martes, 4 de octubre de 2011

NADIE ACABARÁ CON LOS LIBROS

Dos gloriosos octogenarios se reúnen a departir larga y amistosamente. Uno de ellos es semiólogo, escritor y apasionado coleccionista de libros; el otro, guionista de cine, dramaturgo y también bibliófilo. Son Umberto Eco y Jean-Claude Carrière, y el tema de su larga charla no podía ser otro que el de los libros. Su origen y evolución, sus ventajas frente a otros formatos, su belleza y atractivo, la posibilidad de su desaparición. Todo ello, salpicado por infinitas anécdotas sacadas del fondo de la memoria –y de las estanterías- de estos dos hombres de letras y no solo de letras, constituye la columna vertebral de Nadie acabará con los libros. La charla es moderada por el ensayista y editor Jean-Phillipe de Tonnac, que sigue atentamente el hilo del discurso de ambos interlocutores y que de repente, cuando parece que la conversación corre el riesgo de languidecer, sale de su discreto segundo plano para lanzar el jugoso anzuelo de un nuevo tema que reavive la discusión.


A mí me gusta imaginar a estos dos intelectuales arropados por el acogedor entorno de sus impresionantes bibliotecas, saltando mágicamente de una a otra, de Italia a Francia y viceversa, al hilo de su conversación. Me gusta creer que de pronto se han levantado de sus cómodos sillones para rebuscar en un estante hasta dar con el volumen adecuado, el que les ha refrescado la memoria con un dato concreto o un detalle olvidado y les ha permitido seguir adelante en este largo homenaje a la palabra escrita. Son innumerables las historias hermosas y encantadoras, curiosas y sorprendentes, que pueblan las páginas de este libro. Como la del encuadernador persa que trabajaba en Bagdad en el siglo X y que, llevado por su interés hacia las obras que pasaban por su taller, se las leía todas y las resumía brevemente en unas reseñas que es lo único que se ha conservado de todos esos libros que se han perdido con el paso del tiempo y de los que solo tenemos noticia gracias a la paciente labor de este hombre minucioso. O la del escritor francés Restif de la Bretonne, que cada noche recorría las calles del París revolucionario y escribía un testimonio novelado que imprimía a la mañana siguiente en su propia imprenta, con una inmediatez precursora de Internet. O la de la directora de los Archivos Nacionales de París, que llevada por una corazonada detuvo un camión cargado de documentos para reciclar y descubrió entre el material destinado a la destrucción uno de los escasos carteles anunciadores de la gira por provincias de la compañía teatral de Molière. Hay también preciosas anécdotas personales, como la que cuenta Umberto Eco cuando, rememorando sus años universitarios, recuerda cómo un empleado del teatro municipal de Turín le dejaba entrar a ver los espectáculos por un módico precio; el problema era el horario de cierre del colegio mayor, que le obligaba a marcharse siempre del teatro antes del final de las obras. Con el tiempo, Eco conoció a un antiguo acomodador teatral que durante años entró a ver los espectáculos un cuarto de hora después de alzarse el telón, cuando todos los espectadores ocupaban sus asientos. La amistad entre ambos fue muy fructífera: eran dos grandes conocedores de obras teatrales, pero a uno le faltaban los finales y al otro los principios. Ni que decir tiene que se compensaron mutuamente contándose lo que cada cual desconocía. Curiosidades, rarezas, casualidades, labores calladas, excentricidades, azares sorprendentes. Y también reflexiones agudas, finos análisis del devenir de la cultura y de las tendencias de la sociedad actual: todo eso contiene este libro fácil de leer y que produce la irresistible tentación de la relectura. Sería muy ilustrativo poder mostraros aquí mi ejemplar: lo veríais lleno de notas adhesivas que marcan pasajes a los que me parece obligatorio regresar, tarde o temprano.

Hay un cuarto colaborador en la creación de Nadie acabará con los libros, el único que no se sirve de las palabras. Se trata del fotógrafo André Kertész, cuyas imágenes relacionadas con la lectura salpican y embellecen las páginas de este libro. Él nos muestra a personas de todas las edades y condiciones, leyendo concentrada y amorosamente, en las circunstancias y lugares más variados. Es una delicia añadida. Pero ese es un tema que se merece una entrada aparte en este blog.

