sábado, 6 de octubre de 2012

FUTUROS ESCRITORES (y III)


Los seguidores de la escritora belga Amélie Nothomb conocen de sobra su costumbre de utilizar sus propias imágenes como portada de sus libros. No les será desconocido, por tanto, este encantador rostro infantil de ojos enormes y expresión asombrada frente a los enigmas de la vida. Los primeros años de la existencia son una fuente inagotable de inspiración para esta autora de actitud excéntrica y de escritura compleja y original. No en vano, escribió las siguientes palabras en El sabotaje amoroso, novela que refleja sus propias experiencias cuando a los siete años se instaló con su familia en Pekín: “Siempre fui consciente de que la edad adulta no contaba: a partir de la pubertad, la existencia es sólo un epílogo”.



Esta cabecita bien peinada alberga uno de los cerebros más singulares de la historia de la literatura. Con apenas tres años, el pequeño Ray Bradbury nos observa con formalidad de adulto. Es un niño perteneciente a una familia humilde, sensible y tendente a las pesadillas y terrores nocturnos. Muy pronto se refugiará en los libros que le brindan las bibliotecas públicas. Con el paso del tiempo, se convertirá en un autor capaz de evocar como ningún otro la magia del mundo infantil, los temores que nos acompañan en nuestros primeros años y que nunca desaparecen del todo, la belleza sin retorno de los radiantes días de nuestra niñez, en los que los olores y luces y colores tienen una intensidad especial e irrecuperable. “Esa rareza de feria: el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo”, decía de sí mismo este gran escritor. Nunca dejó de ser este pequeño descalzo que nos mira gravemente con las manos en los bolsillos, desde el lejano país de la infancia.


A esta muchacha que posa gravemente en compañía de su madre la aguarda un futuro meteórico: en muy poco tiempo se convertirá en una escritora deslumbrante y desarrollará una intensa carrera novelística antes de morir en el campo de concentración de Auschwitz a los treinta y nueve años. En esta fotografía, la joven Irène Némirovsky tiene aproximadamente la misma edad que Antoinette, la protagonista de su novela El baile y trasunto de su autora. El baile relata con estremecedora concisión el difícil entendimiento entre una madre y una hija y tiene, al parecer, un fuerte contenido autobiográfico. El tema aparece con frecuencia en las novelas de esta autora: las complicadas relaciones familiares, el padre que se esfuerza en acumular una riqueza que nunca es bastante y la madre fría, dilapidadora y egoísta. En esta imagen, el abrazo que une a la Irène real y a su progenitora esconde una distancia de kilómetros entre una mujer que no supo aceptar su papel de madre y una adolescente solitaria, alentada por el amor hacia un padre ausente y educada por institutrices.


Este niño primoroso y perfectamente preparado para los rigores invernales se convertirá con los años en el escritor que dinamitará la novela contemporánea y convencerá a sus acólitos de la necesidad de acciones tan sublimes como hacer un nudo a la mitad de un pelo, dejarlo ir por el desagüe y destrozar después paredes y cañerías para recuperarlo. Es el pequeño Julio Cortázar, nacido accidentalmente en Bruselas durante la Primera Guerra Mundial, mientras los obuses caían sobre la ciudad. A mí me divierte enormemente observar su compostura y seriedad infantiles y compararlas con la frescura que emana de sus fotografías de adulto: no en vano, el Cortázar cuya imagen todos conocemos fue adquiriendo con los años un curioso aire de niño grande. Tal vez era, simplemente, que se estaba transformando en un cronopio.

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