domingo, 14 de agosto de 2011

MINIATURAS

No es necesario conocerme mucho para saber de mi gusto por todo lo pequeño. Me encanta observar a los niños, me enternecen los arbolitos cuando aún no tienen la fuerza de la planta adulta, puedo pasarme horas contemplando los juegos de un cachorro. Cuando estoy delante de una pintura, no es extraño que la atención se me desvíe hacia un detalle oculto en un rincón. Cuántos animalillos, cuántos objetos perdidos, cuántos gestos peculiares de manos y pies, pintados por los grandes maestros, he descubierto con esta costumbre mía de dejar vagar los ojos hacia lo que está en segundo plano. Nada me gusta más que encontrar viejos objetos que solo poseen valor sentimental. Me fijo siempre en los personajes secundarios de películas y obras de teatro, recuerdo con facilidad la anécdota sin importancia de la vida del personaje famoso, la historia menor que no se difundió porque solo afectó a sus protagonistas y no cambió el curso de la otra Historia, la de verdad, la que aparece en letras grandes en las portadas. Por eso me apetece hoy escribir esta entrada, construida a base de detalles, de objetos mínimos, de historias sin importancia que he ido almacenando en mi reciente y meteórico paso por tierras balcánicas.



El monasterio de Rila es, probablemente, el plato fuerte para el turista que se acerca a Bulgaria. No voy a incidir en las excelencias de su espectacular arquitectura, de su emplazamiento privilegiado, de la extraordinaria atmósfera que se respira en cuanto se traspasan sus muros; las guías turísticas lo hacen estupendamente bien. Lo que me interesa ahora contar es que ese gigantesco edificio alberga en su museo un pequeño tesoro que es un canto al infinito valor de lo diminuto. Se trata de una cruz tallada en madera de tilo por un monje llamado Rafael, que durante doce años se dedicó a labrar en ese fragmento de árbol una serie de mínimas escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, protagonizadas por figuritas que en ningún caso sobrepasan el tamaño de la uña de un dedo meñique. Yo en mi vida he visto nada igual: tanta delicadeza, semejante alarde de paciencia y habilidad. Habría querido estar horas contemplando –por supuesto, ayudada por mis gafas de lectura, aunque habría sido más útil una lupa-, la infinidad de pequeños personajes que pululaban por escenarios microscópicos, primorosamente labrados hasta el último detalle. Recuerdo, en especial, las diminutas lanzas de los soldados que flanqueaban la escena de la Pasión, o las barandillas del palacio de Herodes. Imaginad su grosor, si el mayor de los hombres o mujeres representados apenas alcanzaba unos milímetros de altura. Allí estuve, con la nariz pegada a la urna de cristal, hasta que me amenazaron con dejarme encerrada en el museo. Me encantaría incluir aquí una foto de la delicadísima obra, pero ni en su emplazamiento se permitía hacerlas ni he encontrado ninguna en la red. No descarto localizar alguna en un libro y añadirla más adelante a esta entrada, que se queda coja solo con mis palabras. Un último dato: el piadoso monje Rafael se dejó algo más que una docena de años de su vida en su trabajo, porque cuentan que al terminarlo perdió la vista. Nuestra guía local, que tenía un castellano estupendo, comentó al respecto: “Fue un sacrificio muy conmovedor”. No encuentro palabras más ajustadas para expresarlo. 

Ya he hablado en una entrada anterior del monasterio de Topola, en Serbia, y de la hermosa decoración de mosaicos de su iglesia de San Jorge. Quiero ahora comentar un detalle enternecedor, una pequeña historia, que yace oculta en una esquina de su cripta.


Si la palabra cripta tiene para nosotros inevitables connotaciones lúgubres, tal vez deberíamos denominar de otra forma a la cripta de Topola. El mismo deslumbrante colorido de los mosaicos de la iglesia se encierra en este sótano, atemperado por la luz de las lámparas que rompen a intervalos la oscuridad de los gruesos muros. La impresión que se tiene al visitarla es que todo ese mundo de colores sometido a un férreo control va a estallar de un momento a otro frente a nuestros ojos, y que tendremos que cerrarlos porque nos será imposible soportar su brillo. Como toda cripta, eso sí, está salpicada por tumbas, en este caso las de los miembros de la familia real serbia. Pero el observador curioso descubrirá que hay una tumba que se encuentra algo alejada de las demás, en la humilde discreción de un recodo junto a la escalera de entrada. La guía nos explicó la causa: cuando en 1945 murió la maestra que se había encargado de educar a los pequeños príncipes, se planteó el problema de dónde debían descansar sus restos. La mujer no tenía familia y había servido con gran fidelidad a sus señores; por otra parte, su condición plebeya hacía difícil su enterramiento entre las tumbas reales que pueblan el panteón. Finalmente, se llegó a una solución salomónica, la de enterrarla discretamente en una esquina de la cripta, no muy lejos de las tumbas de los niños a los que se encargó de enseñar en vida, y a los que, no me cabe la menor duda, seguirá vigilando amorosamente desde su rincón.

