sábado, 22 de septiembre de 2012

LECTURAS DEL PASADO VERANO (2012)

A mí, cuando estoy cansada o con el ánimo bajo, me gusta irme de viaje con el capitán Alatriste. Él me lleva a la España del siglo XVII, a una época con hartos motivos para el descontento y la indignación, pero me rodea de intrigas y aventuras, me hace codearme con personajes más dados a la acción que a las meditaciones, y me cierra así cualquier posibilidad de melancolía. Y todo ello, envuelto en bellas palabras que una no oye, así como así, en su devenir cotidiano. En El puente de los asesinos, me arrastra a la convulsa Italia dividida entre intereses encontrados y me coloca como espectadora de excepción de lo que amenaza con ser una sublevación en toda regla contra la poderosa, rica, voluble República de Venecia. ¿Se puede pedir más? Ah, sí: apenas empezada la novela, ya ha hecho su aparición mi personaje favorito, el bebedor, intrigante, excelso hombre de letras y de armas don Francisco de Quevedo. Ya no tengo escapatoria. Como diría el sin par poeta en versión de Pérez-Reverte: “No queda sino batirse”.

El pequeño Pip vive en compañía de su hermana y su cuñado en una casa cercana a las marismas. La conciencia de su situación en el mundo y de su historia familiar la ha cobrado en el cementerio local, deletreando con dificultad las inscripciones que aparecen sobre las lápidas de sus padres. A mí me ha atrapado desde el comienzo este niño semianalfabeto y criado a golpes que es evocado por la voz teñida de comprensión e ironía del adulto en el que se convertirá, tras muchos avatares. De su mano he conocido ya a Joe, el herrero, entrañable compañero de la hermana de Pip, esa que ha sacado adelante al chico con tanta energía como escaso cariño. A un convicto escapado de un buque-prisión, figura aterradora cual proverbial ogro de cuento. A la bella y desdeñosa Estella, que tiende sus redes como una araña, dispuesta a romper el corazón de nuestro protagonista. Y sobre todo a la maravillosa señora Havisham, anciana estrafalaria cuya vida se detuvo a las nueve menos veinte del remoto día de su boda. Los ojos asombrados del niño son los mismos con los que el lector descubre ese mundo plural e inesperado; la voz divertida del narrador nos recuerda que todo pasa y hasta los mayores dramas, las mayores esperanzas, se disuelven con el tiempo hasta convertirse simplemente en motivo de una desencantada sonrisa.

Los grandes clásicos lo son precisamente porque, por debajo de las convenciones y servidumbres de su época, son capaces de conectar con el lector de cualquier momento y circunstancias. En Grandes esperanzas, bajo el esquema del folletín, bajo la trama de sorpresas y reconocimientos y personajes que no son quienes parecían, Dickens traza un impresionante fresco del alma humana, de sus ambiciones y miserias. Su protagonista es el joven por antonomasia: Pip es inexperto, no tiene ideas claras sobre la vida, excepto la aplastante seguridad de que él está llamado para algo mucho más trascendente que la existencia gris y miserable que ha llevado desde niño. Lo acompañamos en las distintas etapas de su inesperado ascenso social; vivimos con él la sorpresa, la euforia, el desconcierto; sufrimos por su ingratitud hacia los que lo cuidaron durante su infancia y por su dañina fidelidad hacia los que solo pueden causarle dolor: aprendemos con él, en definitiva, la dureza del camino de la vida. Pip tiene unas desmesuradas expectativas sobre sí mismo y se autoengaña, igual que lo hacen otros personajes de la novela, empeñados en tareas imposibles, consagrados a ideales que los humillan o destruyen: el provinciano Wopsle, que se marcha a Londres convencido de que va a triunfar en el teatro; la señorita Havisham, que hace extensiva a todo el género masculino la venganza hacia el hombre que le rompió el corazón; el convicto Magwitch, confiado en encontrar la redención a sus delitos por medio de Pip, al que ansía convertir en un caballero. Y el propio protagonista, enamorado de una mujer que no le ha dado ni un segundo de felicidad y con la que, sin embargo, se muere por compartir el resto de las horas de su vida. Como dice el maestro Dickens al comienzo del capítulo 28: “No hay estafador en el mundo que se pueda comparar a quien se engaña a sí mismo”.

