lunes, 9 de julio de 2012

MUNDOS POR CONSTRUIR

Hace un par de noches tuve un sueño muy hermoso. O mejor diré hace un par de madrugadas, porque fue un sueño de esos que se tienen poco antes de despertar, cuando se está consciente a medias y uno puede dirigir hasta cierto punto las imágenes que pueblan su cerebro o puede, al menos, tener conciencia de que está soñando.

La cosa comenzó de la forma más cotidiana posible. Estaba yo trabajando sobre unos papeles en el departamento de Lengua de mi instituto, y en esto sonó el timbre que anuncia el final de una clase. Sin levantar los ojos de mi tarea, pensé que ignoraba lo que me tocaba hacer a continuación. Era difícil saberlo, ya que no tenía ni idea del día de la semana que era, ni siquiera de la hora. Resolví continuar con lo que estaba haciendo, pero algo en mi interior no me dejaba tranquila. Finalmente, en un impulso venido de no sabía dónde, miré a la compañera que estaba sentada enfrente y dije: “Creo que tengo clase con 2º B”. Una vocecita interior empezó a protestar, recordándome que estaba de vacaciones y que los alumnos de dicho grupo andaban ya dispersos por sus lugares de veraneo; era, sin duda, mi parte consciente, que me sabía libre ya de obligaciones escolares. Sorprendentemente, no hice caso a la voz de la razón y me puse en pie muy deprisa, buscando mis utensilios para la clase. Salí al pasillo, que estaba ya desierto porque todo el mundo se había incorporado a sus tareas, y avancé a toda velocidad. La vocecita interior calló definitivamente. Estaba claro que, a esas alturas, el sueño estaba ya fuera de mi control.

El aula de 2º B está muy lejos de mi departamento, al final de un largo pasillo. Llegué sin aliento, dispuesta a disculparme por el retraso, pero cuando entré vi algo sorprendente que me dejó sin palabras. No era solo el orden impecable que reinaba en la clase, el silencio absoluto en que los alumnos esperaban mi llegada (eso a veces sucede, y no solo en los sueños). Era la naturaleza misma de esos alumnos lo que me hizo llevarme la mano a la boca, llena de asombro, y murmurar, admirada: “Sois vosotros".

Estaban allí, sentados en perfecto orden, alumnos míos a los que he dado clase a lo largo de los años. De hace tres, cinco, diez cursos; tal vez más. En la vida real algunos rondarán la treintena, pero ahí estaban todos, mirándome con sus caras relucientes, detenidos en una eterna adolescencia. “Cuánto tiempo”, exclamé, notando que los ojos se me llenaban de lágrimas. Sara, una alumna de la que fui tutora en 3º y 4º de ESO hará cosa de siete años, me contestó con una sonrisa: “No tanto, profe. Solo desde antes de las vacaciones”. Fui avanzando entre las filas, mirándolos a todos, llamándolos por su nombre cuando podía. Esto no siempre era posible. Allí estaban chicos cuyo nombre y apellido recordaba, otros a los que podía apenas ubicar en algún curso lejano, algunos cuyo rostro me era simplemente familiar. Todos me miraban, sonrientes. No eran necesariamente los mejores, los más brillantes, a los que más cariño tomé en su momento. Pero viéndolos allí reunidos de nuevo, sentí una emoción extraordinaria.

Cuando me desperté, supe que tenía que crear esta entrada e incluir en ella una imagen sobre la que llevo un tiempo queriendo escribir. Es la foto de una niña afgana perteneciente a la colección de retratos infantiles realizados por el gran fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado. La vi hace años en una exposición y desde entonces no me la he quitado de la cabeza: esta pequeña, nacida en uno de los peores lugares del mundo para ser mujer y pretender ser libre, aprieta el material escolar contra su pecho con un emocionante gesto de esperanza. En su mirada viva e inquieta se alberga todo el deseo de aprender que uno espera encontrar en los ojos de un alumno. Me gusta recordarla cuando las circunstancias se ponen difíciles y la tarea de enseñar se me hace cuesta arriba. A partir de ahora, recordaré también la imagen de mi sueño, esas generaciones de alumnos compartiendo espacio por un instante, prestándome al unísono su atención. En los tiempos difíciles que se avecinan, es lo que no podemos perder de vista: el destello del interés en los ojos de un joven, la seguridad de que aprender es la única arma válida para cambiar el mundo de cada cual. La certeza de que implicarse en una vida en el momento en que casi todo está por construir es de las tareas más trascendentales –y apasionantes- que se pueden afrontar. Creo que es el mensaje que me he querido lanzar a mí misma hace un par de madrugadas, desde ese lugar profundo donde se fabrican los sueños.

2 comentarios:

  1. Esta es una de las entradas que más me ha emocionado, Bea. Desde luego, puedes cambiarlo todo. Gracias.

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    1. Gracias por tu fe, Confidente fiel, en que existe la posibilidad de cambiar las cosas. A mí me falta a menudo últimamente; será por eso por lo que el subconsciente acude en mi rescate enviándome mensajes como el de este sueño. No sabes cuánto me alegro de tenerte de vuelta. Te aseguro que este blog no es el mismo sin tus comentarios.

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