viernes, 6 de enero de 2012

LAS OLAS DE MURAKAMI

Hace un par de semanas, terminé de leer el libro de relatos Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. En uno de los cuentos, que responde al misterioso título de El séptimo hombre, el narrador, un hombre maduro, cuenta una terrible experiencia de infancia frente a un auditorio cuya naturaleza no se explicita (¿un grupo de autoayuda para personas que intentan superar un suceso traumático?). Cuando era niño, este hombre que habla en séptimo lugar en esa reunión de carácter impreciso, presenció cómo una terrible ola se llevaba a su mejor amigo. Él mismo consiguió salvarse milagrosamente. Así lo explica el personaje: “No logró, por muy poco, arrastrarme consigo. Pero, a cambio, engulló lo que yo más quería y se lo llevó a otro mundo. Y yo tardé muchísimo tiempo en volver a encontrarlo, en poder recuperarlo. Un largo y precioso tiempo que jamás me será devuelto”.

El pasaje en que se relata el terrible acontecimiento es estremecedor. El espacio familiar de la playa, los dos niños explorando alegremente en compañía del perrito de uno de ellos, la naturaleza que se ha calmado después del tifón. El lector, que ha sido prevenido de lo que va a suceder, encuentra esta escena cotidiana de una tensión insoportable. El aviso que el padre del protagonista acaba de hacerle a este planea por encima del relato como una amenaza: “Pero al primer soplo de viento vuelve corriendo a casa”. Como en los cuentos de hadas, sabemos que el protagonista no obedecerá, no abandonará el bosque antes de que anochezca, no pasará de largo frente a la puerta cerrada, no dominará el deseo de curiosear dentro de la caja que no debe abrir. Los héroes literarios son rebeldes por definición. Y el lector de Murakami pasa un rato apuradísimo, queriendo avisar a los niños de que se marchen ya, de que agarren a su acompañante canino y salgan huyendo de ese espacio aterrador que es la orilla del mar. Y de pronto, llegan las señales de que se acerca una fuerza feroz, incontrolable. Una cadencia extraña en el fluir de las olas, una calma amenazadora, un rugido lejano que hace temblar la tierra. Es el preludio de la gran ola.

Renuncio a contar el instante en que el protagonista toma conciencia del peligro e intenta alertar a su amigo, que se encuentra lejos del alcance de su voz. Es un pasaje de una eficacia narrativa impresionante, e invito a todos, amigos o no de este mago de lo inesperado que es Murakami, a sumergirse en su lectura. Es de esos fragmentos inolvidables, que preveo que seguirá grabado mucho tiempo en mi memoria, tan proclive últimamente al olvido. La gigantesca ola que arrebata a niño y mascota, el mar que retrocede violentamente llevándose su botín, como si el océano se hubiera secado de repente. El protagonista, petrificado en lo alto del malecón. Y finalmente, el detalle que nos orienta hacia lo extraordinario, que nos sitúa, como casi siempre en Murakami, en la vertiginosa posición de estar de pie al borde de lo imposible: una segunda ola que llega a la playa trayendo en su cresta el cuerpo del muchacho robado, que se vuelve hacia el protagonista con una sonrisa terrible y le tiende la mano, como para llevarlo consigo.

El narrador del relato no recupera la tranquilidad. Sus lectores, tampoco. El nivel de inquietud alcanzado en esta primera parte de la historia es enorme, y nos pasamos el resto de la lectura de El séptimo hombre presas de la ansiedad, deseando que lo imposible se imponga de nuevo y que el protagonista, ya adulto y al cabo de los años, consiga reencontrarse con su viejo amigo. En el mundo de Murakami, todo es posible, al fin y al cabo. Recordamos una y otra vez las palabras del narrador al comienzo del cuento: “…engulló lo que yo más quería... Y yo tardé muchísimo tiempo en volver a encontrarlo”. Uno se conforta como puede, confiando en que, de alguna manera, niño y mascota serán devueltos por las aguas que los arrebataron.

No desvelaré lo que finalmente consigue recuperar este séptimo hombre que nos cuenta el acontecimiento que marcó su vida. Solo añadiré que, un par de días después de leer este relato, oí en la radio una noticia sorprendente. Una niña indonesia que desapareció arrastrada por el tsunami de 2004 ha regresado a su casa ocho años después. Tenía solo siete cuando se la llevaron las aguas; ahora ha vuelto transformada en una jovencita de quince que no recuerda lo sucedido y que ha conseguido llegar hasta su familia gracias al único dato que conservaba en su memoria: el nombre de su abuelo, Ibrahim. En un principio fue tomada por una mendiga, pero finalmente los suyos la reconocieron gracias a un lunar y una cicatriz de infancia. Cuando oí la noticia, tuve la impresión de que el relato de Murakami se salía del libro e inundaba la realidad. Lo curioso es que sucediera apenas unos días después de que yo leyera El séptimo hombre. Una casualidad que, sin duda, le encantaría al escritor japonés, tan amante de las coincidencias y los sucesos que se lanzan guiños entre sí (Sauce ciego, mujer dormida contiene también un precioso relato titulado Viajero por azar, en el que el autor reflexiona, partiendo de experiencias propias, sobre esas misteriosas señales que la realidad parece lanzarnos de vez en cuando).

Una última consideración: me parece mucho más insólita y difícil de creer la noticia oída en la radio que los sucesos narrados en El séptimo hombre. Curiosa realidad esta, capaz de superar con una pirueta a ese maestro de lo inaudito que es Murakami.

2 comentarios:

  1. Lo que quiere decir, es que la historia del séptimo hombre es en verdad una realidad?

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    1. Bienvenido a este espacio, Javier, y gracias por dejar tu comentario. He de decirte que no me queda clara tu duda: ¿te refieres al significado global del cuento o al sentido del título, que tan enigmático resulta? En cualquier caso, te diré que, en el mundo de Murakami, todo es posible, y lo más inaudito puede convertirse en realidad. Es un don especial que posee este narrador: el de conseguir que los lectores entremos sin vacilar en sus singulares ficciones.

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