Como hace presagiar su título, este Tapiz de otoño del escritor japonés Teru Miyamoto destila una profunda tristeza. Un encuentro casual entre un hombre y una mujer que se divorciaron diez años atrás abre las compuertas que conducen al pasado, hacia las historias inconclusas, hacia los cabos sueltos y la falta de comprensión y de conocimiento de los sentimientos del otro que rodean a toda relación que se rompe. La novela está estructurada sobre la correspondencia que se cruza entre estos dos antiguos cónyuges, que aclaran con una década de retraso lo que realmente ocurrió entre ellos. La tristeza por lo perdido, la melancolía de lo irreparable, del tiempo que se fuga llevándose de la mano las ilusiones de la juventud, son los hilos que se entrelazan en este tapiz que se va tejiendo poco a poco delante de los ojos del lector. Y como telón de fondo, ese exquisito gusto por los detalles –la música que acompaña a un acontecimiento, el color de las hojas, el aroma de un jardín- que están inevitablemente asociadas para los occidentales a la cultura japonesa.

Hay libros en cuya creación están contenidos elementos tan fabulosos que podrían dar pie a otro libro distinto. Este es el caso. Cuando el escritor estadounidense Paul Bowles conoció a Larbi Layachi en una playa de Tánger, este era un joven analfabeto dotado con el extraordinario don de contar historias. Juntos emprendieron una aventura sorprendente: el joven marroquí grabó una serie de narraciones con el fin de que el afamado escritor las transcribiera traducidas al inglés. Este es el germen de Una vida llena de agujeros, velada autobiografía de Layachi, que pasó a adoptar el seudónimo de Driss Ben Hamed Charhadi y embarcó rumbo a América, donde se le perdió el rastro hasta que, varias décadas después, publicó dos novelas más. Una vida llena de agujeros es un conjunto de relatos protagonizados por Ahmed, el pequeño marroquí huérfano de padre al que vemos escaparse de casa, trabajar en los más variados oficios, sobreponerse al hambre, la miseria, la ruindad y el engaño de los que se cruzan en su camino, hasta convertirse finalmente en un campeón de la supervivencia. Con prosa descarnada y desoladora concisión, el autor va desgranando esta existencia llena, en efecto, de carencias y vacíos, que el protagonista va intentando llenar sobre la marcha, sin sentimentalismos ni concesiones.

La ciudad italiana de Trieste es por su posición geográfica un cruce de caminos, un punto de encuentro entre oriente y occidente, una confluencia de elementos muy diversos. El vicequestore de policía Proteo Laurenti no podía ser menos. Haciendo honor a su mitológico nombre de pila, Laurenti es un personaje escurridizo que se metamorfosea delante de los ojos del lector: es un asentado hombre de familia pero tiene una amante más joven a la que no piensa renunciar; disfruta adoptando poses estrafalarias, analiza con cinismo y distanciamiento los sucesos y las emociones de los que lo rodean, y es a la vez capaz de cuidar con ternura a un viejo perro policía retirado del servicio al que nadie salvo él quiere adoptar. Parece no tomarse en serio a sí mismo ni su trabajo, pero sospechamos que no va a cejar en su empeño hasta desenredar los hilos de una endiablada trama que lo conducirá al este de Europa y al fondo de la turbia conciencia de los que se aprovechan de la necesidad de los menos afortunados para traficar con sus vidas y sus cuerpos.

Un borracho visionario entregado a la misión de difundir el advenimiento de un nuevo mundo. Un doctor negro incapaz de transmitir a los suyos la necesidad de rebelarse contra la injusticia que oprime a los de su raza. Una niña que sueña despierta y que trasciende la realidad a través de la música. Un hombre sordo que renunció hace años a utilizar su voz, en el que todos creen encontrar al interlocutor ideal de sus ansias y reflexiones. Y el solitario dueño del café en el que confluyen todas estas almas a la deriva. Estos son los cinco pilares sobre los que se apoya esta novela de título hermosísimo, escrita –por uno de esos milagros de la literatura- por la autora estadounidense Carson McCullers a la temprana edad de veintitrés años. La desvalida condición del ser humano, con sus deseos, su impotencia y también su ternura, encuentra una poderosa plasmación en estas páginas tristes y entrañables. Y como telón de fondo, el sur de los Estados Unidos en los años treinta, con sus miserias, sus problemas raciales, su calor y su irresistible poesía.