Una última cuestión: durante todo el tiempo que ha durado mi lectura, he tenido la sensación de que a Jorge Luis Borges le habría gustado participar en esta charla. Para mi solaz, en un momento de la conversación, Jean-Claude Carrière cuenta una encantadora anécdota sobre el escritor argentino. Recibió Carrière la visita de Borges en su casa de París cuando acababa de comprarla y reinaba en ella un gran desorden. El anfitrión se disculpó por el caos frente a su ilustre visitante, quien, con perfecta naturalidad, le contestó: “Sí, entiendo. Es un borrador”. Evidentemente, el maestro argentino vivía él mismo inmerso en ese gran libro que era para él la realidad.

6 comentarios:

  1. He escrito de forma diferente cinco comentarios a este maravillosos texto y me ha sido imposible publicarlos, no se por qué extraño capricho del japones que mo ordenador tiene dentro y que me martiriza una y otra vez y me castiga por mi falta de previsión porque escribo directamente y no guardo antes de intentar colgarlo.
    Vamos con el sexto. Desde que lo leí por vez primera me impresionó, casi siempre me impresiona lo que escribes, pero es que me despertó la necesidad casi física de tener el libro en mis manos, de acariciarlo y de centrarme en él. Es curioso como puedes despertar en los que te leen el amor por los libros, por ciertos libros especialmente. Me acerqué a unos grandes almacenes el domingo (no había podido disponer de tiempo antes), y ... no lo tenían. Esperaré. Lola

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  2. Me encanta, Lola, la idea del pequeño japonés que vive dentro de tu ordenador y decide lo que puedes y lo que no puedes hacer. El mío, por cuestión de su marca, debe de tener dentro un holandés, igual de imprevisible que tu pequeño geniecillo nipón.

    El libro de Eco y Carrière no es muy fácil de encontrar; el otro día anduve curioseando en las estanterías de la Casa del Libro y comprobé que no lo tenían. Creo que nunca habría dado con él de no ser por un amigo que tuvo el acierto de presentármelo. ¿No es maravilloso, este encadenamiento de recomendaciones que desemboca en unas irrefrenables ganas de leer?

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  3. Lo acabo de terminar de leer, cuando leí la entrada me dí a la tarea de buscarlo. Y me encantó!! me gusta todas esas referencias que da y que te permite echarte un buen clavado en la historia del libro. Si tuviera mucho dinero (o mucha suerte como ambos escritores) seguramente tendría algún incunable. Te platico que inclusive en mi búsqueda me enteré que la Biblioteca Palafoxina en la ciudad de Puebla México tenía 9 incunables, así que agarré mi mochila y entré con todo el conocimientos, que ya me había brindado el libro, pidiendo ver los 9 libros. Y, pues no me dejaron verlos, solo si fuera un presidente de México o un diplomático del extranjero. Les dije que ellos seguramente no estarían interesados en verlos y seguramente no sabrían de su existencia, que bien podrían hacer una excepción por todas esas visitas no realizables de políticos, ya te imaginarás su respuesta :( Es triste saber que existen y no poder verlos.
    Gracias por la extraordinario sugerencia.
    Crees alguna vez venir a México?
    Angélica

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    1. ¡Cómo me gusta esta escena que me cuentas, Angélica! Me imagino la cara de estupor del vigilante-funcionario-celoso-guardián-de-tesoros-bibliográficos, ante la visitante pertinaz que se empeña en ver unos incunables reservados a altos dignatarios que tal vez ignoran hasta lo que es un incunable. Me habría encantado estar presente. Y me alegro de que te haya gustado el libro de Ecco y Carrière. Fue una recomendación de un amigo, y yo a mi vez se lo aconsejo a cuanto amante de los libros conozco. Y sí, por supuesto que pienso ir alguna vez a México. Sería imperdonable no hacerlo, después de lo mucho que mi madre me ha hablado del viaje que realizó por allí, hace ya unos cuantos años. Solo es cuestión de que se me presente la ocasión propicia...

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  4. Feliz de que estuvieras ahí, seguramente hubieras encontrado un argumento tan válido que los hubieras dejado mudos sin mas opción que dejarnos pasar!Ojalá vinieras a presentar tus libros!!

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    1. Te aseguro que me habría encantado estar, y no porque confíe en mi elocuencia para convencer a nadie, sino porque he buscado imágenes de la Biblioteca Palafoxiana en Internet y me ha dejado impresionada. ¡Qué cosa tan bella! ¿A cuántas de esas increíbles salas permiten acceder al público? (Me refiero a la gente de a pie, no a dignatarios y diplomáticos.) Ya ves: un motivo más para visitar México.

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