El tema de la guerra nos acompañó, claro, sobre todo en Bosnia. Nos guió allí una muchachita joven y desenvuelta, que hablaba un castellano con giros coloquiales y que nos dejó descolocadísimos al confesarse musulmana; no estamos acostumbrados, francamente, a que las hijas del Islam lleven tatuaje y piercing. Su maravilloso castellano lo había aprendido en Madrid, donde tuvo la suerte de ser enviada por su familia cuando tenía diez años, al comienzo de la guerra que dinamitó Yugoslavia. Está claro que la perspectiva de esta jovencita inquieta y moderna es la de alguien que no ha experimentado en propias carnes el horror de la guerra y la muerte de los más cercanos; aun así, los familiares y amigos que permanecieron en el país durante el conflicto le han transmitido una visión muy viva, que fue capaz de compartir con nosotros con terrible contundencia pero, a la vez, con la mirada esperanzada de quien cree firmemente en la posibilidad de la convivencia. Oírla fue todo un placer; un placer, eso sí, impresionante y con frecuencia estremecedor. En sintonía con el hilo conductor de esta entrada, selecciono de su largo discurso un detalle a la vez mínimo y enorme, capaz de recoger en su pequeñez toda la magnitud de la tremenda tragedia humana a la que se refiere. En los peores días del conflicto, los bosnios luchaban denodadamente por dar a su vida una apariencia de normalidad. Sus complicadas existencias estaban llenas de pequeños trucos para sustituir a las comodidades que hacía tiempo habían dejado de disfrutar. Por ejemplo, estaba el tema de la producción de calor. Había que calentarse, había que cocinar. Para ello, se quemaban todos los objetos de los que se podía prescindir, que es lo mismo que decir, en esa situación extrema, todos los objetos. Pero no se podía permitir el más mínimo desperdicio, así que estaba perfectamente reglamentado el uso que se daba a cada una de esas improvisadas fuentes de energía: el calor producido al quemar un zapato del número 44, por ejemplo, servía justo para hervir un huevo. Y así en todos los casos. No pude evitar preguntarme para qué serviría un zapato del número 40. Antes de abandonar este tema, la guía hizo una hermosa salvedad: los bosnios lo quemaban todo para calentarse, excepto los libros.

Dejo para el final hablar, una vez más, de las iglesias ortodoxas. A lo largo del recorrido visité tantas que me resulta ahora muy complicado poner en pie sus nombres y asociarlos con las imágenes que guardo en la memoria. Por el lugar que ocupa en el conjunto de las fotografías del viaje, deduzco que la que acompaña a estas líneas fue tomada en Montenegro, en un pequeño templo cuyo nombre no apunté y que ahora es imposible recuperar, a menos que acuda en mi ayuda alguna de mis compañeras de viaje, más cuidadosa y amante de los datos que yo. Lo que sí recuerdo con viveza es una curiosa costumbre que solo tuve oportunidad de contemplar en las iglesias búlgaras. La primera vez que la vi fue en el hermoso templo de Sveta Nedelya (cuyo nombre traducido es algo así como “Domingo Sagrado”), en Sofía. Había varios fieles rezando en su interior, acariciando repetidas veces los iconos en un gesto ritual, dejando billetes en la repisa al pie de las imágenes, sin cajetín ni sistema de seguridad alguno, en un gesto confiado que me pareció encantador. Pero lo más curioso sucedía en el centro de la nave. Una muchacha en silla de ruedas, flanqueada por dos mujeres con edad para ser su madre o su tía, estaba colocada frente a una mesa en la que se apoyaban dos venerables efigies de santos. Sobre la mesa había también un curioso bizcocho con superficie ondulada que la joven estaba procediendo a comerse, acompañado por un refresco. No pude contener mi curiosidad, y observé la escena a hurtadillas mientras paseaba por el templo. Cuando terminó la merienda, las mujeres recogieron los restos en una bolsa de plástico. Antes de salir, charlaron unos instantes con un sacerdote que había aparecido en algún momento en el interior de la iglesia. El sentido del extraño ritual se desveló en parte al día siguiente, cuando, al visitar la iglesia de Sveta Sofia, encontramos que en ella se estaba celebrando la misa de aniversario de un difunto. La escena era especialmente conmovedora: la ceremonia estaba presidida por un retrato en blanco y negro de un hombre, los asistentes estaban todos de pie, portando velas encendidas, y en posición preferente, sola en primera fila, estaba una anciana sentada en silla de ruedas, obviamente la viuda. La imagen me estremeció, en parte por la coincidencia con la de la chica inválida del día anterior, y me dediqué a husmear por una nave lateral, de espaldas a la ceremonia. Lo que descubrí allí fue realmente curioso: había una gran mesa sobre la que estaban dispuestas una serie de bandejitas con alimentos, cubiertas con plástico, como las que se entregan a los pasajeros de los aviones. A la salida, me dirigí a la guía y le pregunté por el sentido de todo aquello. Era una mujerona enérgica, de mirada terrible, que sudaba copiosamente bajo el sol estival pero que no dejó un solo detalle interesante por comentar, con su castellano fluido, de consonantes marcadísimas. Nos explicó que en las iglesias búlgaras es muy habitual acompañar las ceremonias con comida; es una manera de agasajar a los asistentes a un duelo, a un bautizo, a una boda. Estaba yo preguntándome qué celebración sería la que había llevado a la iglesia el día anterior a la jovencita inválida en tan parca compañía, cuando sucedió algo sorprendente. Nuestra enérgica y monumental guía bajó la voz y dijo, en un instante de confidencia que no se repitió en ningún otro momento del viaje, que ella lo había hecho hacía poco para conmemorar el aniversario de la muerte de sus padres. “Se me fueron los dos en seis meses”, añadió, como pensando en voz alta. Y fue como si aquella mujer enorme se volviera ella también, por unos segundos, pequeña.

1 comentario:

  1. Me aclara una compañera de viaje y amiga que la última imagen de esta entrada es la del iconostasio de la iglesia de San Lucas en la hermosa población montenegrina de Kotor. Es lo que tiene viajar en tan buena compañía; siempre hay alguien que acude en mi ayuda para subsanar las lagunas de mis apuntes de viaje, llenos de impresiones personales pero por completo carentes del rigor de los datos.

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