miércoles, 17 de agosto de 2011

PAISAJES POR LA VENTANILLA

De niña me encantaba salir de viaje. Ya desde el momento de partir me sentía presa de una enorme felicidad: pegaba la nariz a la ventanilla del coche y devoraba el paisaje que iba pasando frente a mis ojos. Nunca fui de esos niños que acribillan a sus padres con apremiantes preguntas sobre lo que falta para llegar. Me cuentan que mi primer trayecto largo lo hice con meses, en un azaroso Madrid-Ginebra que mi familia tuvo el valor de afrontar a bordo de un Seat 600. Al parecer, me pasé el viaje dando saltos de alegría sentada sobre las rodillas de mi madre. Creo que esa primera experiencia me marcó. A mí el hecho de llegar al destino me interesa relativamente; qué auténtico regalo es el trayecto, ese paisaje continuo que se despliega, como un don de los dioses, al otro lado de la ventanilla.

He disfrutado enormemente este mes de julio asomada al privilegiado palco de mi ventanilla de autobús, recorriendo una buena porción de la Europa del Este. Supongo que a los que nos ha tocado conducir mucho nos encanta dejarnos llevar sin más preocupación que la de ir mirando pueblos, gentes, ciudades, ríos, montañas. En esta ocasión he tenido la oportunidad de contemplar paisajes bellísimos, de los que selecciono dos para esta entrada. El primero es el hermoso campo bosnio, con sus suaves lomas cubiertas de bosques, sus ríos caudalosos, sus mullidas praderas. Aunque hacer fotografías desde la ventanilla de un autocar es tarea compleja para los que nos mareamos con facilidad, conseguí obtener alguna imagen que le hiciera una mínima justicia a lo que estaba viendo. Os incluyo una a continuación: presenta el encanto añadido de ese cielo surcado de artísticos nubarrones que nos saludó en cuanto asomamos por la frontera y que nos alivió del calor pasado los días anteriores en Serbia.


El segundo paisaje al que me he referido antes se encuentra en Montenegro y responde al gráfico nombre de “Bocas de Kotor”. Se trata de una bahía gigantesca y accidentada, fruto del hundimiento del cañón de un río. En este caso disculparéis la ausencia de imágenes de mi cosecha; imaginad el autocar culebreando por las vueltas y revueltas de la carretera y a mí dividida entre el aprecio de las bellezas naturales y el miedo al mareo. 

Hubo un momento que recuerdo con especial viveza en esta parte del trayecto: la aparición en el centro de la bahía de dos pequeñas islas en las que apenas había espacio para un par de edificios. Imposibilitada como estaba para usar la cámara, le supliqué a mi compañera de asiento: “Por favor, por favor, saca una foto”. La petición me salió un tanto perentoria, no tanto por el mareo que me rondaba como porque aquella imagen me estaba produciendo un malestar inexplicable. Era una sensación del todo inoportuna: la excitación del viaje, la belleza del entorno, las risas de los que se bamboleaban intentando sacar fotos de pie en el pasillo del autocar, y de pronto a mí se me estaba removiendo algo por dentro. Mi compañera de asiento intentó complacerme pero no lo consiguió; las curvas, sin duda, se lo impidieron. No importa. Por fortuna, guardé un folleto turístico de Montenegro en el cual aparece la hermosa foto que acompaña estas líneas, que es precisamente la de la isla que más llamó mi atención y trajo inquietantes asociaciones a mi memoria. Es la isla de San Jorge, tan mínima que su superficie deja espacio apenas para un edificio y un conjunto de cipreses. Os preguntaréis seguramente dónde radica el malestar que tan bella imagen me produjo. Lo supe pasados los primeros instantes de desconcierto: la islita me había traído a la memoria el recuerdo de una inquietante serie de cuadros del pintor suizo Arnold Boecklin que responden al título La isla de los muertos. Quizá alguno de los que siguen el blog con asiduidad recuerden que incluí uno de ellos en la entrada Los cuadros de marzo. Boecklin repitió cinco veces a lo largo de su vida el motivo de la barquita que surca unas aguas quietas en dirección a una fantasmal isla ocupada por piedras y cipreses. El cuadro que comenté en su día fue pintado en 1883; incluyo ahora otra de las versiones, la realizada en 1886 y que se conserva en un museo de Leipzig.


A mí la visión de la isla de San Jorge desde mi ventanilla de autobús me trajo automáticamente el recuerdo de esta inquietante plasmación del viaje definitivo que nos aguarda a todos. Un dato curioso que he descubierto ya en casa, buscando información, y que me indica que no estaba desencaminada del todo: la diminuta isla de la bahía de Kotor alberga en su restringida superficie un monasterio benedictino y un cementerio.

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