sábado, 27 de agosto de 2011

GATOS Y ESCRITORES (I)

No puedo renunciar al placer de verlos a todos juntos: reúno aquí las imágenes de escritores acompañados por sus amigos felinos que han desfilado por este blog desde comienzos del verano. Los hay (los autores) novelistas y poetas, realistas y fantásticos, refinados, irónicos, perversos, desesperados; los hay (los gatos) vulgares y de raza, misteriosos y avispados, sostenidos con cariño o dejados a su libre antojo entre los papeles de su dueño. La relación de hombres y mujeres de letras con los gatos es un tema que da para largo y tendido. De hecho, ya os lo habréis figurado por la numeración junto al título: continuará.


El gran Julio Cortázar con su gato, bautizado como Teodoro W. Adorno en honor del filósofo alemán. No sabemos más de este minino atigrado que mira en lontananza, pero es inevitable imaginarlo tan juguetón como su dueño. De hecho, tengo la impresión de que su seriedad es absolutamente fingida.



Una joven y fascinante Patricia Highsmith sostiene en brazos a su gato en una de las múltiples imágenes similares que conservamos de la escritora. Como puede comprobar el espectador, dueña y felino poseían la misma mirada misteriosa.




Varias décadas después, Patricia Highsmith ha creado a su inolvidable Mr. Ripley y ha hecho sufrir a miles de lectores con sus opresivas tramas de intriga y suspense, pero posa para la fotografía con un gato siamés idéntico al de la imagen anterior. Por un instante, experimentamos la ilusión de que el tiempo no ha pasado igual para todos.



Socarrón, sonriente, satisfecho: así posa ante la cámara Truman Capote abrazando a su gato. Como dicen que a menudo ocurre con los amos y sus mascotas, el creador de la genial A sangre fría y su compañero felino guardan un cierto parecido.




Una jovencísima Sylvia Plath sonríe al fotógrafo acompañada por su hermano Warren y por un amigo felino. Lejos quedan aún los días de su desengaño en el campo de la poesía, de su tormentosa relación con el poeta Ted Hughes y de su suicidio, a los treinta años.



Este gato de la escritora francesa Colette parece haber rebasado ampliamente su papel de mascota. Según el grado de imaginación de cada uno, se podría afirmar que hace de pisapapeles, de interlocutor, de celoso guardián de las horas de trabajo de su ama. Visto su gesto de concentración, yo diría que algo tiene que ver con la invención de las tramas de su –me resisto a llamarla dueña-  compañera humana.


Un paso más allá: la mano que escribe es –dicen- de la novelista Colette. Ignoramos el nombre del protagonista felino de la fotografía. Lo que está claro es que, en este caso, la escritura es cosa de dos.

4 comentarios:

  1. JAJAJAJA! MUY BUENA ENTRADA! SOLO A PERSONAS COMO TU SE LES OCURRIRIA ALGO TAN SENCILLO PERO TAN IMPRESCINDEIBLE DE LO QUE ESCRIBIR. SEGURO QUE ESOS MININOS INSPIRARON A SUS AMOS!!!

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  2. Y no solo les inspiraron: les acompañaron, les dieron afecto, les proporcionaron el espectáculo de sus elegantes movimientos y les otorgaron el privilegio de sentirse observados en silencio por sus misteriosos ojos. Como muy bien lo has definido, algo sencillo pero imprescindible.

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  3. Qué bonito. Durante más de treinta años, cuando vivía en casa de mis padres, siempre tuvimos gatos. Me encantaba llevármelos conmigo a mi habitación cuando tenía que estudiar. Acompañan pero no molestan y cuando se cansan, simplemente se van. No piden nada ni hacen ruido, pero a veces se quedan mirándote con una expresión enigmática y parece que entienden el momento que vives, lo que eres en ese instante. Ya hace mucho que no tengo gatos, creo que mientras pueda atenderlos, tendré siempre perros, pero esta entrada me ha hecho recordar momentos preciosos, que sólo con un gato son posibles. Momentos de libertad en compañía. Feliz fin de semana, Bea. Me ha encantado reencontrarte, al verte he sentido como si no hubiera pasado ni un sólo día desde el treinta de junio. Qué bien.

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  4. Lo has definido perfectamente, Confidente fiel: los gatos parecen entender el punto en que te encuentras, lo que eres en el preciso instante en que te miran. Te hacen sentir libre pero no solo. Quizá por eso nos gustan tanto a las personas que, como yo, disfrutamos volando a nuestro aire. Para mí también ha sido una delicia volver a verte; son estos reencuentros los que hacen que septiembre, con toda su mala fama, sea para mí un mes estupendo.

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