sábado, 3 de diciembre de 2011

LOS CUADROS DE NOVIEMBRE


La soledad del pintor belga Paul Delvaux (1897-1994). No hay nada declaradamente surrealista en esta escena, y sin embargo todo en ella nos produce la inquietud de los sueños: la estación vacía, la luna llena asomando entre los cables, las ventanas iluminadas a la derecha y la misteriosa figura femenina de melena rubia y abrigo rojo que nos da la espalda. El cuadro rezuma la melancolía de esas estaciones desiertas que dejamos atrás cuando viajamos en tren por la noche. Tal vez es la simple consecuencia de la fascinación que el pequeño Delvaux sintió cuando vio los primeros tranvías eléctricos en Bruselas, y que le acompañó toda la vida. Os invito a hacer una prueba: mirad fijamente el andén empedrado que se abre a los pies de la protagonista y se escapa hacia el horizonte. Apenas unos segundos, y la perspectiva vertiginosa os habrá llevado al interior del cuadro, dentro del sueño.

A finales del siglo XV, el maestro japonés Sesshū Tōyō (1420-1506) pinta sobre seda este maravilloso Haboku-Sansui o Paisaje con tinta rota. Con su espontaneidad y su libertad técnica, este artista parece volar sobre siglos de evolución de la pintura, planear sobre los impresionistas y plantarse casi en la abstracción.  Unas manchas de tinta sobre una tela, y tenemos frente a nuestros ojos, plasmados con extraordinario dinamismo, un árbol, unos matorrales, tal vez la orilla de un lago, unas montañas que se alzan a lo lejos rodeadas por la niebla. Además de la inmensa capacidad de sugerencia de lo que no está terminado, de lo que el pintor esboza para que el espectador complete con su imaginación.


En Mujeres peinándose, el pintor mexicano Diego Rivera (1886-1957) nos presenta una escena en la que las protagonistas humanas apenas se distinguen del medio natural que las envuelve. Terrosas como el suelo, sólidas y macizas como las montañas que se elevan en el horizonte, estas dos mujeres sin rostro parecen llevar siglos aposentadas en lo alto de la ladera, dando la espalda al espectador, abstraídas en la mecánica labor de peinar en dos trenzas una negrísima cabellera. Incluso la falda de una de ellas tiene el mismo diseño de rayas que los campos de labranza que se abren a sus pies. Es un cuadro que invita al silencio y a la contemplación lenta, demorada, a convertirse en una pieza más de esa comunión perfecta entre el paisaje y los seres humanos que lo habitan.

El pintor holandés afincado en Gran Bretaña Lawrence Alma Tadema (1836-1912) alcanzó la celebridad creando con factura impecable suntuosas evocaciones de la antigüedad clásica. Pero el que quiera encontrar su lado más entrañable debe buscar en sus pinturas familiares, como este Retrato de Anna Alma Tadema, en el que inmortaliza a la menor de sus dos hijas. La pequeña Anna, que había quedado huérfana de madre a muy corta edad (igual que le sucedió en su momento al propio pintor), aparece posando con su torpeza de niña tímida, sujetando un jarrón de flores tal como sin duda le ha solicitado su padre, y clavando en este la mirada expectante e insegura del que necesita una inmediata aprobación. Alma Tadema despliega en este cuadro familiar toda la depurada técnica de la que hace gala en sus grandes composiciones: el juego de luces y sombras del fondo, el tratamiento de la piel infantil, la textura del vestido estampado y de la banda gris de raso que brilla en la cintura de la modelo. Un increíble alarde formal para arropar a esta tierna muchachita que no se siente cómoda del todo en su papel de modelo y que, después de tantos años, sigue preguntándonos con la mirada si lo está haciendo bien.

1 comentario:

  1. Estimada Beatriz,

    He mirado tu perfil y veo que no has dejado tu correo electrónico.
    Me gustaría preguntarte algo sobre libros en privado, te dejo aquí mi correo, por si te apetece escribirme:

    florromerocarlos@gamil.com

    Saludos,
    Carlos.

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