miércoles, 21 de diciembre de 2011

LECTURAS DEL PASADO OTOÑO

Leo en la página web del Ministerio de Fomento que el inicio astronómico del invierno de 2011 en el hemisferio norte se producirá el 22 de diciembre a las 6:30, hora oficial peninsular. Va a ser, al parecer, el invierno más corto desde hace algunos siglos: durará exactamente 88 días y 23 horas. Me pregunto cuántas lecturas cabrán en ese periodo de tiempo. De momento, hago recuento de las que han tenido cabida en este otoño –no sé si especialmente largo o breve- que está a punto de acabar. En mi percepción subjetiva y acientífica, llevo varias mañanas rascando el hielo del parabrisas del coche y sintiendo al abandonar el portal un frío vivificador que me despierta de inmediato. Para mí, el invierno lleva ya unos días entre nosotros.                                 

En una Edad Media indeterminada y remota, en un reino salvaje poblado de bosques y aislado de la estepa exterior por un mar de dunas, nace el protagonista y narrador de La torre vigía de Ana María Matute. Él mismo será el encargado de llevarnos de la mano por sus primeros años, presentándonos a los nada afectuosos miembros de su familia, a los guerreros que forman la corte de su padre, a los campesinos que se desloman a trabajar y se divierten también como animales. Para los que amamos el universo de los libros de caballerías es una bendición que esta gran escritora decidiera traerlo a una perspectiva más cercana y accesible gracias a la deslumbrante limpieza de su lenguaje, que creara este mundo a la vez mágico y de un realismo implacable. El caballero niño que nos cuenta sus andanzas iniciales, sus torpezas y encontronazos con el día a día, tiene mucho de los protagonistas de las novelas clásicas, que transmitían al lector de primera mano la descarnada lección del aprendizaje de la vida.

Termino esta novela extraña, visionaria, fragmentaria, y me quedo por encima de todo con la belleza de sus imágenes: las que crean en mi mente las descripciones de los paisajes en que transcurre la trama y las que pueblan el lenguaje rico, sonoro, deslumbrante, de Ana María Matute. Dentro de unos años, recordaré seguramente las estepas atravesadas por jinetes salvajes, en carreras desenfrenadas y sin rumbo; al extraño vigía encaramado en su torre, oteando un horizonte que no se sabe si está en su mismo interior; la fisonomía y el espíritu indomables del protagonista, el muchacho ágil de pelambrera revuelta y casi incolora de puro clara. Y, por encima de todo, los caballos. Me quedo en especial con esta preciosa imagen de la soledad del personaje narrador: “Durante todo el día siguiente creí ver galopando, ante mis ojos, a mi propia tristeza. Parecía un torpe e inexperto corcel que por primera vez había perdido su jinete y no sabía hacia dónde dirigir sus pasos”.
 
Aunque soy una incansable devoradora de historias, me entra de vez en cuando el irrefrenable impulso de hacer una pausa en tanta vorágine de vidas contadas para leer poesía. Por ello estoy ahora inmersa en la lírica japonesa y su intensa glorificación del momento presente gracias a El libro del haiku, antología de textos seleccionados y traducidos por Alberto Silva. La nube que tapa un instante la luna, la magia del copo de nieve al tocar la hierba, el dibujo de las aves surcando el horizonte, son desde hace días mis compañeros. Por cierto: este afán por la lírica me asaltó el pasado día 6, el mismo en que la Academia Sueca otorgó el Nobel de Literatura al poeta Tomas Tranströmer. ¿Será contagiosa, esta necesidad de leer poesía?

Le quedaba poco tiempo de vida a Stefan Zweig cuando en 1941 escribió esta breve, intensa, impactante Novela de ajedrez. En ella parte de un planteamiento muy habitual en sus relatos y en los de su época: el narrador, un simple trasmisor de la historia del que apenas llegamos a saber nada, conoce a un individuo peculiar con el que traba contacto y que le cuenta su vida. Y así se despliega ante sus ojos –y de rebote, ante los nuestros- la concisa y estremecedora historia del hombre que aprendió a jugar al ajedrez para huir de los horrores del nazismo. Dar tanto en tan pocas páginas es algo reservado a los maestros. Un año más tarde, en 1942, el mismo Zweig se suicidó por temor a que el nazismo se extendiera por todo el mundo. Él no encontró, como su protagonista, una válvula de escape frente a la insoportable realidad.

Tras contarnos las historias del noble reducido a una de sus mitades en El vizconde demediado y del muchacho que habita en los árboles en El barón rampante, Italo Calvino se escapa a una Edad Media remota, mítica y disparatada para narrarnos el caso del perfecto caballero, el que cumple con precisión todas las normas de la orden de caballería, el más valiente en las batallas, el más pulcro y pundonoroso en tiempo de paz. El único problema de este modelo de caballeros es que no existe: su presencia se reduce a la de una impoluta armadura vacía. El caballero inexistente se puede leer en varias claves, como una reflexión sobre la identidad, como una parodia de los relatos del círculo de Carlomagno o simplemente como una extravagante y divertidísima fábula llena de locos avatares. Yo me quedo con la entrañable imagen de Agilulfo, el protagonista, manteniendo con singular empeño la ilusión de que puede participar en las mismas actividades que sus compañeros, elegantemente sentado a la mesa de un banquete y partiendo con precisión los bocados de un manjar que no podrá comerse.

