sábado, 1 de septiembre de 2012

ESCUELAS

Nos han estado acompañando durante meses en la anterior cabecera de este blog y no me resigno a dejarlas marchar. Son las encantadoras niñas fotografiadas por Dorothea Lange en la escuela Lincoln Bench de Malheur County, Oregon, en 1939.


La imagen de estas pequeñas lectoras constituye un oasis en el panorama retratado por la gran fotógrafa, que no es otro que el de la Gran Depresión y sus víctimas. En comparación con los refugiados, las minorías y los desempleados que acapararon el interés y el objetivo de Lange, estas seis jovencitas son unas privilegiadas: acuden a una escuela, sostienen libros sobre sus rodillas, van limpias y están primorosamente vestidas, aunque el estado de sus zapatos nos habla de unas difíciles economías familiares. Podemos adivinar detrás de cada una de ellas a unos padres preocupados por su cuidado y educación. Es una delicia seguir el juego de sus miradas y actitudes, que tanto nos dicen de la personalidad de cada una de ellas: la formal, la introvertida, la ensimismada, la charlatana, la que se interesa más por la lectura de su vecina que por la propia, la que se despista mirando un trozo de papel que nadie se ha molestado en recoger antes de tan solemne instante. A mí me gusta fantasear sobre el destino de estas pequeñas. Quiero creer que encontraron un resquicio en la dura vida de aquellos años y en las imposiciones derivadas de su condición femenina para seguir siendo tan ellas mismas como cuando de niñas posaron sentadas en el escalón de entrada de su modesta escuela.

Durante seis años y medio, el fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado recorrió más de cuarenta países inmortalizando con su cámara a grupos humanos obligados a abandonar su tierra a causa de conflictos bélicos, hambrunas, desastres ambientales y presiones políticas. El impresionante conjunto de las trescientas fotos resultantes responde al título de Éxodos y es uno de los más estremecedores testimonios sobre la condición de los desheredados que he tenido la oportunidad de ver jamás. Desde que acudí a la exposición organizada por el Círculo de Bellas Artes de Madrid el año 2000, hay una serie de imágenes que no se me han borrado del recuerdo. La que traigo hoy aquí es una de ellas.


Esta foto fue tomada en 1993 y muestra a un grupo de refugiados de Kakuma, al norte de Kenia, en el acto de recibir clase. En esta peculiar escuela no hay techo, paredes ni mobiliario: solo un árbol de espectacular ramaje y una pizarra que se recorta contra el cielo abierto. Uno queda sobrecogido por la falta de medios materiales, pero también por la belleza de la imagen, por la dosis de optimismo que se deriva del hecho de que los deseos de enseñar y aprender prevalezcan en medio de las condiciones más adversas.

Escribo hoy esta entrada porque estoy en vísperas de reintegrarme al centro donde soy profesora y porque esta mañana he desayunado oyendo por la radio, entre otras infamias, la brutal subida del impuesto que grava el material escolar. Durante un rato, he imaginado las piruetas de las familias españolas para equipar a sus hijos de cara a la vuelta a clase. En breve, estaré inmersa en un curso difícil para la escuela pública, víctima de recortes y ajustes severísimos que nos van a devolver de golpe a situaciones que creíamos ya superadas. Está claro que en este mundo de banqueros y cifras macroeconómicas no hay lugar para lo hermoso ni lo importante. Menos mal que me quedan los objetivos de Salgado y Dorothea Lange. Como todos los grandes maestros, ambos son capaces de plasmar la dureza de la vida humana, pero también de dar inolvidables lecciones de esperanza.

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