miércoles, 2 de mayo de 2012

LOS CUADROS DE ABRIL (2012)

Los cuadros inacabados permiten apreciar el milagro de la creación pictórica. Es el caso de La costurera, de Diego Velázquez, fechada en torno a 1640: del lienzo sin apenas tratar surge mágicamente la figura de la mujer inclinada sobre su labor; podemos distinguir los arrepentimientos del pintor a la hora de trazar la línea de sus hombros, las manos aún sin delinear del todo y el esbozo de un collar en torno al cuello femenino. Y, en medio de ese mundo de indefinición, el prodigio de la cabeza que emerge, terminada y perfecta, en su apacible actitud de trabajo. Tenemos ante nosotros todas las etapas de la vida de un cuadro: desde el puro lienzo hasta el acabado final. Los estudiosos discuten la atribución de esta obra al maestro Velázquez. A mí lo que me sorprende y maravilla es la capacidad de crear algo tan grande y hermoso con un tema pequeño, con un momento sin importancia que el tiempo se habría tragado de no haber estado allí el artista para otorgarle trascendencia.

Tobías y el ángel del pintor español Eduardo Rosales (1836-1873). Cuenta la historia bíblica que el joven Tobías es enviado por su padre a cobrar una deuda. Durante su viaje se le une un desconocido que le ofrece su ayuda y su compañía, y que no es otro que el arcángel Rafael. Rosales elige para plasmar esta historia de inicio en el camino de la vida la escena en la que, al llegar a las orillas del Tigris, un gran pez asusta a Tobías y su compañero le recomienda que lo pesque y guarde varias partes de su cuerpo, que le serán de utilidad en su posterior aventura. Pero ese ángel sabio de la leyenda se convierte de la mano del pintor en un amigo amoroso que acoge entre sus brazos al muchacho asustado; no cabe una plasmación más tierna del mito del ángel de la guarda. La obra es, además, de una extrema delicadeza: la suavidad de los colores, la pureza de los rostros, la irrealidad del paisaje, nos remiten a la pintura del primer Renacimiento, a la que el entonces principiante Rosales, que aún no ha encontrado su estilo, vuelve la mirada. El cuadro, que suscitó críticas adversas y le dio muchos problemas al pintor, está sin terminar. Tal vez haya mucho del artista en ese jovencísimo Tobías que no se atreve a continuar su camino y que busca, como un niño, el apoyo de alguien más experto que le sirva de guía.

Impresiona contemplar la belleza que llega hasta nosotros a través de los siglos, sobreviviendo al tiempo y los avatares de la Historia. Es el caso de este Fresco de Flora de la villa Arianna, en la localidad de Estabia. La misma erupción del Vesubio que se tragó las calles de Pompeya cubrió las villas de los patricios de esta pequeña población y preservó para la posteridad tesoros como esta delicada representación de una figura femenina que avanza recogiendo flores, en una perfecta encarnación de la primavera. Pero no es necesario pensar en sus casi dos milenios de Antigüedad y en el milagro de que haya llegado hasta nosotros para maravillarse: la armonía de los colores, el vuelo de la túnica, el refinado gesto de la mano que corta la flor, el coqueto giro del cuerpo de este personaje del que intentamos adivinar el rostro y que parece jugar con nosotros a mostrarse y esconderse, harían igualmente emocionante la contemplación de este Fresco de Flora si la mano que lo pintó acabara de trazar la última línea sobre el muro.


Todas las edades de la vida, desde el tierno despertar de la niña que juega sentada en la acera con su muñeca hasta el caminar solemne de la anciana encorvada que atraviesa la escena apoyada en su bastón, parecen encerrarse en El callejón de San Andrés del pintor franco-polaco Balthus (1908-2001). Las obras de este enigmático artista producen siempre una considerable dosis de desasosiego; la imagen de este reducido espacio urbano tiene el poder de sugerencia de los mensajes que no llegamos a comprender del todo. Ignoramos la causa de la meditación de la mujer que mira hacia nosotros con gesto reflexivo, el sentido de la figura del hombre descalzo que se sienta sobre la acera, replegado sobre sí mismo, como consolándose de un dolor físico o moral. Una misteriosa figura juvenil ataviada con una túnica asoma apenas por la esquina izquierda del cuadro. El sentido último de la escena se nos escapa; sin embargo –o quizás por eso mismo-, no podemos dejar de mirar y mirar la vida que bulle entre estos edificios de tonalidad sombría, los personajes concentrados en su alegría y sus juegos, en su esfuerzo y su reflexión, y que nos intrigan y repelen a la vez, nos asustan y atraen, como siempre sucede con las criaturas de este creador de atmósferas inquietantes.

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