domingo, 27 de noviembre de 2011

POLIZONES, BUMERANES Y DEMÁS PESADILLAS DEL ESCRITOR

Hace unos días, recibí un correo electrónico de una antigua compañera que además de dedicarse a la enseñanza es escritora. El motivo era ciertamente alegre: me anunciaba que ya estaban en su poder los primeros ejemplares de su última novela. En medio de su satisfacción y alivio (el libro impreso es la materialización de un proceso largo y lleno de exigencias, no siempre literarias), me comentaba con resignación que al hojear un ejemplar se había encontrado con algunas erratas y que le había dado mucha rabia. Me sentí de inmediato solidaria y arrugué la nariz como si me hubieran mencionado algún insecto de aspecto repugnante. Fue una reacción instintiva, y creo que pocos de los que bregamos con las letras podríamos sustraernos a ella.

Son la pesadilla de cualquier escritor: esos pequeños polizones sigilosos que se cuelan frente a nuestros ojos, sin que seamos capaces de interceptarles el paso, y que esperan a manifestarse abiertamente cuando estamos en alta mar, con el libro impreso en nuestras manos, y ya es imposible desalojarlos. Entonces aumentan de tamaño y brillan en todo su esplendor, y parece increíble que nos hayan pasado desapercibidos: el signo de puntuación descolocado, las palabras contiguas que se han zampado la pausa entre ellas, el determinante que se dio a la fuga, los puntos suspensivos que se convirtieron en cuatro, la letra m a la que un dedo torpe sustituyó por su vecina de teclado la n. Es indudable que se pueden tomar medidas contra estos indeseables intrusos, y que la relectura y la colaboración de otro par de ojos que se enfrente al texto sin conocerlo son instrumentos eficaces. Aun así, no nos engañemos: algunos consiguen escapar a nuestra vigilancia y logran zarpar ocultos en la bodega del barco. Nuestra única esperanza para hacerles frente es confiar en que el lector sea víctima de la misma ilusión que nosotros, y que lea no lo que efectivamente pone en la página impresa, sino lo que el sentido común dicta, lo que en realidad quisimos poner. Hace unas semanas releí mi novela Alguien aguarda en el sueño, y al terminar me acordé de que una lectora atenta me había advertido de la presencia de una errata, que yo había vuelto a pasar por alto. Está claro que de nuevo había caído en el espejismo del autor, que hace caso omiso de lo que ven sus ojos y lee lo que cree haber escrito.

El domingo pasado, casi el mismo día en que recibí el mensaje al que me refería al comienzo de esta entrada, oí en la radio una entrevista con el escritor y director de cine Gonzalo Suárez. Resulta que, tras un silencio editorial de años, estos días han llegado simultáneamente a las librerías dos obras suyas, una novela y un libro de cuentos. Con ese motivo, repasaba Suárez su carrera de hombre de letras, y evocaba con mucho humor otra de las pesadillas de las que solo se libran los autores más afortunados: el momento en que la editorial devuelve los ejemplares que prevé que no se van a vender. Es un trance que suele hacerse con delicadeza y los correspondientes eufemismos, pero el caso es que uno recibe una serie de cajas que albergan los pensamientos, reflexiones y esfuerzos de meses, y lo que es peor y más doloroso, las criaturas que inventamos a imitación de seres de carne y hueso que conocimos, las historias que trazamos a base de recuerdos y de experiencias, los pedazos de alma y de vida que hemos camuflado mínimamente antes de exhibirlos frente al mundo, y que regresan ahora a casa, apilados en cajas de cartón, porque nadie los ha querido. Son mensajes que lanzamos al exterior en su momento y que vuelven a nosotros tiempo después con impulso imparable, como bumeranes, que a veces no acertamos a parar con tino y nos golpean.

Pero no nos pongamos trágicos: Gonzalo Suárez no lo hizo. Con gracia y humildad, contó en la entrevista cómo, al comienzo de su carrera literaria, una serie de librerías devolvieron ochenta ejemplares de su libro de cuentos De cuerpo presente, ante la imposibilidad de venderlos. Lo curioso fue que, al contarlos, el escritor se encontró con que habían regresado ochenta y uno: había un ejemplar más de los que se habían distribuido. Quién habría lanzado de vuelta ese bumerán extra. El entonces joven Gonzalo tuvo, sin duda, un buen motivo para meditar, e incluso para sonreír, mientras desembalaba los libros.

