jueves, 1 de noviembre de 2012

LOS CUADROS DE OCTUBRE (2012)

La figura del pintor italiano Orazio Gentileschi (1563–1639) ha quedado oscurecida por la enorme fama que, por razones no siempre artísticas, ha adquirido para la posteridad la figura de su hija Artemisia. Sin embargo, Gentileschi fue un pintor de enorme talento, creador de una obra llena de contrastes. Se le deben cuadros de gran fuerza y violencia, en la estela de Caravaggio, pero también obras delicadísimas y que denotan una sensibilidad exquisita, como esta Madonna. El carácter monumental de las figuras, uno de los sellos de este autor, está aquí matizada por la suavidad de las pinceladas y la armonía de los tonos. Es un prodigio de ternura la mirada que madre e hijo intercambian. De no ser por la tenue corona que se adivina en torno a la cabeza femenina, nada nos remitiría a un tema sacro, sino a la más terrenal de las escenas. No es ajena a ello la elección de la modelo: esta Virgen morena con manos de trabajadora podría ser cualquier muchacha de las que se cruzaban con el pintor por las calles de Roma. Atención al delicioso gesto del bracito del bebé, aferrado al escote de su madre. Es la maravilla de los grandes pintores barrocos: cuando se ponen a tratar asuntos divinos, al final inmortalizan en el lienzo las pasiones más decididamente humanas.

La siempre inquietante pintora holandesa Iris Van Dongen nos presenta bajo el misterioso título de Exégesis este retrato femenino dotado de una sensualidad oscura y perturbadora. La utilización del pastel y la tiza presta una concreción casi corpórea a la figura de la modelo. Los tonos apagados de fondo y vestimenta, en contraste con la claridad de la piel, así como la voluntaria indefinición de la parte superior del rostro, perdida en las sombras, nos sitúan en el terreno de los instintos más primitivos, de las pulsiones irreprimibles. Esta mujer sin mirada y sin identidad representa nuestro lado más oscuro y también el más fascinante. Nos inquieta y nos asusta, pero al mismo tiempo nos interesa y atrae; tiene para nosotros el reclamo de lo prohibido. Tal vez esa dualidad tan humana sea el tema sobre el que la autora realiza la interpretación, o exégesis, que anuncia en el título del cuadro.

En torno a 1489, El Bosco crea bajo el título de San Juan en Patmos esta recreación a medio camino entre lo ingenuo y lo inquietante de la redacción del libro del Apocalipsis. Una aparente placidez domina la escena: el sereno paisaje de tonos azulados, los delicados rasgos del santo, su vestidura de color rosa, el gesto de arrobo con que contempla la aparición de la Virgen, la presencia mágica de un ángel mensajero, preciosa figurita primorosamente trazada. Pero la penetrante expresión del águila, símbolo del evangelista, nos pone sobre aviso: siguiendo la dirección de su mirada, nos encontramos en el ángulo inferior derecho con una extraña presencia. Es un diablillo con alas y anteojos, rematado por una cola de escorpión, que levanta sus manitas en un gesto de asombro y suelta un pequeño rastrillo que sujetaba en ellas. Esta criatura demoníaca y corta de vista parece disputarse con el águila la posesión del tintero del santo, en un vano intento por apartarlo de su divina labor. San Juan está demasiado abstraído en sus pensamientos para prestarle atención. Menos inmerso en asuntos tan elevados, el espectador contempla esta escena paralela que sucede a ras de tierra y no puede evitar sonreír.


Esta Niña dormida de la pintora española María Blanchard (1881-1932) parte de una fusión de elementos aparentemente contradictorios: los trazos enérgicos y dinámicos para plasmar un momento de reposo; la elección de colores serios y oscuros para retratar a un personaje de corta edad. La autora logra así una obra peculiar y expresiva, alejada de las edulcoradas visiones de la infancia en las que con frecuencia caen los artistas. Sin concesiones al sentimentalismo ni a la belleza fácil, Blanchard transmite una imagen conmovedora de esta muchachita que, con total abandono, se rinde a la somnolencia que tal vez le ha causado la lectura del libro que aparece sobre la mesa. Es encantador el gesto de cansancio de su rostro, los labios entreabiertos, y esa posición de la pierna flexionada que nos hace entrever que a nuestra protagonista la ha sorprendido el sueño sentada sobre su propio pie. Solo un niño es capaz de dormirse en una postura semejante.

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