comunes; sobre todo ello y mucho más pasea Pla su mirada comprensiva, irónica, inteligente. Y lo hace con un lenguaje rico y expresivo, lleno de matices y de aciertos deslumbrantes, de formulaciones certeras. Estas páginas están llenas de frases inolvidables, como esta preciosa definición sobre el arte musical: “Numerar el bramido interno, sordo y terrible del mundo, esto es la música”.

Durante un tiempo me he resistido a abordar la lectura de esta última novela de la serie protagonizada por el comisario Wallander. Y eso que el libro parecía hacerme guiños desde la estantería donde aguardaba pacientemente. Al final he atendido a su llamada, pero con una sensación agridulce: sé que al final sentiré como si me despidiera de un amigo. Es lo que tienen estos personajes a los que acompañamos en sus peripecias a lo largo de los años. Y es que he vivido ya muchos avatares junto a este policía esforzado, emocional y desastrado. Lo he visto ponerse en peligro gratuitamente, he sentido deseos de gritar para avisarlo del peligro. He contemplado con simpatía sus errores y su implicación sentimental con las víctimas. He sentido deseos de ayudarlo cuando la parte práctica de su existencia se desmoronaba sobre su cabeza (ay, esas lavadoras que nunca tiene tiempo de poner, ese coche viejo que lo deja tirado en el momento más inoportuno…). Ahora Mankell me lo presenta sesentón y concienciado de la necesidad de controlar su diabetes. Se ha comprado una casa en el campo y tiene un compañero canino. Se ha convertido en abuelo. Más entrañable que nunca, el bueno de Wallander está a punto de decirme adiós. Siempre me quedarán las relecturas, por supuesto. Pero no nos engañemos: no es lo mismo. Será como intentar resucitar una amistad revisando fotografías y vídeos de otros tiempos.

Este Reloj sin manecillas, última novela escrita por la autora estadounidense Carson McCullers, comienza con un símbolo precioso. El joven Jester, descendiente de una familia de rancio abolengo, le cuenta a su abuelo que, cada vez que contempla un paisaje pintado por una antepasada suya, le parece ver en una de las  nubes que surcan el cielo la figura de una mula de color rosa, que antes no estaba ahí pero que ya no puede obviar cuando mira la pintura. De la misma forma que ese cuadro que ha acompañado su infancia ya no volverá a ser el mismo para él, una mirada nueva se extiende también a su entorno, a la sociedad, a la formidable figura de su abuelo, un juez reaccionario, encarnación de los ideales del Sur más tradicional. Una profunda revolución se está, además, gestando en el interior del adolescente Jester, abrumado por el descubrimiento de su propia sexualidad, que no encaja en los cánones establecidos. El choque es inevitable: lo antiguo y lo nuevo, lo convencional y lo distinto, la vejez y la juventud que estalla. Y como fondo, la amenaza de ese reloj sin manecillas de nuestra vida, que avanza inexorable, sin que sepamos nunca cuántas horas le quedan por marcar.

Un caserón en ruinas por una de cuyas ventanas asoma un rostro que observa la calle: este es el sugerente inicio de La balada del café triste, novela breve de Carson McCullers. Una mujer fiera e independiente, un enigmático jorobado y un fuera de la ley confluyen en el café que da título a la obra. Toda una población asiste, expectante, a la intensa trama de lealtades y odios, ternura y rencor que se teje en torno a estos tres peculiares protagonistas. El lector es uno más de esos lugareños que acude al café, se agolpa en el porche, atisba por las ventanas para ser testigo de la historia. Nunca McCullers llegó más lejos en su plasmación de personajes marginales, desvalidos, al límite; en su reflejo de la vida humana como un continuo y fallido intento de establecer comunicación con los semejantes. Al igual que en su primera novela, la escritora sigue empeñada en demostrarnos que nuestro corazón está condenado a salir de caza en solitario.

Un hombre insignificante dotado del portentoso don de que sus sueños se hagan realidad, y frente a él, el psiquiatra que intenta ayudarlo. Hasta aquí, el planteamiento de una novela fantástica al uso. Pero Ursula K. Le Guin va mucho más allá, porque George Orr, el protagonista de La rueda celeste, no solo tiene sueños que se materializan en el futuro, sino que son capaces de reescribir la historia. Si en su sueño modifica un objeto o un paisaje, se encuentra al despertar con que los que lo rodean están convencidos de que ese nuevo estado es el original. Si sueña que determinada ciudad no está en el mapa, nadie recordará siquiera su existencia cuando George despierte. Él es el único que conserva la doble memoria, la constancia de lo que sucedió antes y lo que sucede tras su sueño. El lector asiste a la angustiosa experiencia del personaje, comprende el peso de su culpa, pero no puede evitar a la vez sentir una creciente curiosidad por presenciar ese alucinante juego de multiplicaciones, de realidades que se bifurcan, de universos paralelos que van surgiendo de las páginas de este libro sorprendente. 

En esta novela en la que proliferan los extraterrestres y los desastres que asolan la humanidad, hay sin embargo frecuentes notas de lirismo, delicadas incursiones en la intimidad de los personajes, en el pequeño detalle que nos acerca a nuestros semejantes y nos aleja de la soledad. Elijo como ejemplo un pasaje del comienzo de la novela: el protagonista, el atribulado George Orr, viaja en un abarrotado vagón de tren del futuro, reflexionando sobre su extraña cualidad, que no sabe si es real o fruto de su imaginación. De pronto, un detalle de la conversación que acaba de mantener con su psiquiatra le hace comprender que este se ha dado cuenta de la realidad del problema y de que Orr no está loco. El alivio del personaje es inmenso, y la autora plasma de esta hermosa forma el modo en que sus sentimientos positivos alcanzan a cuantos viajan a su alrededor; la conexión, en definitiva, que existe entre todos los seres humanos: "Tan grande fue la alegría que experimentó Orr, que entre las cuarenta y dos personas que habían estado entrando apretujadamente en el vagón mientras el pensaba estas cosas, las siete u ocho que lo presionaban sintieron una débil pero definida sensación de benevolencia y alivio. La mujer que no había podido arrebatarle el agarradero del que se sostenía, sintió que el agudo dolor de callos que experimentaba cesaba como si hubiera recibido una bendición; el hombre aplastado contra él a su izquierda, pensó de pronto en la luz del sol; el viejo que estaba sentado encogido justo enfrente de él olvidó por un instante que tenía hambre".

“Durmiendo encontraba menos falsedad que cuando estaba despierto”. Así comienza Amos Oz a adentrarnos en el peculiar mundo de Efraim Nissan, conocido por todos por el diminutivo Fima, un peculiar personaje construido a base de piezas que difícilmente parecen encajar entre sí: carente de sentido práctico hasta rozar la estupidez, brillante en la expresión de sus planteamientos ideológicos, apreciado por sus amigos, incapaz para las relaciones personales demasiado estrechas, incansable adalid de la paz entre árabes y judíos. Situado en el límite entre dos mundos irreconciliables, Fima es una pura unión de opuestos que nos desconcierta constantemente. Amos Oz lo sabe y no acude en ayuda del asombrado lector: dosifica la información y nos presenta a su singular criatura poco a poco, sin aclaración alguna sobre sus excentricidades; lo vamos conociendo paulatinamente, como conoceríamos a un ser humano real, a base de confundirnos una y otra vez con respecto a sus motivos y a su verdadera naturaleza.

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