Hace cuatro siglos, Lope de Vega escribió los catorce versos de un soneto explicando las dificultades que encontraba para crear dicha composición: algo muy propio del brillante ingenio capaz de revolucionar el teatro de su época. En pleno siglo XXI, el escritor vasco Kirmen Uribe se propone el experimento de crear una novela contando el proceso de construcción de la misma novela. Surge así Bilbao-New York-Bilbao. Al hilo de los esfuerzos del autor por encontrar un inicio que atrape al lector, por estructurar el contenido, por hablar con personas que le presten sus historias, se narra la vida de tres generaciones de la familia del propio Uribe, entrelazada con anécdotas de otros muchos personajes que compartieron su entorno y su época. El mismo escritor destripa en una de sus páginas el mecanismo de construcción de su obra: “…pensé que yo debía mostrar lo que hay detrás de una novela, enseñar todos los pasos que se dan a la hora de escribirla. Las dudas, las incertidumbres. Pero la propia novela no aparecería en la novela”. Lo curioso es que la intención del novelista no es la de deslumbrar con la originalidad, sino la de crear un ambiente distendido en el que la memoria va y viene, recupera historias lejanas, asocia anécdotas con el libre discurrir del que no tiene la responsabilidad de estar creando una obra cerrada. El resultado tiene el carácter evocador, entrañable, de esas charlas que hermanan a completos desconocidos durante un tiempo, como la que sostiene el narrador con su vecina de asiento en el avión que le conduce físicamente de Bilbao a Nueva York y, mentalmente, del futuro representado por la gran metrópoli al pasado de sus raíces vascas.

La trama de Cortafuegos parte de un planteamiento inquietante en grado sumo: una violenta agresión hacia un desconocido por parte de dos jovencitas, una de ellas casi una niña, que reconocen su crimen sin dudar, sin dar motivos claros y sin mostrar el más mínimo arrepentimiento ni compasión hacia la víctima. Ante el inspector Wallander y sus compañeros de tarea se abre un abismo al que produce vértigo asomarse. ¿Es posible la maldad gratuita, en estado puro, en seres tan jóvenes? ¿Qué está ocurriendo en una sociedad que produce semejantes monstruos? Se inicia así un peregrinaje por una investigación complicada y oscura, de la mano de un Wallander cada vez más vulnerable y solitario, por una sucesión de extraños sucesos conectados entre sí pero a los que lector y personaje son incapaces de otorgar un sentido unitario. La intriga criminal se manifiesta, en definitiva, tan compleja e incomprensible como la crueldad de las jóvenes protagonistas.

Gjorg tiene veintiséis años y una vida llena de posibilidades por delante cuando su padre le exige que tome venganza de la muerte de su hermano. No se trata de una simple obligación familiar: sobre el joven protagonista de Abril quebrado, de Ismaíl Kadaré, se deja caer en ese momento el demoledor peso del Kanun, el rígido y brutal código que rige desde tiempos inmemoriales la vida y la muerte de los montañeses de Albania. Varias generaciones de su familia han vivido desde setenta años atrás aplastadas por la inevitable obligación de convertirse en víctimas o verdugos, en una imparable cadena de muertes por honor. Ahora el curso de la vida de Gjorg queda bárbaramente interrumpido, como ese mes de abril en el que transcurre la acción y que da título a la novela.

Subtitulado El pequeño gran libro del aquí y ahora, esta preciosa antología realiza un recorrido desde los maestros del haiku clásico hasta sus recreadores de tiempos modernos. Todo ello, acompañado por delicadas ilustraciones de inspiración japonesa. Partimos del gran Basho, aquel que dijo que “Haiku es lo que está sucediendo en este lugar y en este momento”, y llegamos a las voces contemporáneas de autores como Benedetti, Jack Kerouac y Octavio Paz. De este último selecciono esta pequeña maravilla:

Sobre la arena
escritura de pájaros:
memorias del viento.

Yo ya sabía que Murakami me gustaba como novelista. Leyendo este libro de hermoso y sorprendente título –como todos los suyos-, estoy descubriendo que me gusta más aún como autor de cuentos. La absoluta libertad que concede al escritor la sucesión de historias distintas cuadra muy bien con la imaginativa, original y con frecuencia desconcertante visión de este autor que, cada vez me convenzo más, solo se parece a sí mismo. Afirma Murakami en el prólogo de Sauce ciego, mujer dormida que para él escribir novelas es un reto; escribir cuentos, un placer. Se nota mucho que ha disfrutado creando las historias que componen este volumen: historias divertidas algunas, inquietantes y hasta aterradoras varias, sugerentes todas. Es una delicia para el lector descubrir los pequeños guiños que el cuentista, tal vez no conscientemente, se lanza a sí mismo: los temas que aparecen de forma recurrente, los elementos de un relato que parecen haberse colado en otro, y la casi perpetua presencia de esa voz que narra en primera persona y que, inevitablemente, identificamos con la del autor.

2 comentarios:

  1. Uno de tantos regalos que me has hecho este año, Bea, ha sido el descubrimiento de "Partida de ajedrez", que tan amablemente me prestó Lola. El concepto de regalo, tal y como me lo explicó mi querido y ya desaparecido primer jefe, se cumple aquí en toda su extensión. Dar a alguien a quien aprecias algo que de no ser por tu intervención no tendría. Ahora vienen días de invierno y quietud, en los que disfrutaré de este blog leyendo y releyendo, mirando, abriendo los regalos constantes que me ofrece.

    ResponderEliminar
  2. No estoy muy segura de quién ha hecho el regalo a quién. Pocas cosas me gustan más que poner en contacto a un lector con un libro que le pueda aportar algo. Es una corriente de comunicación que se extiende, una gran red que nos va envolviendo a todos, autores y lectores, y que nos conforta al darnos la certeza de que tenemos mucho en común, de que estamos acompañados.

    ResponderEliminar