6 comentarios:

  1. Hace días que terminé de leer "Alguien aguarda en el sueño" y me encantó. Me pregunto de dónde viene todo lo que escribes, cómo consigues plasmarlo así. La verdad es que me ha impresionado de principio a fin. Me ha parecido un retrato de la soledad estremecedor, aparte de todo lo demás. Muchas gracias Bea, siempre.

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  2. Me encanta ver cómo cada lector destaca un aspecto distinto de un mismo libro. Tú pones por encima de todo el retrato de la soledad; otros se han dejado llevar más por el componente onírico, por la angustia, por la inquietud. Va a tener razón Ana María Matute -oí la cita ayer en la radio- cuando dice que "nunca nadie lee el mismo libro". Gracias a ti, Confidente fiel. Lectores como tú son los que compensan a un escritor de sus múltiples pesadillas.

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  3. Sí que debe ser verdad que cada persona lee un libro diferente, porque cada uno pone algo suyo cuando lee, su disposición, su estado de ánimo, sus temores. Todas estas cosas que afloran libremente en los sueños. Para mí es especialmente terrible la soledad, pero entendida como aquel estado del espíritu independiente de las circunstancias de las personas. Esa forma de soledad que, como el miedo, cuando se desata va por libre y lo cambia todo con su furia y su ansia de aniquilación. Por cierto, Bea, yo cuando sueño soy siempre joven, creo que no llego a veinticinco años. Esa es la mejor parte, sin duda.

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  4. No solo cada persona lee un libro diferente, sino que la misma persona lee un libro distinto según la época de su vida en que se acerque a él. Por eso es tan apasionante la experiencia de la relectura: vuelves a tomar contacto con un texto, pero también tienes una perspectiva privilegiada de tu propia evolución en el tiempo que ha pasado desde que lo leíste la anterior vez.

    Me ha dado mucho que pensar lo que dices sobre la soledad: yo, que soy una persona muy independiente y con una notoria tendencia al ensimismamiento, no paro de escribir sobre ella. Será que, en el fondo, a mí también me da terror.

    Lo que cuentas de tus sueños y de que en ellos siempre eres joven es precioso. Yo cuando sueño suelo conservar la misma edad que en la vigilia, aunque recuerdo una vez en que me soñé niño (sí, niño en masculino, no niña) y otra en que me vi a mí misma de anciana. Guardo una imagen muy vívida de este último sueño; tengo una gran curiosidad por saber si, con el tiempo, llegaré a ser como me vi en él.

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  5. Es inquietante verse en el sueño como anciana, a mí no me ha pasado nunca, pero sí que sueño con mis abuelas. Siempre he pensado que soy una mezcla de las dos y a medida que me voy haciendo mayor estoy más convencida de ello. Yo no sé como serás tú de anciana, Bea. Pero te imagino visitando museos y leyendo en parques y cafeterías, mientras observas la vida con calma y sin hacerte notar, y escribiendo mucho. Te conocí hace tres años en el instituto y el primer año no sabía nada de tí, el segundo te admiré y ahora te admiro y te quiero a partes iguales.

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  6. Es curioso, Confidente fiel, que seamos tantos los que nos reconocemos en el carácter o en el físico de nuestros abuelos. ¿Será que a nuestros padres los tenemos demasiado cerca como para apreciar el parecido?

    Me gusta mucho la visión que das de mi posible vejez. Escribir mucho.. qué sueño. Supongo que tendré que salir de la vorágine del trabajo (que tantos motivos de inspiración me da, por otra parte) para alcanzar la serenidad necesaria.

    Gracias por tus constantes comentarios, inteligentes y cálidos. En estos días en que está a punto de cumplirse el primer aniversario de este blog, estoy haciendo balance y me doy cuenta de que tu presencia constante en él es una de las cosas que más valioso lo hacen para mí.

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