miércoles, 28 de marzo de 2012

LECTURAS DEL PASADO INVIERNO (2012)

No me resisto a contar cómo ha llegado a mis manos el ejemplar en el que estoy leyendo El Palacio de los Sueños de Ismaíl Kadaré. Una compañera del club de lectores de Valmojado se compró para nuestra última reunión Crónica de piedra, del mismo autor, y se dispuso a leerla. A medida que iba avanzando en la novela, crecía en ella la extrañeza. No encontraba por ningún lado al niño desde cuya perspectiva sabía que se contaba la historia. Y, sobre todo: ¿dónde estaba la piedra del título? Tardó en darse cuenta de lo que había pasado: le habían vendido un ejemplar defectuoso, y bajo la portada de Crónica de piedra se encontraba en realidad el texto de El Palacio de los Sueños. Lo siento por nuestra querida compañera, que se ha perdido las emotivas andanzas del joven Kadaré y de sus paisanos por una de las más complicadas etapas de la historia reciente, pero a mí no me ha venido del todo mal la confusión. Llevaba un tiempo pensando que, de todas las novelas de Kadaré que no conozco, es precisamente El Palacio de los Sueños la que más me apetecía leer, y he aquí que ha llegado a mis manos gracias a esta curiosa pirueta. Desde anoche, ando ya perdida por los enrevesados pasadizos del palacio que da título a la historia, en pos del desconcertado protagonista, que se enfrenta –a estas alturas, no me cabe la menor duda- a un mecanismo terrible que amenaza con devorarlo.

Mark-Alem es un héroe con el que el lector encuentra muy fácil identificarse. Es miembro de una poderosa familia de origen albanés, pero no hay en él nada de la solemne prepotencia de sus ancestros. Es impresionable, sensible, fácil de manipular; cuando entramos de su mano en el misterioso Palacio de los Sueños, nos sumamos a su miedo inicial, a su desconcierto frente a una tarea de intérprete de sueños para la que no se siente preparado, a su constante desorientación por los pasillos y recovecos del descomunal edificio. Mar-Alem está perdido, y el lector con él: tenemos ambos la impresión de que los otros personajes saben lo que nosotros ignoramos, de que nos acecha una desgracia que no se podrá prevenir porque se desconoce su misma naturaleza. A pocas páginas del desenlace, al lector le asalta además la certeza de que con esta fábula terrible Kadaré no está solo hablando del monstruoso mecanismo del régimen comunista, devorador de cualquier iniciativa individual, sino del ser humano perdido en su propia existencia, cuyos avatares, itinerarios e imprevistos nadie le ha preparado para afrontar.

Esta preciosa edición de las novelas cortas de Turguénev llevaba ya tiempo esperándome en la estantería, desde que hace un par de años la compré en el mercadillo de libros de segunda mano de mi instituto. Pertenece a la colección de Clásicos de la editorial Alba, compuesta por cuidadas ediciones en tapa dura de novelistas decimonónicos, decoradas en su cubierta con reproducciones de cuadros de pintores de la misma época. En este caso, es el delicado retrato de una princesa rusa, realizado por el artista de comienzos del XIX Anthelme François Lagrenée, quien preside esta recopilación de narraciones del escritor ruso Iván S. Turguénev, a medio camino entre el relato y la novela. Abre fuego la titulada Diario de un hombre superfluo, melancólica reflexión de un enfermo en puertas de la muerte sobre la inutilidad de su propia vida.

Los protagonistas de estos relatos de Turguénev pertenecen a las clases altas de la sociedad rusa, viven de forma desahogada y dedican su tiempo a administrar sus negocios, relacionarse con sus iguales, pasear por una naturaleza esplendorosa y tomar decisiones de las que con frecuencia se arrepienten. Porque los personajes de Turguénev se equivocan en sus elecciones vitales, aman con fervor a quienes no les corresponden, hacen infelices a quienes les entregan su lealtad. Con el curso de los años, echan la vista atrás y lamentan el sesgo que han tomado sus existencias, recuerdan con nostalgia la época en que todo estaba por hacer, en que aún no habían jugado sus cartas. En la novela titulada Remanso de paz, el dueño de una casa de campo contempla el jardín en el que empiezan a notarse las huellas del cercano invierno y exclama con tristeza: “¡Sí, los días hermosos han pasado!”. Palabras que trascienden la simple añoranza de las alegres jornadas veraniegas y recogen la intensa melancolía de unos personajes que saben que lo mejor de sus vidas es ya irrecuperable.

En marzo de 1885, un joven Arthur Conan Doyle que se está abriendo camino como médico recibe en su consulta la visita de un agente de policía. Viene a interrogarle sobre las circunstancias un tanto oscuras de la muerte de uno de sus pacientes, que parecen poner en entredicho su intervención como médico. Doyle se da cuenta así de lo fácil que resulta que una persona inocente se vea envuelta en una trama criminal y sea incluso considerada culpable. Apenas un año después, está ya inmerso en la creación de Estudio en escarlata, la novela en la que hace su aparición el prodigioso tándem formado por Sherlock Holmes y el doctor Watson, dedicados a arrojar luz sobre complicadas investigaciones y a exculpar a los inocentes. Conan Doyle, detective pasa revista a este y a otros muchos acontecimientos en la vida del escritor escocés que, al igual que Watson, era médico, y al igual que Holmes, llevaba un investigador en el corazón.

