lunes, 3 de septiembre de 2012

LOS CUADROS DE AGOSTO (2012)

La pintora francesa nacida en 1952 Françoise de Felice es la autora de acuarelas en las que recrea un mundo irreal, detenido en el tiempo o extraído de un sueño. Es el caso de Las flores gemelas, doble retrato en el que las figuras femeninas se diluyen en un entorno vegetal de vistoso y delicado colorido. Es un sugerente juego pasear la vista sobre estos rostros semejantes en rasgos y contrapuestos en expresión: madurez frente a inocencia, recelo frente a ensoñación. Nada sabemos sobre la identidad de estas dos mujeres, la que fija en nosotros la mirada y la que se pierde en sus pensamientos mientras sujeta una flor. Dudamos, incluso, de su condición humana; como sugiere el hermoso título del cuadro, no hay mucha diferencia entre estos dos misteriosos seres y las flores que las envuelven.


El misterio que rodea la figura y la obra de Giorgio Barbarelli da Castelfranco, conocido por la posteridad como Giorgione (h. 1477-1510), inunda con frecuencia sus paisajes, suaves y melancólicas recreaciones de una naturaleza ideal, habitada por figuras de cuya actitud e intenciones el espectador no llega a estar muy seguro. Es el caso de este Paisaje al atardecer con San Roque, San Jorge y San Antonio. La suave luz crepuscular envuelve este rincón de peñas agrestes en las cercanías de una monumental ciudad. Protagonistas de dos escenas independientes entre sí, un aguerrido San Jorge se enfrenta a caballo a su enemigo el dragón mientras los otros dos santos, representados como viajeros que han hecho un alto en el camino, se ayudan fraternalmente a soportar la dureza del trayecto. Nada explica la convivencia en tan reducido espacio de estas dos situaciones simultáneas y contrapuestas, la lucha y la violencia, el descanso y la amistad. Los paisajes de Giorgione son a la vez un gozo para los sentidos y un enigma por descifrar. No creo ser la única que siente ante ellos el imperioso deseo de entrar en esta naturaleza de suaves líneas y delicados colores para penetrar a la vez en la raíz del misterio.


El pintor y grabador japonés Katsushika Hokusai (1760-1849) tomó el volcán más célebre de Japón como motivo recurrente en muchas de sus obras. Es el caso de las colecciones tituladas Treinta y seis vistas del Monte Fuji y Cien vistas del Monte Fuji. En ellas representa múltiples aspectos de la vida humana y del devenir de las estaciones: personajes pescando, haciendo volar cometas, cabalgando contra el viento, comiendo al aire libre; el cielo radiante de verano, la vegetación movida por la brisa, las aguas tranquilas o agitadas, las ramas dobladas por el peso de la nieve. Y de fondo, como testigo inmutable, la inconfundible cumbre nevada de este emblema de Japón. A mí me gusta especialmente Muchacho mirando el Monte Fuji, un alarde de sencillez y de eficacia compositiva. Es espectacular el juego de líneas: la inclinación de la ladera, las curvas de la catarata y la diagonal del árbol en el que descansa el personaje. No hace falta más para crear una inigualable sensación de placidez, de gozo en la contemplación. Si lo observamos de cerca, veremos que el pequeño protagonista de este momento de privilegio está tocando una flauta travesera. Es el detalle que faltaba: a mí, este muchacho anónimo al que no llego a verle la cara me parece, en el instante que el artista detiene para siempre, el ser más afortunado del planeta.

El pintor prerrafaelista Edward Burne-Jones (1833-1898) abandona en ocasiones su recreación de un artificioso mundo medieval para realizar obras como este Retrato de Gertie Lewis. La modelo es la hija mayor del abogado George Lewis, protector, junto a su esposa Elizabeth, de numerosos intelectuales y artistas de la época. Incluso cuando se aproxima a la realidad de un personaje de carne y hueso, Burne-Jones conserva el idealizado refinamiento con el que evoca a los mágicos protagonistas de las leyendas artúricas. Emergiendo del lienzo sin apenas tratar, el delicado rostro de la niña podría ser el de una ninfa o una dama encantada. La armonía de los tonos y la serena mirada de la modelo, que se aparta del espectador para fijarse en un motivo de atención que este ignora, proporcionan al cuadro una hermosa melancolía. El retrato posee el encanto y la inmediatez de lo apenas abocetado: qué mejor opción que dejar en un puro esbozo la plasmación de una vida en la que aún está casi todo por determinar.

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