sábado, 25 de agosto de 2012

LOS CUARTOS INTERIORES

Como todas las historias que tratan sobre los anhelos y esperanzas de los seres humanos, El corazón es un cazador solitario, de la escritora estadounidense Carson McCullers, es una novela sumamente triste. Pero eso no le impide ser a la vez un libro reconfortante para el lector, que en la amplia galería de personajes que desean, hacen planes, especulan sobre el futuro y fantasean, encuentra siempre uno en el que reconocer sus propias expectativas vitales.

Las aspiraciones de los personajes de McCullers van desde lo más elevado a lo más concreto y primario. Algunos de ellos se sienten llamados a cambiar el mundo. Es el caso del doctor Copeland, médico negro de edad madura, consumido por el deseo imperioso de agitar las conciencias de sus compañeros de raza para defender su dignidad colectiva. O de Jake Blount, desequilibrado por el alcohol, que vaga de pueblo en pueblo intentando extender sus ideales de igualdad y justicia. El lector presencia durante muchos capítulos las evoluciones de estos dos personajes, sus intentos infructuosos de encender la llama de la rebelión, su desaliento, su ira, y está deseando que los caminos de ambos confluyan en algún momento para que se pongan en común sus elevados ideales. Pero el esperado encuentro se produce finalmente y el médico y el borracho no se entienden en absoluto: defienden métodos contrapuestos, quieren atacar el problema por flancos distintos. No es posible la unión ni siquiera de los que tienen la capacidad de ver que otra sociedad más justa es necesaria.

Los restantes personajes de la novela salen también a cazar en solitario un objetivo que se les escapa. Mick Kelly, la jovencita protagonista, quiere huir de la vulgaridad del mundo que la rodea con sus proyectos de convertirse en una gran compositora. Su hermana Etta quiere ser bella y triunfar en Hollywood. Su padre aspira a convertir en un negocio próspero su rinconcito de reparación de relojes. Brannon, el dueño del café local, rumia en silencio sus oscuras inclinaciones sexuales, que no se atreve a afrontar abiertamente. Su cuñada Lucile cifra todas sus esperanzas en su pequeña Baby, a la que sueña con convertir en una estrella infantil. Harry, joven perteneciente a una familia judía, hace planes para atentar contra la vida de Hitler. Simms, un predicador visionario, recorre las calles de la población lanzando sus consignas religiosas. El sordomudo John Singer pone todo su afecto en un compañero con la misma limitación física que él y que no será nunca capaz de corresponder a su amistad. Antonapoulos, su amigo sordomudo, solo piensa en comer. Un abuelo negro sueña con el final de los tiempos, momento en que Jesucristo volverá a la tierra y los convertirá a él y a sus hermanos de raza en blancos. El joven Lancy Davies alimenta su odio contra el blanco opresor y anhela una revolución. Los negros de clases bajas suspiran por no ser sirvientes como sus antepasados. Sueños grandes y pequeños, sueños altruistas, interesados, mezquinos, infantiles, extravagantes: todo un muestrario de las ambiciones humanas desfila por las páginas que esta precoz escritora creó a la temprana edad de veintitrés años.

Hay en la novela una imagen preciosa de esos mundos ilusorios que vamos construyendo a lo largo de los años. McCullers cuenta que la joven Mick habita simultáneamente en dos espacios: el “cuarto exterior” y el “cuarto interior”. En el exterior están su familia, sus estudios, sus relaciones sociales; la realidad, en definitiva. El cuarto interior lo va amueblando con sus deseos, sus esperanzas, con todo aquello que le gusta y que puede poseer con el poder de su imaginación. Habitan allí en sorprendente camaradería las estrellas de cine y los músicos que admira, las melodías que la conmueven, las personas que están fuera de su alcance pero a las que en el fondo de su corazón distingue con un afecto especial. Ese cuarto interior es un mundo privado en el que se puede refugiar cuando quiere huir de la realidad y que la aísla por completo aunque esté rodeada de gente. Hermoso y arriesgado ejercicio el que nos propone esta novela: echar un vistazo a nuestros cuartos interiores y pasar revista a los anhelos que en ellos guardamos, tal vez cubiertos por el polvo de los años, tal vez adormilados y esperando a que los llamemos por su nombre para despertar.

4 comentarios:

  1. Lila Carson Smith. Leí dos de sus novelas en la Universidad. Me acuerdo mucho de una que me encantó "la balada del café triste", recuerdo también que pasamos varias clases hablando sobre lo insondable y raro que es el corazón humano, sobre el enorme misterio de la identidad...
    Angélica

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    1. Yo no he tenido la suerte de estudiar como tú a esta novelista, que es para mí un descubrimiento reciente, pero con la que estoy deseando recuperar el tiempo perdido. Realmente, es increíble cómo se adentró en los pliegues más recónditos del corazón humano, sobre todo teniendo en cuenta la corta edad a la que lo hizo. Era uno de esos seres privilegiados, dotados de una sabiduría especial.

      Me alegro mucho de volver a tener noticias de ti, Angélica. Sabes que siempre eres bienvenida.

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  2. Gracias; siempre te leo mes con mes, y lo disfruto enormemente. Coincido contigo, algunos nos toma mucho tiempo reconocer, ver nuestro corazón para finalmente vernos en los de más; y ella lo logró a muy temprana edad.
    Nunca dejes tu blog ;)
    Angélica

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    1. Tienes razón, Angélica: a algunos nos lleva mucho tiempo -demasiado- reconocer nuestros propios sentimientos y tener acceso a los de los demás. Se me ocurre otro caso de portentosa precocidad en ese sentido, y es el de la novelista Irène Némirovsky; sorprende ver cómo con veintiséis años supo captar en "David Golder" toda la tristeza y la frustración de la edad madura.

      Gracias por leerme.

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