El terror puede adoptar la forma de un caracol. De un inofensivo grupo de caracoles que un hombre salva de ser cocinados para dedicarse a observar sus comportamientos. También el de una tortuga de tierra que una madre amantísima acaba de comprar, aunque no precisamente para que sirva de mascota a su hijo. El de una niñera llena de dedicación y lealtad hacia la familia cuyos niños cuida. O el de un hombre que rescata a una pobre chica de una vida deshonrosa y la envuelve en los lazos del matrimonio. Estos once relatos de Patricia Highsmith exploran el angustioso mundo de los miedos y las fobias, y se mueven en terrenos variados, desde el puramente físico (la existencia de animales de tamaño desmesurado, la reproducción imparable de pequeñas criaturas que lo inundan todo) hasta el más sutil y psicológico (los infiernos domésticos, las ataduras personales, las venganzas, los resentimientos, la locura). Algunas historias entran en el campo de la ciencia-ficción, como la del profesor empeñado en dar su nombre a una especie de caracoles gigantes. Otras rozan el humor macabro (el cuento de las dos amigas ancianas entregadas a una creciente escalada de faenas mutuas). Me gustan especialmente dos: la poética Pájaros a punto de volar, delicadísima ficción sobre la muerte de las esperanzas, y Cuando la escuadra llegó a Mobile, historia de un crimen y la posterior huida de la asesina, que es un viaje a lo más profundo del ser humano, sus miedos y desvalimientos, su afán de supervivencia, sus ilusiones rotas.

“A medianoche, el tiempo transcurre de una manera especial. Y es inútil oponerse a ello”, dice uno de los personajes de esta breve y enigmática novela. Una jovencita sin rumbo en la ciudad, un músico que ensaya de madrugada, mujeres que huyen de sus perseguidores, empleadas clandestinas de un hotel de citas, un informático que trabaja a deshoras cuando la oficina está vacía, una muchacha que decide refugiarse en el sueño y no despertar jamás, conforman esta visión caleidoscópica de la noche de Tokio. El lector, convertido en objetivo de una cámara de cine, es guiado por un misterioso guionista a contemplar esa realidad plural desde todos los ángulos posibles. Presenciamos así escenas de confidencias, de dolor, de simpatía entre humanos que se encuentran perdidos como náufragos en las sombras, y no solo las que los envuelven a la puesta de sol. También escenas inquietantes: es inolvidable la imagen de la chica atrapada dentro del aparato de televisión que nos mira desde el otro lado de la pantalla. Pluralidad de escenarios y de perspectivas, vidas a la deriva, y de fondo, una suave música de jazz para acompañar esta radiografía de la noche: After dark, de Haruki Murakami.

Nunca hasta ahora había incluido las relecturas en esta sección. Pero, aun a riesgo de caer en el tópico (uno de esos que tanto aborrecía Cortázar), diré que cada vez que se lee Rayuela uno se encuentra con una novela distinta. Hace ya veintimuchos años que cayó en mis manos por primera vez. Era yo entonces una estudiante muy seria e idolatraba a Julio Cortázar, así que decidí que por esa vez –intuía que no iba a ser la última- afrontaría la lectura en el estricto orden señalado por la numeración de los capítulos. Y heme aquí varias décadas después, y bastante menos seria de lo que entonces era, haciendo caso a la otra posibilidad que lanza el autor en su aviso inicial: leer Rayuela igual que si se estuviera jugando sobre la acera, dando saltos de capítulo en capítulo, siguiendo una numeración alternativa y juguetona sugerida por el escritor. Es, qué duda cabe, una opción mucho más divertida. Más aún si, en un momento dado, uno se equivoca –esos señaladores que se caen, ese número que uno olvida apenas pasadas unas páginas, esas lecturas comenzadas sin ponerse las gafas…- y aborda una senda alternativa que le lleva a perderse en los entresijos de la trama o a pasar varias veces por el mismo capítulo. A Cortázar le encantarían, sin duda, estos despistes, capaces de crear -si cabe- un mundo más caótico y alucinado del que ya por sí se desprende de esta estrambótica y genial novela.

2 comentarios:

  1. Buenas recomendaciones, yo también suelo irme con Alatriste. La última novela que leí de él es el Sol de Breda, pero en cuanto tenga ocasión continuaré. Por casualidad, estoy leyendo otro de Dickens, David Copperfield.
    Gracias por las recomendaciones.

    Saludos.

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    1. Curiosamente, "El sol de Breda" es la novela que más me ha gustado de la saga de Alatriste. Digo "curiosamente" porque el tema bélico, en principio, me atrae más bien poco, y por eso la empecé a leer con algo de prevención. Recuerdo sobre todo una escena preciosa de Íñigo Balboa salvando libros de una biblioteca en llamas por indicación de un oficial desconocido que luego resulta ser don Pedro Calderón de la Barca.

      Espero que estés disfrutando a Dickens tanto como lo he disfrutado yo. Un saludo y hasta pronto.

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