sábado, 1 de octubre de 2011

LOS CUADROS DE SEPTIEMBRE

El encargo estaba claro: había que inmortalizar a Giovanni, uno de los vástagos de la todopoderosa familia Médicis, en una imagen que hiciera justicia a su elevada posición social. Pero resultó que el modelo tenía solo dos años. El pintor italiano Bronzino (1503-1572) dispone sobre un fondo neutro al modelo ataviado con un lujoso traje rojo que es el símbolo de su estatus, le coloca un jilguero en la mano y realiza el más encantador y espontáneo retrato infantil de su tiempo. Confieso que la primera vez que lo vi temí por la suerte del pajarillo, pero en seguida me convencí de que las intenciones de este gordito jovial son inofensivas. En la Galería de los Uffizi lo tienen expuesto en una sala pequeña y abarrotada de pinturas; con frecuencia hay que hacer cola para pasar frente a este cuadro y los que lo rodean. En todas mis visitas he esperado turno pacientemente para saludar al pequeño Giovanni, que tiene la virtud de hacerme reír siempre. Eso, me parece a mí, compensa de cualquier espera.

Según la leyenda, el amor entre el dios Apolo y el joven Jacinto termina con un trágico accidente, cuando el disco con el que están jugando golpea al muchacho y le causa la muerte. El pintor francés Jean Broc (1771-1850) refleja en La muerte de Jacinto a dios y mortal unidos en un amoroso abrazo, en lo que el espectador creería una escena feliz de no ser por el peso del cuerpo muerto del joven. El cuadro tiene una luz extraordinaria; pude verlo hace un par de años en una exposición, y mi sensación fue la de que en el muro se abría una ventana hacia un ámbito sobrenatural. Curiosamente, regresé al cabo de un tiempo y me encontré con que la pintura no estaba; en su lugar, un cartel anunciaba que había sido prestada a otro museo. Me quedé mirando el espacio vacío, fastidiada. Jacinto no estaba ya allí. Me acordé entonces del final del mito, en el que Apolo transforma a su amante en una flor, y me pareció una coincidencia curiosa. Tal vez esa pared en blanco en el lugar del cuadro era una peculiar forma de metamorfosis.

El pintor estadounidense Eastman Johnson (1824-1906) imagina a la mujer de un soldado contemplando desde lo alto de una colina la partida de su esposo a la guerra. El título original del cuadro, The girl I left behind me, es un verso de una canción que se hizo muy popular entre las tropas durante la Guerra de Secesión. Aunque no supiéramos lo que el artista quiere representar, captaríamos toda la intensidad de la escena en la mirada concentrada de esta casi niña que otea el horizonte, en las pinceladas violentas que conforman el cielo y en el viento que azota el cabello y las vestiduras de la muchacha. Un dato revelador: Eastman Johnson nunca puso a la venta esta obra, que a la muerte del artista estaba todavía en su poder. Tal vez el pintor no quiso que su protagonista se sintiera abandonada también por quien le había dado la vida.


Los amantes del pintor belga René Magritte (1898-1967). Hermosa metáfora de la lejanía de la persona amada, de la dificultad para acceder realmente al fondo de quien se encuentra más cerca de nosotros. Detallista, perturbador en sus detalles, realista dentro del tono de pesadilla de la escena, el pintor sitúa el beso entre los personajes velados en una extraña habitación cuya pared del fondo parece abrirse al infinito. No sabemos quién es el que está a nuestro lado, el mundo que nos rodea no es exactamente lo que creemos y puede en cualquier momento transformarse en algo distinto. Tampoco está muy clara nuestra propia identidad: nosotros mismos estamos también tapados por esa tela que nos separa de los demás y que, si nos miramos al espejo, nos impide ver nuestro propio rostro.

2 comentarios:

  1. definitivamente no puedo dejar de leerte. No sabes lo mucho que disfruto y lo más que aprendo. gracias.
    Angélica

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  2. Gracias a ti, Angélica. No imaginas el ánimo que me dan tus palabras. Que tengas un feliz 2012. Espero seguir viéndote por aquí en el año que está a punto de empezar.

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