Conocí esta historia a través de mi abuela hace mucho tiempo, cuando yo era casi una niña (he de aclarar aquí que mi abuela tenía la maravillosa costumbre de contarme historias extraídas de novelas y películas de cine clásico). A lo largo de los años, al encontrarme con las obras originales, he vivido la curiosa experiencia de descubrir cómo el paso del tiempo ha modificado mi impresión inicial sobre las tramas y los personajes que mi abuela me dio a conocer. Es el caso de esta Carta de una desconocida, de Stefan Zweig. En su momento –no cabe duda: yo era una jovencita muy romántica- me fascinó el sentimiento avasallador que inunda a la protagonista, ese amor sin fisuras ni razones que la lleva a poner su vida en función de quien no la merece ni se fija siquiera en ella. Ahora, al leer la novela –cosas de la madurez- me he encontrado a mí misma mirando la historia desde la perspectiva del personaje masculino, ese hombre banal que ha vivido mucho sin detenerse demasiado a sentir ni a pensar, y que un día descubre con estupor que ha sido una pieza básica en la existencia de alguien a quien ni siquiera consigue recordar. Zweig no nos lo cuenta, pero el lector sospecha que la vida de este hombre superficial no podrá volver a ser la misma tras un descubrimiento tan abrumador.

Un cuartel en el Sur de los Estados Unidos. La élite formada por los altos cargos juega su papel de minoría privilegiada, disfruta de las celebraciones sociales, hace deporte, murmura, se divierte. Cuatro personajes se singularizan en ese conjunto abigarrado y claustrofóbico: un capitán atormentado por sus pulsiones más íntimas, su esposa infiel, el comandante con el que ella vive una larga aventura y la mujer de este último, una enferma que rumia en silencio su amargura y sus insoportables recuerdos. Todos ellos son observados por el lector y por un personaje casi mudo, el soldado Williams, solitario, misterioso, bello y primitivo como los caballos de cuyo cuidado se ocupa en las cuadras del ejército. Carson McCullers tenía apenas veinticuatro años cuando creó este asfixiante retrato del ser humano y sus dificultades para asumir sus experiencias dolorosas, para afrontar un presente poblado de pasiones que le asustan y paralizan. Bendito Sur, que nos ha legado en literatura joyas de una intensidad tan sobrecogedora como estos Reflejos en un ojo dorado.

Para fortuna mía, cada vez que se produce en los últimos tiempos una novedad relacionada con Paul Auster hay alguien en mi entorno que se acuerda de mí (ventajas de ponerse pesada a la hora de manifestar las propias debilidades). Así llegó a mis manos su anterior novela, Sunset Park, y así ha llegado, recién salida del horno, su última creación, Diario de invierno, gracias al regalo de una querida compañera del club de lectores. Me dispongo, por lo tanto, a adentrarme en la más reciente fabulación de este creador de historias y sentimientos con los que tan fácil me resulta identificarme, a emprender un viaje con destino al mundo interior de un desconocido con el que tengo la sensación de haber charlado ya muchas veces en un tono de franca intimidad. Esta es, desde luego, la mejor de las perspectivas para cualquier amante de la lectura.

Esta vez, Auster no nos toma de la mano para guiarnos por los paisajes, las criaturas y las fabulosas historias de su invención, sino que nos escolta en un viaje hacia su propio pasado. En un momento de este Diario de invierno, se define al escritor como a “un hombre silencioso aislado del resto del mundo, sentado día tras día al escritorio sin otro propósito que el de explorar el interior de su cabeza”. Y el interior de la cabeza de Auster está poblado en esta ocasión por sus percances de infancia, las casas que ha habitado a lo largo de su variada y móvil existencia, la relación con sus familiares más cercanos, los achaques de la ya cercana vejez. Leyéndolo, nos encontramos inevitablemente pasando revista a nuestras propias viviendas, a nuestros accidentes infantiles, a los afectos y desafectos que nos rodean. Diario de invierno se convierte, así, en el viaje al interior de la cabeza de cada uno de sus lectores.

Muerte en un país extraño, de Donna Leon. Esta segunda novela de la serie protagonizada por el comisario Brunetti deja en el lector un regusto profundamente amargo. Nuestro querido investigador y padre de familia se enfrenta a una trama de corrupción, de manos invisibles que mueven hilos que no hay forma de parar, de pobres desgraciados que son aplastados por el engranaje implacable del poder. El cadáver de un extranjero flotando en las aguas de un canal abre el resquicio para que el honrado, entrañable Brunetti se asome a investigar un panorama terrible cuya existencia apenas sospecha. El balance negro y descorazonador de la historia lo hace el conde Falier, suegro del comisario, con las siguientes palabras: “Somos una nación de egoístas. Ello fue nuestra gloria y será nuestra perdición, porque no es posible conseguir que nos preocupemos por algo tan abstracto como “el bien común”. Los mejores de nosotros podemos sentir ansiedad por nuestras familias, pero como nación somos incapaces de más”. Un buen motivo para la reflexión.

Llega a mis manos este Deshielo a mediodía, antología poética del último premio Nobel de Literatura, el sueco Tomas Tranströmer, en una hermosa edición de Nórdica Libros prestada por una amiga que se encuentra entre ese reducido número de personas que compra y lee poesía. Abro el libro al azar, con la gozosa anarquía que permiten las recopilaciones de poemas, voy leyendo aquí y allá, saltando de verso en verso, y doy finalmente con un poema en prosa cuyo título llama de inmediato mi atención: se trata de La biblioteca, perteneciente al libro Visión nocturna. Rodeado por viejos volúmenes, Tranströmer reflexiona sobre el contraste entre antigüedad y vida, entre los autores desaparecidos y la vigencia de sus palabras, y remata con una imagen impresionante: la biblioteca es como “un edificio donde los retratos de los hombres muertos hace tiempo cuelgan tras vidrios, y una mañana apareció empañado el interior del vidrio. Habían empezado a respirar durante la noche”.

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